Año languideciendo

10 diciembre 2013

Desde mi pereza, o aún peor, desde lo más profundo de la consabida desidia anual previa a la elaboración de mi proverbial lista de buenos propósitos de cara al próximo ejercicio, asomo la patita con el fin de dejar constancia aquí, para la posteridad, de un nuevo hito en mi irregular trayectoria como escritor aficionado y perezoso.

Como anuncié en una entrada anterior, ya ni recuerdo cuánto tiempo ha, la revista En Sentido Figurado ha publicado uno de mis relatos. En su descargo diré que no es demasiado extenso, de manera que sed comprensivos e indulgentes con ellos. Al fin y al cabo, es la primera vez. Y han hecho un muy buen trabajo, la verdad. Para que podáis comprobarlo, además del enlace a su página web, os dejo otro para descargar la revista completa. Y cómo no ―vanidad obliga―, un tercero para que podáis descargar sólo mi cuento (Garantías), tal como ellos lo han editado. Gana bastante, y es algo que les agradezco. Mucho.

Y eso es todo, creo. El año que viene, más. Y mejor. Y con más brío. Al menos, hasta mediados de enero.

Música celestial

12 noviembre 2013

La fe mueve montañas. La verdad os hará libres. Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no. Yo no he venido a traer la paz, sino la espada. La mies es mucha y los obreros pocos. Por sus frutos los conoceréis. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. El que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Y quién dijo todo eso? ¿Todo eso y mucho más? ¿Quién lo dijo? ¿Eh? Exacto. Él.

Suma (o resta) y sigue

16 octubre 2013

Pues sí, a pesar del silencio que he guardado estas últimas semanas por consideración a mi cada vez más escaso público, siguen pasando cosas. En fin... cosas, pasando... vaya, ya sabéis a lo que me refiero, ¿no? Pues eso.

Se falló el original y lucrativo concurso de nanorrelatos del que hablaba en la entrada anterior. Nada más y nada menos que mil veintisiete autores distintos presentaron la nada desdeñable cantidad de seis mil trescientos cincuenta y seis nanorrelatos, de los cuales han sido seleccionados ciento cuarenta y tres. Huelga decir que el único que yo presenté no ha merecido tan alto honor. Sin embargo, no puedo pasar por alto el hecho de que uno de los nanorrelatos seleccionados se titula exactamente igual que el mío. Bien es cierto que la vulgaridad del título en cuestión y su necesaria brevedad (una sola palabra, había que economizar) propician la feliz coincidencia, pero por algo se empieza. En cualquier caso, esto prueba de manera irrefutable que yo no iba tan desencaminado. 

Para evitar que la herida abierta por este pequeño fracaso en el concurso de nanorrelatos se cerrase y quedase en el olvido, así, sin más, cogí un cuento que hace unos meses ya había sido rechazado por una revista de cierto prestigio y sin pensarlo mucho lo envié a otro concurso. Un concurso cuyo único premio es ser publicado en un libro junto con el resto de relatos seleccionados, en número a determinar. Y punto. Desde luego, nadie podrá decir que me mueve el afán de lucro. De notoriedad, no digo yo que no. Pero de lucro... 

Lo mejor de todo: harto de esperar durante casi cinco meses a que me contestasen de una revista a la que envié un relato para publicar (y no sólo un relato, no, un relato y una breve nota biográfica que me costó sangre, sudor y lágrimas redactar por ausencia total de contenidos), es más, harto de esperar durante casi cinco meses a que esa misma revista se publicase o diese alguna señal de que aún sigue en funcionamiento (su web continúa inamovible, prometiendo a los incautos que leerán con interés los relatos que envíen), les despaché un correo electrónico retirándoles cualquier autorización para publicar el cuento. Con un par. Acto seguido cogí ese mismo cuento y lo envié a otra revista. Esa misma tarde, los chicos de esta segunda revista me contestaron acusando recibo del mensaje y anunciándome que ya habían enviado el relato al consejo editorial para lectura y valoración, y que en cuanto tuviesen una decisión me mantendrían al tanto. Incluso me enviaban un abrazo. Y a los cuatro días ya tenía una respuesta: el cuento les ha gustado (mucho, dicen) y me lo publican en el próximo número. Yabba Dabba Doo. Por supuesto, ni que decir tiene que daré cumplida cuenta de su efectiva publicación en el mismísimo momento en que se produzca, o en el siguiente todo lo más.

