Portazos

03 diciembre 2012

De un tiempo a esta parte, más que para entrar, venimos usando las puertas para salir. Y desgraciadamente, no siempre es la puerta grande la que nos vemos obligados a utilizar. Ni por asomo. Nos vamos, sin más. Y nos vamos dando cuenta, además, de que no siempre que se cierra una puerta, se abre otra. Sobre todo si la puerta que se cierra, se cierra detrás. Ni se abre otra, ni te la abren por mucho que llames. Y muchas veces, ni siquiera es posible echarla abajo a patadas. Y quién sabe, tal vez sea mejor así: ten mucho cuidado con las puertas a las que llamas, que te las pueden abrir. Y no todas son las puertas del cielo. Ni mucho menos. En la mayor parte de los casos nada más que son puertas de embarque, puertas de emergencia, puertas de seguridad, puertas blindadas, puertas traseras o puertas falsas. Y luego están las que sólo sirven para colgar el cartel de «No molestar». Y en esas, lo único que importa es a qué lado del cartel te has quedado.

9. Cara

20 noviembre 2012

Ni pequeños, ni imperceptibles. Dieciséis compañeros no volverán al trabajo el próximo 21 de diciembre. No son unas unidades o unas centésimas más en las cifras del paro. No son el treinta por ciento de la masa salarial de la empresa. Son Mari Carmen, Mariana, Francisco, Pedro, Carlos, Beatriz, Mayder, Joaquín, Laura, Mercedes, Alejandro, Noelia, Toñibel, Salva, Sole y Carmen. Tienen nombre. Tienen cara. Y ahora, también tienen cruz.

Autónomos

22 octubre 2012

Preocupaciones. Gastos previstos, gastos imprevistos, gastos imprevisibles. Cargas tributarias, cuotas de la Seguridad Social. Dedicación exclusiva, horarios esclavos, disponibilidad permanente. Bancos, financiación, proveedores, clientes, compras, ventas, cobros, impagos. Comercial, producción y administración. Trincheras. Supervivencia. Y por momentos, soledad. Da igual: corredores de seguros, agentes de la propiedad inmobiliaria, peluqueros, administradores de fincas, libreros, electricistas, fontaneros, asesores fiscales, peritos calígrafos o comerciantes. Ahora o hace cien años, siempre es lo mismo.

Pleitos tengas y los ganes

02 octubre 2012

Donde más hosca está la tarde, y donde más densa está la niebla, y donde más embarradas están las calles, es junto a esa mole antigua y pesada, ornamento idóneo del umbral de una corporación antigua y pesada: Temple Bar. Y junto a Temple Bar, en Lincoln's Inn Hall, en el centro mismo de la niebla, está sentado el Lord Gran Canciller, en su Alto Tribunal de Cancillería.

Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra.

Si hay una tarde adecuada para ello, esta es la tarde en que el Lord Gran Canciller debería estar en su sala —como lo está ahora— con un halo de niebla en torno a la cabeza, blandamente enmarcada en paños y cortinas escarla­tas, mientras escucha a un abogado corpulento de grandes pa­tillas, escasa voz y un expediente interminable, y él dirige la mirada a la lámpara del techo, donde no ve nada más que niebla. Si hay una tarde adecuada para ello, esta tarde de­bería haber una veintena de miembros del Alto Tribunal de Cancillería —y los hay— ocupados neblinosamente en una de las 10.000 fases de una causa interminable, echándose zancadillas los unos a los otros con precedentes escurridizos, hundidos hasta las rodillas en tecnicismos, dándose de cabe­zazos empelucados de pelo de cabra y crin de caballo contra muros de palabras, y presumiendo de equidad con gestos muy serios, como si fueran actores. En una tarde así, los diversos procuradores de la causa, dos o tres de los cuales la han heredado de sus padres, que hicieron una fortuna con ella, deberían estar en fila —¿no lo están?— en un foso alargado y afelpado (en el fondo del cual, sin embargo, sería vano buscar la Verdad), entre la mesa roja del escribano y las togas de seda, con peticiones, demandas, réplicas, dúplicas, citaciones, declaraciones juradas, preguntas, con­sultas a procuradores, informes de procuradores, montañas de necedades carísimas, todo amontonado ante ellos. ¡Es ló­gico que el tribunal esté oscuro, con unas velas moribundas acá y acullá; es lógico que sobre él se cierna una niebla densa, como si nunca fuera a desvanecerse; es lógico que las ven­tanas de vidrieras coloreadas pierdan el color y no dejen en­trar ninguna luz; es lógico que los no iniciados, que atisban por los panales de vidrio de la puerta, se vean disuadidos de entrar por el ambiente solemne y por los lentos discursos que retumban lánguidos en el techo, procedentes del estrado donde el Lord Gran Canciller contempla la lámpara que no alumbra y donde están colgadas las pelucas de todos sus ayu­dantes en medio de un banco de niebla! Es el Alto Tribunal de Cancillería, que tiene sus casas en ruinas y sus tierras abandonadas en todos los condados; que tiene sus lunáticos esqueléticos en todos los manicomios, y sus muertos en todos los cementerios; que tiene a sus litigantes, con sus tacones gastados y sus ropas gastadas, que viven de los préstamos y las limosnas de sus conocidos; que da a los poderosos y adi­nerados abundantes medios para desalentar a quienes tienen la razón; que agota hasta tal punto la hacienda, la paciencia, el valor, la esperanza; que hasta tal punto agota las cabezas y destroza los corazones que entre todos sus profesionales no existe un hombre honorable que no esté dispuesto a dar —que no dé con frecuencia— la advertencia: «¡Más vale soportar todas las injusticias antes que venir aquí!»

