Lentitudes e ineficacias

15 septiembre 2009

El primer día no quise lanzar las campanas al vuelo. Podía tratarse de un hecho aislado, así que me abstuve de comentar nada. El segundo tampoco. Ni el tercero. Pero llegaron a ser cinco. Cinco días seguidos. Cinco días encontrando un hueco, por pequeño que fuese, para escribir. Encontrándolo y utilizándolo, claro. La intención (firme, como siempre, faltaría más) era sacar un rato cada día, aunque fuese sólo media hora, para escribir. O para no perder contacto con lo que había escrito, al menos. Media hora. Pasando incluso por encima de obligaciones. Total, media hora cada día, o una, no iban a relanzar mi carrera profesional, ni a mejorar la cuenta de resultados del negocio familiar, ni a salvar la vida de nadie. Tampoco lo que yo fuese a escribir, claro, pero era lo que quería hacer. Y de momento, lo estaba consiguiendo.

Primero abrí el archivo. Eso fue el lunes. Lo miré fijamente, volví a leerlo, me pregunté seriamente si aquéllo lo había escrito yo, me contesté que probablemente sí, que qué remedio, y esbocé de mala manera el final de un diálogo interrumpido muchos meses atrás. El martes terminé ese diálogo y busqué cierta información que necesitaba para lo que venía después. No la encontré. El miércoles decidí que no necesitaba esa información y seguí escribiendo. Y el jueves. Incluso el viernes. Y cuando ya me creía lanzado, se me acabó de repente el libro que estaba leyendo. Se acabó unas ciento cincuenta páginas antes de lo previsto. El autor nunca llegó a terminarlo, y yo no lo sabía cuando empecé a leerlo. Cosas de la incultura, y de no leer jamás la solapa de un libro. Nunca. Manías mías. Bueno, pues la novela se acabó, o mejor, se interrumpió, pero a cambio el editor nos obsequiaba con toda la correspondencia que el autor había dirigido a su agente y a un estrecho colaborador durante el tiempo que estuvo trabajando en ese libro que nunca llegó a terminar. Y ahí estaba la diferencia. La diferencia entre un escritor y un escritor aficionado y perezoso. De forma insultante, casi. Más de tres años, entre 1956 y 1959, de intenso trabajo. Casi enfermizo. Viajes, documentación, bibliotecas remotas, textos antiguos, documentos microfilmados, redacción, corrección, más redacción, más trabajo que no sirve. Y el desaliento. También estaba allí el desaliento del autor, la desesperación por su lentitud y su ineficacia. Hasta que terminó por abandonar la tarea. Y eso en un tipo que ganó el Nobel y el Pulitzer, que escribió Las uvas de la ira y Los descontentos. ¿Eso es lentitud? ¿Eso es ineficacia? ¿Eso es frustración? Pues parece que sí.

El lunes, ayer, recordé que yo no tengo nada que ver con todo eso. Ni parecido. Que yo soy aficionado y perezoso, y que la cosa no es para tanto. Hice abstracción de los grandes problemas que acucian a los grandes escritores, y retomé la tarea. Con mis ineficacias y mis lentitudes, las de toda la vida, que para eso son mías. Y hoy es festivo, así que probablemente continuaré mañana. Como siempre.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Eso es compromiso.

supersalvajuan dijo...

¿Ocio? ¿Distracción? ¿Necesidad?

Leandro dijo...

Necesidad, no. En ningún caso. Ocio, distracción... tal vez para mí, aunque creo que tampoco. Compromiso, eso es. Ahí está la diferencia entre un escritor de verdad y un escritor aficionado y perezoso. Pero ayer recordé que yo no tengo nada que ver con todo eso

anselmo dijo...

Como no te debes a nada, puedes hacer lo que te plazca. eso es lo bueno de no hacer algo profesionalmente :-D

Leandro dijo...

Lo bueno de no hacer algo profesionalmente es que puedes hacer lo que te plazca, cierto. Lo malo es que muchas veces no haces nada

Anónimo dijo...

Creo que no se trata de ser profesional o ser aficionado. Se trata de que haya algo que te mueva a escribir, algo que quieras contar.
Evidentemente, las habichuelas son lo más, pero hay otros motivos y el COMPROMISO.

Leandro dijo...

Las habichuelas no son lo más importante, seguro. Lo más importante es el talento... cuando se tiene, que es casi nunca. Y después, el compromiso con la tarea. Creo que es eso lo que debo aprender

Anónimo dijo...

Sí, compromiso con la tarea, pero no sólo.
El talento se le supone, como el valor.

Anónimo dijo...

Si las habichuelas no son lo más, ¿por qué tanto ir y venir con el profesional y el aficionado? No lo entiendo.

Leandro dijo...

Ser profesional, o ser un aficionado, o ser un escritor de verdad, es más una cuestión de actitud que del dinero que se gana o se deja de ganar. Y presumir siempre el talento es mucho presumir, creo

Anónimo dijo...

No en tu caso.

Leandro dijo...

Sobre todo, en mi caso

Anónimo dijo...

Que modesto.

?Como era aquello del piso de Paul Auster y el barco de Jerez Reverte?

Anónimo dijo...

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