Y a todo esto, aún tengo por ahí revoloteando el relato que envié en julio a una revista desde la que me contestaron amablemente explicándome que el próximo número ya estaba cerrado pero que lo volviese a enviar en octubre o noviembre (o sea… ya), y el que he enviado dos veces ya a otra revista, una en julio y otra en septiembre con la inefable nota biográfica ligeramente corregida, que sólo ha recibido la callada por respuesta. Y eso que éstos últimos sí que están funcionando, que los voy siguiendo desde la distancia sin que se den cuenta. 

En fin, que esta vida de escritor que no escribe está resultando agotadora para alguien tan perezoso como yo. Quién me lo iba a decir.

Cuando una palabra vale más que mil imágenes

10 septiembre 2013

Aprovechando la feliz inercia de la publicación de uno de mis cuentos en la revista Acantilados de Papel, ayer tuve la ocurrencia, quizá no tan feliz, de presentarme a un peculiar concurso literario. Nunca había participado en algo así. No era un concurso de relato, ni siquiera de microrrelato. Era ni más ni menos que de nanorrelato. La tecnología punta al asalto de la literatura. Entre las diversas disposiciones reglamentarias que ordenan la participación en este concurso, hay una que brilla con luz propia, la regla estrella, la que da sentido al certamen: la extensión del relato debe ser de entre una y diez palabras, incluido el título. A simple vista parece poca cosa, pero hay que tener una claridad de ideas y una capacidad de síntesis de la que, huelga decirlo, carezco por completo. Creo que he dado (y ahora mismo estoy dando) sobradas muestras de que efectivamente es así, de manera que no me extenderé en este pormenor. Así que, como escritor, me parece que la dificultad es notable. Y como lector, la verdad, no termino de verle mucho sentido a historias de, como mucho, diez palabras, pero bueno... supongo que todo es cuestión de ir haciendo el cuerpo y, si fuera el caso, la mente. 

En cualquier caso, no puedo dejar de hacer una pequeña referencia específica al premio: 400 € de vellón para el ganador. Que no seré yo, huelga decirlo. Hay que ser muy experimentado en la materia para escribir nanorrelato con un mínimo de calidad, y ya saben que yo soy novato en estas lides. Pero si se alineasen los astros y, vive Dios, el que suscribe obtuviera la victoria final en el certamen, hago cuentas: a razón de 40 € por palabra, puedo asegurar y aseguro que será la tarea mejor remunerada que habré realizado en mi ya no tan breve existencia. Y no quiero ni pensar en el supuesto de que el nanorrelato ganador tenga siete palabras, incluído el título. O cinco. O una. Para que luego digan que la literatura no se paga bien.