Charles Dickens
en Casa Desolada (1853)

8. Gastos

28 septiembre 2012

El jefe estaba tratando de cuadrar el presupuesto para el próximo ejercicio. Me llamó para consultarme si un determinado gasto de mi departamento se podría considerar prescindible. Todo un detalle por su parte. El de consultarme, no el de considerar prescindible el gasto; pobre gasto, qué culpa tendrá él. El caso es que le dije que sí, por supuesto, faltaría más. Luego pensé. No suelo hacerlo en horas de trabajo, pero hice una excepción. Pensé que ése era el único gasto específico de mi departamento. Se podría decir que todo lo demás entraba en las partidas de gastos comunes de la empresa: suministro eléctrico, teléfono, limpieza, acceso a Internet, programas de ofimática, material de oficina: papel, bolígrafos, tinta de la impresora. Más tarde caí en la cuenta de que estaba equivocado, aún había otro gasto específico en el departamento: yo.

Balada triste de pelota

04 septiembre 2012

Cristiano Ronaldo está triste. Para quienes le hemos visto jugar un par de veces por semana durante los últimos tres años, esta revelación no constituye sorpresa alguna. Fuera cual fuese el resultado, sus gestos, sus mohines, su angustia... lo delataban. Puntuales fogonazos de alegría, tan explosivos como efímeros, al marcar un gol, o dos, o tres, o al ganar un título o un partido importante, no engañaban al espectador atento. Lo llamaban ambición, pero lo suyo no era más que tristeza.

Con sus palabras, este Cristiano ha escandalizado a propios y extraños. ¿Cómo es posible que un hombre tan afortunado como él se encuentre triste? ¿Con todo lo que tiene? ¿Con la que está cayendo? Sin embargo, no debería sorprendernos. Ronaldo no es más que la prueba viviente, una más, de que el dinero no hace la felicidad. Ni el dinero, ni la gloria, ni el éxito, ni la belleza. Me refiero, claro está, a la belleza de las mujeres que le acompañan.

¿Y porqué está triste? Eso no lo sabemos. Cristiano nos ha hecho partícipes de su tristeza, pero no ha profundizado en las causas. Al menos, en público. Tal vez ni siquiera las conoce bien. Se ha limitado a hacer una vaga referencia a ciertos problemas profesionales que, según dice, el Club (el Club que le paga religiosamente, y tal vez un poco de más) conoce. En círculos supuestamente bien informados se especula con diversos motivos: ansía una mejora contractual, no consigue ganar el Balón de Oro, la Champions League se resiste, no recibe suficientes mimos de sus compañeros, ni de sus jefes, ni de sus rivales, ni de los medios de comunicación.

