Elogio de la lentitud

15 octubre 2015

Año 2008. Primavera. Un tipo al que leo y admiro, Richard Ford, está siendo entrevistado en un hotel de Dublín. 

«¿Y en cuanto a lo de que es un escritor lento?», pregunta el agudo periodista

No parece que Mr. Ford tenga dudas al respecto: «Soy lento. Nunca he hecho una sola cosa importante en mi vida en la que ser rápido funcione. Obtengo lo mejor de mí mismo siendo paciente. Poniendo las palabras en tinta una detrás de la otra. Ésa es la mejor forma que conozco de hacer las cosas. Si pudiera escribir más rápido y ser tan bueno como cuando voy despacio, lo haría».

Maravilloso. Salvo lo de «ser tan bueno como cuando voy despacio», que no creo que venga al caso, lo suscribo todo.

Más adelante, a cuento de su dislexia, Mr. Ford añade: «Pero la dislexia me afecta en que me hace ser un lector lento. Leo mucho. Leo todo el tiempo, pero soy lento. Y sé que voy a llegar al final de mi vida sin haber leído los libros que debía haber leído».

Y entre tantas carreras y prisas, es gratificante encontrar a alguien, y no a alguien cualquiera, no, sino a alguien como Richard Ford, decir estas cosas acerca de la nunca del todo bien ponderada lentitud. Sí, somos lentos, y nos gusta. Es más, nos enorgullecemos de ser lentos. Salvando las distancias y cada uno a su altura, faltaría más. Pero los dos somos lentos. Y me gusta pensar que no somos los únicos.

Ahora sólo me falta encontrar a alguien de igual o similar categoría que, más allá de ser lento, esté quieto, no se mueva, no haga nada. No va a ser fácil, me temo.

Profunda América. Entrevista de Pablo Guimón a Richard Ford en Babelia (El País), 26 de abril de 2008.

¿Y quién necesita un lugar acogedor?

12 octubre 2015

De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamentos, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino sólo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto -pero sólo en esto- se parece un poco a la felicidad.

Eloy Tizón
en Los horarios cambiados
(Técnicas de iluminación, 2013)

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