Romanticismo

29 abril 2013

¿Puede haber algo más sincero y más difícil que no prometer nada? ¿Absolutamente nada?

Licencia de obras

25 abril 2013

― Yo fui escritor ―dijo el viejo―. Pero lo dejé. Esta máquina de escribir me la regaló mi padre. Un padre cariñoso y culto que llegó a vivir hasta los noventaitrés años de edad. Un hombre básicamente bueno. Un hombre que creía, de más está decirlo, en el progreso. Pobre mi padre. Creía en el progreso y por supuesto creía en la bondad intrínseca del ser humano.

(...)

Pobre mi padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito y zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si usted se fija con atención, no están escritos por ellos.

Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un autor de obras maestras. ¿Quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma por el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia ―le dijo el viejo ex escritor a Archimboldi y Archimboldi recordó a Ansky―. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.

Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Disculpe las metáforas. A veces me excito y me pongo romántico. Pero escuche. Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor. Me pregunté: ¿por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio?

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. Nos equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. Nos vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.

(...)

Nos vemos en el Nobel. Hemos hecho historia. El pueblo alemán nos lo agradece. Una batalla heroica que será recordada por las generaciones venideras. Un amor inmortal. Un nombre escrito en el mármol. La hora de las musas. Incluso una frase aparentemente tan inocente como decir: ecos de una prosa griega no contiene más que juego y equivocación.

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes) y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. La pequeña diferencia es que aquí hablamos de un plagio consentido. Un plagio que es un camuflaje que es una pieza en un escenario abigarrado que es una charada que probablemente nos conduzca al vacío.

(...)

Llegó el día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en ese paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio, dejar la literatura, es decir dejar de escribir y limitarse a leer!

Roberto Bolaño
en 2666 (2003)

Librando pequeñas batallas con balas de fogueo

16 abril 2013

Hace unos meses, con ocasión del cambio de año, decidí incluir en mi socorrida lista de buenos propósitos el de salir del reducido círculo de los elogios que de forma generosa (de forma muy generosa) me prodigan familiares, amigos y otros simpatizantes virtuales, fundamentalmente a través de este blog, y hacer prácticas con fuego real.

El primer paso fue echarle cara al asunto y pedir consejos varios a un buen escritor, a un escritor de verdad, uno que no tiene nada de aficionado y mucho menos de perezoso. No diré su nombre para no desacreditarle en público. Porque, contra todo pronóstico, se tomó en serio mi consulta y me contestó de forma rápida y completa. Muy rápida y muy completa. Y francamente, alguien que se toma en serio a un tipo como yo, que pregunta cosas como las que yo le pregunté, podría llegar a verse gravemente desacreditado ante la opinión pública si el hecho trasciende. Así que, lo dicho: omitiré su nombre.

El caso es que, siguiendo su extensa lista de buenos consejos y valiosas indicaciones, que guardo (y guardaré) como oro en paño, hice un par de intentos con sendas editoriales.

La primera con la que probé adolecía de una cierta confusión de conceptos en materia mercantil. Allí no tenían del todo clara la diferencia entre proveedor y cliente. O sí, y entonces el asunto era aún más preocupante. Porque yo tenía la aspiración, entiendo que legítima, de ser su proveedor; ya saben, el tipo que les suministra algo (en este caso, escritos diversos) para que ellos, a su vez, lo manufacturen y lo vendan a sus clientes. Sin embargo, ellos querían que yo fuese su cliente: por un módico precio, me vendían mis textos cuidadosamente editados, encuadernados, empaquetados y puestos en mi domicilio, y yo me encargaría de venderlos a mis clientes; es decir, lector arriba, lector abajo, a la minoría selecta que suele frecuentar este blog. Tal vez pueda parecer que no hay gran diferencia entre una cosa y otra, pero, por pequeña que pueda ser, esa diferencia es importante para mí. Ya me referí en otra ocasión a ella (razón: aquí), así que no me voy a extender ahora sobre este particular. El caso es que, para ese viaje, no hacían falta tantas alforjas. Algo más de mil euros de alforjas, si no recuerdo mal.

El segundo intento fue mucho mejor. Me dijeron que no, por supuesto, faltaría más. Supongo que nadie albergará dudas al respecto. Pero fue un NO bastante gratificante. Para empezar, no fue un NO específico a lo que yo había escrito, sino más bien un NO de carácter general: el editor llevaba la editorial adelante prácticamente él sólo, tenía docenas de manuscritos pendientes de leer (y probablemente no llegaría a leerlos) y, además, normalmente no solían publicar relatos, que era de lo que se trataba. Y para seguir, el NO me lo dio el editor de primera mano. Claro ―diréis― si estaba solo, no tenía más remedio; pero lo cierto es que también podía haber omitido cualquier clase de respuesta y haberse ahorrado cinco minutos de su valioso tiempo. Y además, es cierto que fue un NO rápido, directo y sincero a más no poder; un NO en mayúsculas, como habréis podido comprobar, pero también correcto y estoy por decir que casi cálido. De hecho, lo guardo en el cofre de los tesoros virtuales, junto con los valiosos consejos e indicaciones a los que me refería al principio. No es por nada, pero algo me dice que estas cosas son lo mejor que voy a conseguir con toda esta historia.

En vista del éxito obtenido en el mundo editorial, decidí abandonar provisionalmente esa vía y probar con otra. Con los concursos literarios, en concreto. Y me he presentado a dos. Como lo oís.

Animado por los elogios, y olvidando por enésima vez que suelen venir motivados más por el afecto que por los méritos, agarré esta pequeña historia y la presenté a un concurso de microrrelatos. Un concurso modesto, sin grandes pretensiones. Un concurso idóneo, pensaba yo, para ser cabeza de ratón. Pensaba mal. No gané. Tampoco quedé entre los nueve finalistas. Sin embargo, puedo presumir de que mi pequeña historia fue seleccionada para su publicación en un libro junto con el ganador, los finalistas y los restantes relatos seleccionados a tal efecto. No está mal, diréis. Bueno, depende. Donde dice restantes debería haber puesto el número de relatos seleccionados. Eso hubiera sido lo más honesto, sí. Pero también lo más costoso. La lista era tan extensa que no me he visto capaz de contarlos. A ojo de buen cubero, yo diría que el número de relatos seleccionados era igual al número de relatos participantes, con un error de +/- 1. Siempre puede haber algún olvido, claro. Y encima, ahora me veo en la tesitura de tener que comprar el libro (lo llaman Antología) en el cual he tenido el honor de ser incluido, al módico precio de 11’95 €. Aunque, más que de tesitura, tal vez lo más correcto sería hablar de dilema. Y la solución al dilema, por ahora, es que no lo compro, aunque lo único seguro es que ya veremos o que cualquiera sabe.

Sí, dije dos concursos. No lo olvido. El otro sigue pendiente de fallo, y así seguirá hasta el mes de noviembre, si Dios quiere y el tiempo no lo impide. A éste me he presentado con un relato que terminé de escribir hace un par de semanas, tal vez tres, quizá cuatro. Un relato que, haciendo gala de mi proverbial y escrupuloso respeto por toda suerte de reglas, normas y bases, no podré presentar a ningún otro concurso ni publicar de ninguna forma, ni siquiera en este modesto rincón. Eso que ganáis, y no sólo en términos de tiempo. Se puede decir que, por ahora, se trata de un relato congelado. Como tantas y tantas cosas.

Seguiremos informando.

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