Algunos creemos, no obstante, que los tiros no van por ahí. Más dinero, más balones de oro, más títulos, más elogios... no le harán más feliz. Le pondrán contento durante un rato. Durante unos días, quizá. Pero eso pasará más pronto que tarde. Todos sabemos lo poco que dura la alegría en casa del rico.

Es muy posible que los motivos de su tristeza se encuentren dentro de él. Ahí es donde Cristiano Ronaldo debe buscarlos. Sin embargo, parece que de momento no los encuentra. Lo que no deja de ser una aparente paradoja en alguien que se mira tanto a sí mismo.

In memoriam

04 agosto 2012

Esta vaca ha hecho feliz a más gente que muchas personas.


Sí, en efecto, ella sola ha hecho feliz a más gente que muchísimas personas, que casi todas las personas. Y su madre aún más, porque alumbró a unas cuantas como ella. 

En la India, antigua y sabia civilización, se le tiene por animal sagrado. Claro que nadie es perfecto: tengo entendido que no se las comen. Sin embargo, se les reconoce el mérito y se les rinden honores. Por algo se empieza.

No es fácil describir la serena alegría que irradia este ser con su mera existencia, incluso después de encontrar la muerte. Sobre todo, después de encontrar la muerte. ¿Es casual, acaso, el hecho de que se adopte como marca de éxito La Vaca que Ríe? ¿Cree usted casual que a esta época del año la llamen vacaciones? Mucho nos tememos que no. Y creemos que ha llegado el momento de que se declare especie protegida a esta vaca, la vaca gallega, para que siga haciendo felices a las generaciones venideras. Desde este modesto rincón hacemos un llamamiento con este fin, y esperamos que alguien nos conteste. Porque este insigne animal merece nuestro respeto y todos los homenajes que se le tributen. Porque, dígame usted compañero, y conteste con prudencia: ¿cuál es la mansa presencia que puebla nuestras praderas, y en melancólica espera, con abnegada paciencia, nos da alimento y abrigo fingiendo indiferencia? Nómbreme usted el animal que no es toro ni cebú, que para ayudar la salud y para que usted le aproveche, le da la carne y la leche en generosa actitud, tiene cola y cuatro patas, y cuando muge hace mú. Pues eso.


Una persona como muchos de nosotros

19 julio 2012

Una persona dispuesta como una baraja de cartas, organizada para que las cosas se desarrollen de un modo por completo distinto, y en absoluto preparado para lo que se le viene encima. ¿Cómo podía él, con su bondad mi­nuciosamente calibrada, haber sabido que los riesgos de ser obediente eran tan altos? Uno se decanta por la obediencia pa­ra reducir los riesgos. Una mujer guapa, una casa hermosa, diri­ge sus negocios como si practicara hechicería. Maneja correcta­mente la fortuna de su padre. Vivía a fondo esta versión del Paraíso. Así es como vive la gente de éxito. Son buenos ciu­dadanos, se sienten afortunados y agradecidos, Dios les sonríe. Hay problemas, pero ellos se adaptan. Y entonces todo cambia y se vuelve imposible. Ya nada sonríe a nadie. ¿Y entonces quién puede adaptarse? He aquí una persona que no está hecha para un funcionamiento deficiente de la vida, y no diga­mos para lo imposible. ¿Pero quién está hecho para lo imposi­ble que va a suceder? ¿Quién está hecho para la tragedia y lo incomprensible del sufrimiento? Nadie. La tragedia del hom­bre que no está hecho para la tragedia... , ésa es la tragedia de cada hombre.


Philip Roth
en Pastoral americana (1997)

¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?

08 julio 2012

Mi hijo patea esta tarde las calles de Londres, y yo oigo sus pasos resonar en la distancia. Parece que se alejan. Despacio, pero se alejan. Soy un hombre cada vez más viejo.

 

Americanos, os recibimos con alegría

03 julio 2012

De unos años a esta parte, todos los escritores que consiguen engancharme a la primera tienen un denominador común: son anglosajones. La mayoría de ellos, estadounidenses. Este año ya me ha ocurrido con tres: Dennis Lehane, Jonathan Franzen y David Foster Wallace (sí, en efecto, esos mismos, a estas alturas; mi atraso cultural alcanza ya proporciones legendarias). Pero todos los años me ocurre con alguno. Y en casi todos los casos, la fascinación perdura en el tiempo.

Son muchos escritores ya. De antes y de ahora. Cada uno en su estilo. Cada uno con sus filias y sus fobias. Unos con novelas, otros con relatos. Cada uno con su género a cuestas. Ellos son los que escriben sobre cosas que me interesan, los que me cuentan las historias que quiero leer.

Ahora es cuando lamento no haber aprendido bien inglés. Ingles leído nivel alto. O altísimo. Mi abuelo lo hizo. Empezó en la cárcel, con ayuda de un diccionario y una gramática, y ya no paró. Inglés, francés, alemán, italiano. Siempre con el mismo método: textos, diccionario y gramática. En sus últimos años de vida podía leer de corrido textos complejos en cualquiera de esos cuatro idiomas. Sólo leer, por supuesto; nada de hablar ni de escuchar. Aún conservo muchos de sus libros en idiomas extraños. Extraños para mí, claro. Siempre lo admiré, y ahora, además, le envidio.

Pero no nos apartemos del tema. Anglosajones, decía, americanos sobre todo. Y no es que no me gusten otros escritores. Todo lo contrario, me gustan. En algunos casos, mucho. Quizá con la excepción de los franceses, que por regla general me suelen aburrir bastante (aquí abro un paréntesis para pedir disculpas por hacer gala de mi osada ignorancia; una vez más, no he podido evitarlo). Pero el caso es que sí, hay otros que también me gustan. Lo que pasa es que, mire usted, no es lo mismo. No los disfruto igual. Quién sabe, quizá me estoy encasillando como lector.

¿Y qué hay del producto nacional? ¿Acaso no es usted español, español, español... oé? Pues sí, claro que sí, faltaría más. Y mucho más ahora, con los aires que nos damos. Pero es que en esta concreta materia de las novelas y los cuentos… pues eso, que no es lo mismo. Ya nos lo dijo Enrique Murillo hace algunos años, en el Taller de Lola López Mondéjar: en España no es que escribamos bien, escribimos bonito, pero no tenemos grandes narradores. Pensaba él, qué cosas, que los grandes narradores son, precisamente, los anglosajones.

No voy a negar que, al escucharlo, experimenté una cierta satisfacción. Algunos seguimos siendo tan tontos que estas coincidencias de opinión nos hacen sentirnos algo más seguros en terreno resbaladizo; es lamentable, sí, pero a estas alturas no parece que eso vaya a tener remedio. Claro que, al mismo tiempo, también sufrí una pequeña punzada en el orgullo: la de saber que nunca podré escribir como esos escritores que tanto me gustan. Pequeña, por supuesto. La punzada, pequeña. Y cada vez que pienso en esto, más pequeña. Nada grave ni preocupante. A mi edad, ya empiezo a desengancharme de los delirios de grandeza. Pero, por muy pequeña que sea, no puedo perder de vista que, cuando me siento a escribir (y cada vez me cuesta más, y cada vez lo hago menos), el resultado difiere del objetivo. Siempre.

Lo dijo un escritor ilustre, no recuerdo cuál. García Márquez, tal vez. Me suena, pero no estoy seguro, ni tengo tiempo ni ganas de ponerme a buscarlo en Internet. El caso es que alguien lo dijo: uno no escribe como quiere, sino como sabe o como puede. Y al que lo dijo, quienquiera que fuese, le sobraba razón.

Yo no puedo luchar, al mismo tiempo, conmigo mismo, con la educación que he recibido y con siglos de tradición. No soy americano, ni siquiera inglés. Cuando escribo, yo escribo como el español que soy, con toda mi carga genética, mi educación y mi tradición cultural a cuestas. Ni la globalización ha podido con todo eso. Y por mucho que nuestra selección gane Eurocopas y Mundiales, y nos dé grandes alegrías (a mí, desde luego, me las da), yo preferiría escribir como uno de esos americanos o ingleses cuyos textos admiro tanto. Yo preferiría escribir cosas que me fascinase leer, si es que alguna vez pudiera leerlas por primera vez.

Eslabones

27 junio 2012

Mientras Ray agonizaba, y una enfermera particular iba y venía, y Joyce, con forzadas disculpas, se escabullía repetidamente a Albany para una votación «importante», Patty durmió en su cama de la infancia y releyó sus libros infantiles preferidos y com­batió el desorden de la casa, sin molestarse en pedir permiso para tirar revistas de los años noventa y cajas de folletos de la campaña de Dukakis. Era la temporada de los catálogos de semillas, y Joyce y ella aprovecharon agradecidas la pasión esporádica de su madre por la jardinería, que les procuró un interés común del que hablar, sin el cual no habrían tenido ninguno. Pero en la medida de lo posible Patty se quedaba con su padre, lo cogía de la mano y se permitía quererlo. Casi podía sentir físicamente cómo se redistri­buían sus propios órganos emocionales, situándose por fin la autocompasión claramente a la vista, en toda su obscenidad, como una horrenda excrecencia roja amoratada que era necesario extir­par. Después de pasar tanto tiempo oyendo a su padre burlarse de todo, aunque un poco más débilmente cada día, la perturbó ver lo mucho que ella se parecía a él, y por qué sus propios hijos no veían con más humor su capacidad para el humor, y por qué habría sido mejor para ella obligarse a visitar más a sus padres en los años críticos de su propia maternidad, para comprender mejor las reac­ciones de sus hijos ante ella. Su sueño de fundar una nueva vida partiendo de cero, del todo independiente, no había sido más que eso: un sueño. Era digna hija de su padre. Ni él ni ella habían querido nunca crecer de verdad, y ahora se dedicaban a eso mismo los dos juntos. De nada serviría negar que Patty, que será siem­pre competitiva, encontró satisfacción en sentirse menos incómo­da ante la enfermedad de él, menos asustada que sus hermanos. De niña, había querido creer que él la quería más que a nada en el mundo, y ahora, mientras le apretaba la mano intentando ayudar­lo a superar los tramos de dolor que la morfina sólo podía acortar –no hacer desaparecer–, aquello pasó a ser verdad, los dos lo convirtieron en verdad, y eso la cambió.

Jonathan Franzen
en Libertad (2010)

Un elefante se balanceaba

13 junio 2012


sobre la tela de una araña. Y como veía que no se caía, siguió trazando hilos con sus cada vez más escasos recursos. Hilos y más hilos para conservar su apreciada tela de araña. Y vio el elefante que aquello era bueno. Porque los elefantes pueden con todo, cargan con todo, aunque no vayan muy rápido. Hasta que llega un día en el que piensan en correr. En pisarle fuerte. En volar de verdad. A todo gas. A velocidad de vértigo

Un lugar donde quedarse

16 mayo 2012

Problemas para crecer. Y para fumar.

El ingenio de los diálogos. La insólita brillantez de las imágenes. El inmenso vacío de los lugares. La seducción de todos esos extraños personajes que se cruzan. Todo. A pesar de que no siempre entiendes porqué están ahí. A pesar de la sospecha de que muchas veces no existe una razón para que estén ahí, de que son puro ornamento sin reverso tenebroso. O lúcido. A pesar de todo, te dejas atrapar. Y miras con fascinación. Y escuchas con atención.

– ¿Sabes cuál es el problema, Rachel?

– No, ¿cuál?

– Que llega un momento en el que dejas de decir «Mi vida será así» y comienzas a decir «Así es la vida».

Más vale tarde que nunca

11 mayo 2012

Sí, más vale. Porque una mañana cualquiera de viernes llegas a la oficina, enciendes el ordenador, abres el correo electrónico y enchufas la música que te ayuda a caminar. Ya sabes, nunca caminarás solo. Y aunque no es la mañana más propicia, aunque el calor te mata y la lluvia te pervierte, aunque no te sobren los motivos, de repente sorprendes a tu propio culo botando sobre el asiento de la ergonómica silla que tiene debajo. Un momento, ¿pero esto qué es? Vuelves a la pantalla, buscas ahí, en la lista de canciones que la amable emisora pone a tu disposición, y tratas de localizar esa copla que suena, más o menos, hacia la mitad del programa. Y aunque no resulta fácil tratándose de un idioma tan exótico como el inglés, consigues adivinar el título de una de las canciones que aparece en esa lista entre el acelerado fraseo del estribillo que te está poniendo las pilas. Ahora sí, ya sabes cómo se llaman la canción que suena y esa buena gente que la hace sonar. Y no, no tenías el gusto. De conocerlos, claro. Así que decides escamotearle unos minutos a la empresa que te paga religiosamente a fin de mes y buscas información allí donde se encuentra toda, absolutamente toda la información. Veintisiete lozanos y rozagantes años cuenta ya esa dulce melodía. ¿Y dónde estabas tú en abril de 1985? Haces un esfuerzo y sólo consigues recordar la pesadilla del Derecho Romano, la final de la copa de la UEFA contra el Videoton húngaro, largas horas de estudio con los amigos del colegio que seguían contigo en la facultad, una novia francesa que duró apenas lo que dura un veraneo en la playa y una pesadumbre impropia de la edad. No eras muy listo, no. ¿Qué coño hacías? ¿Qué música escuchabas? ¿Escuchabas música? Ésta no, seguro. Y es justo entonces cuando vuelves a caer en la cuenta: otra vez has llegado tarde. Muy tarde. Sí, bueno... pero más vale tarde que nunca, ¿no? Lo que pasa es que esta mañana, precisamente, no puedes evitar preguntarte «¿Cuántas cosas estarán pasando hoy y yo no me enteraré hasta dentro de veintisiete años?»

Ambiciones y espejismos

19 abril 2012

«Así son las perspectivas de la esperanza ―pensaba el Magistral―; cuanto más nos acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, en el lejano día del sueño»


Leopoldo Alas, "Clarín"
en La Regenta (1885)

Agua para todos

12 abril 2012

Para todos, sí. Y en abundancia, para dar y regalar. Pero digo yo, ¿no podría caer durante la noche, entre las dos y las cinco de la madrugada por ejemplo, y dejar cada mañana un nuevo día soleado y un rastro de aire limpio y fresco? Y de esa forma, todos contentos. Sólo hace falta un poco de organización. Porque puede que haya quien la espere como agua de mayo, no digo que no. Pero es, de momento, abril. Así que toca mil. Demasiada para mi gusto.

Dimensiones

27 marzo 2012

Más vale corta pero ancha, que laaarga y estrecha. Y creo que es todo lo que tengo que decir al respecto.

7. Esqueletos

02 marzo 2012

En el centro de la ciudad, se esconden. Pero al norte dominan el horizonte y el paisaje. Han sustituido a los gigantes. No mueven aspas, ni muelen cereal. Se yerguen entre impecables y solitarias zonas ajardinadas, chamizos y barracas de huerta, amplias avenidas que atraviesan desiertos, y calles asfaltadas y aceras enlosadas que delimitan cañizales y bancales de limoneros. No están muertos. En realidad, ni siquiera llegaron a nacer. No ha circulado por sus arterias la actividad de las familias, de las oficinas, de los bares. No ha corrido la gente por sus venas. Permanecen quietos. Vacíos. No hacen nada. No dicen nada. Son mudos, pero cuentan su historia al que la quiera escuchar.

Amor al trabajo

24 febrero 2012

No sé por que será, pero siempre tengo el convencimiento de que trabajo más de lo debido; no es que me oponga a trabajar, nada de eso, me encanta, me entusiasma ocuparme en algo; hasta puedo permanecer sentado horas y horas pensando en estos placeres; me gusta tener el trabajo muy cerca de mí y la sola idea de separarme de una tarea me llena de congoja. Nunca podrán darme demasiado trabajo; acumularlo en grandes cantidades es casi una obsesión; mi despacho está tan lleno que no queda una pulgada de espacio libre; pronto no tendré más remedio que engrandecer la casa. Y conste que soy extremadamente cuidadoso; tengo asuntos que voy conservando amorosamente años y años y nunca les he puesto un dedo encima; siento gran orgullo hacia mi trabajo; de vez en cuando arreglo mis papeles, quitándoles el polvo amorosamente. ¡No hay quien conserve el trabajo mejor que yo; no, señor, no hay nadie! De todas maneras, a pesar de lo que me entusiasma trabajar, poseo un enorme sentido de la equidad que me hace no pedir más de lo que en justicia me corresponde por derecho propio, y no puedo tolerar que se me dé más de lo que deseo; (...)

Jerome K. Jerome
en Tres hombres en una barca (1889)

Cuarto y mitad de semana

15 febrero 2012

― Es verdad ―admitió Mathilde sentándose―, ustedes no son una agencia de información. Mi jornada ha sido un desastre. Ayer y anteayer no fue mejor. El resultado es un trozo de semana echado a perder. Le deseo que haya pasado un trozo mejor que yo.
― ¿Un trozo?
― En mi opinión, el lunes, el martes y el miércoles forman un trozo de semana, el trozo 1. Lo que ocurre en el trozo 1 es completamente distinto de lo que ocurre en el trozo 2.
― ¿El jueves, el viernes y el sábado?
― Eso es. Si observamos atentamente, vernos más sorpresas importantes en el trozo 1, en general, digo bien, en general, y más precipitación y diversión en el trozo 2. Es una cuestión de ritmo porque no alterna jamás, a diferencia de los aparcamientos para coches en algunas calles, donde durante una quincena se puede aparcar y durante la siguiente no se puede. ¿Por qué? ¿Para que la calle descanse? ¿Para dejar la tierra en barbecho? Misterio. De todas formas, en los trozos de semana nada cambia jamás. Trozo 1: nos interesamos, creemos los chismes, encontramos cosas. Drama y milagro antrópicos. Trozo 2: no encontramos absolutamente nada, no aprendemos nada, la vida y la compañía resultan irrisorias. En el trozo 2, da igual cualquier persona y cualquier cosa, y entonces nos dedicamos a beber, mientras que el trozo 1 es más importante, evidentemente. Prácticamente, un trozo 2 no puede estropearse, o digamos que no tiene importancia. Sin embargo, un trozo 1, cuando lo hacemos polvo como el de esta semana, produce un impacto. Lo que también ha ocurrido es que en el café había lentejas con carne en el menú. Las lentejas con carne me ponen triste. He sentido una gran desesperanza. Y eso, en pleno final del trozo 1. Ha sido una mala suerte ese puñetero plato.
― ¿Y el domingo?
― ¡Ah, claro! El domingo es el trozo 3. Ese día solo cuenta como un grupo completo, cosa que explica su gravedad. El trozo 3 es la desbandada. Si usted conjuga unas lentejas con carne y un trozo 3, realmente lo único que puede hacer es morirse.

Fred Vargas
en El hombre de los círculos azules (1991)

Más o menos

06 febrero 2012

Casi todo es relativo. También, y muy especialmente, algunas unidades de medida: el puñado, el manojo, el trozo, la pizca, el fajo, el pico, el pellizco, la chispa, el pedazo, la migaja. Y sobre todo, el palmo. Porque un palmo de algunas cosas es poco. Pero de otras, es mucho. Muchísimo.

6. Moradores

17 enero 2012

Conoció tiempos de gloria hace décadas. Fue una enorme y céntrica escuela infantil. De hecho, en la ciudad se le conocía como «la guardería», como si no hubiera otra. Ocasionalmente cobijó masivas fiestas de nochevieja. Luego, el edificio quedó vacío. Cada vez más viejo, todo el mundo lo olvidó. O casi. Sólo era algo que estaba allí en medio y cuyo abandono no tenía mucho sentido. Parece que ahora vuelve a cobrar vida. Sus tejados maltrechos y sus paredes cascadas albergan nuevos residentes. Son tres, al menos. Entran y salen, solos, a deshora, por un hueco abierto en la parte posterior de la valla, justo en la zona que da a una bocacalle sin salida. No gritan, no reivindican nada, no son amigos de pancartas. Sólo viven allí.

Rodeado de agua por todas partes

12 enero 2012

En la del tesoro. En la misteriosa. En la de Robinson Crusoe. O en la del Dr. Moureau. Con la que está cayendo, ¿no hay días en los que te pueden las ganas de naufragar y perderte en una cualquiera? Y si está desierta, mejor. ¿Qué tres cosas te llevarías?, preguntan siempre. Y yo qué sé. Depende. ¿Hay que cargar con ellas o se puede pedir que te las envíen? ¿Qué entendemos por «cosa»? En fin... Lavarte la cara con el rocío de la mañana. Ver cómo las olas rompen en la orilla mientras los cormoranes trazan círculos en lo alto. Bucear buscando perlas en aguas poco profundas. Buscar barcos desde el árbol más alto. Explorar hasta que se ponga el sol. Jugar todo el día. Dormir toda la noche. Suena bien.

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