La línea a seguir

03 septiembre 2013

Falta una línea. Bueno, ¿y qué? Todo lo demás está ahí, así que el balance tiene que ser bueno. A la fuerza. Porque un cuento publicado, para un escritor aficionado y perezoso como el que suscribe, es algo más que un cuento publicado. Aunque le falte una línea. Es todo un hito, un acontecimiento sin precedentes. Es la pequeña vanidad satisfecha. Es combustible para unos cuantos kilómetros más. Es una forma inmejorable de comenzar la semana. Y el mes. Es el rincón del yo mi me conmigo donde me encuentro a gusto. Es júbilo para todo un día que sólo el traspaso de Özil estropeó a última hora. Y todo eso se lo debo a la revista Acantilados de Papel, que ha publicado mi relato Renacimiento en su número 2. Y en la página 55, para ser precisos. Así que, ¿qué importa si falta si una línea? No vamos a ponernos quisquillosos. Oye, y que es una línea muy corta: apenas dos palabras y tres signos de puntuación. Y además, se me ocurre que a partir de esa pequeña omisión podemos, incluso, proponer al respetable una prueba de agudeza visual: teniendo en cuenta que sólo falta un «― ¿Cuánto falta?», ¿dónde debería aparecer dentro del relato? Caña y pincho de tortilla virtual para la primera respuesta correcta. Venga, a ver si así alguien lee el cuento hasta el final. Y ahora, vamos a por el siguiente.

Cómo precipitarse por un acantilado de papel

14 agosto 2013

Pues no, resulta que no todo iban a ser negativas y silencios, como aventuraban los más pesimistas. Y tal vez mentiría si negase que yo me contaba entre ellos, entre los más pesimistas. De hecho, quizá fuese el único de ellos. Es más, hay bastantes posibilidades de que yo fuera el único que aventurase algo acerca de esta cuestión. Pero eso es harina de otro costal, no nos desviemos del tema. Decía que no todo iban a ser negativas y silencios. Qué cosas.

He recibido algún silencio más, cierto. O he dejado de recibir alguna respuesta, como prefieran llamarlo. Es igual de cierto. Pero no lo es menos que también he recibido, no una, sino dos contestaciones que se apartan del mero «gracias por participar». De todo esto hace ya dos o tres semanas, y si no he dado cuenta antes ha sido porque aún no me he repuesto del todo de la sorpresa. Ni del susto. Y porque, estando como estoy inmerso en unas agotadoras vacaciones, no he encontrado el momento, para qué nos vamos a engañar. 

Como decía, dos respuestas diferentes. Empiezo por la segunda, si me lo permiten. No me publican el relato, lo cual entraba dentro de lo previsto, ya lo sé. Pero, eso sí, no lo publican porque ya tienen cerrada la próxima edición de la revista. Podrían haberlo dejado ahí, y a otra cosa. Sin embargo, me invitan a enviarles algo para el siguiente número allá por octubre o noviembre, que será cuando empiecen a trabajar con él. De manera que voy a aprovechar esa simpática invitación para sacar esta respuesta de la categoría «negativas tajantes», e inaugurar con ella la columna «puede ser, tal vez». Y en otoño hablaremos. Sí, también lo sé: eso es barrer para casa. Pero no veo que perjudique a nadie, si dejamos al margen lo que de autoengaño pueda haber en todo eso. Nada grave, en cualquier caso.

La primera contestación a la que me refería llegó unos días antes que la segunda. Obvio. Y sí, esta vez aceptaban publicar mi relato. Así, sin más. Huelga decir que la primera impresión, incluso antes que de sorpresa, fue de alegría. De bastante alegría. Era la primera vez, y ya casi había olvidado la última vez que tuve una primera vez. Así que, de entrada, muy contento. Luego me dio por pensar que quizá la cosa no fuese para tanto. Es decir… ya sé que, de hecho, no es para tanto; pero me refería a que quizá fuese aún para menos. Me refería a que, tratándose como se trata de una revista con una trayectoria aún muy breve, a lo mejor me publicaban el cuento porque les faltaban textos para completar el contenido del próximo número. O porque, sencillamente, no tenían otra cosa que publicar. De relleno, vamos. Pero no. Es, en efecto, una revista joven. Muy joven. Sólo tiene un número publicado, aunque, eso sí, el número de descargas supera ya las seis mil (os dejo aquí el enlace por si tenéis interés en seguir incrementándolo). Y eso no es todo. Lo mejor es que sí tenían otros textos para publicar, quod erat demostrandum. Tal vez no fuesen muchos, quién sabe, pero sí que había otros. Eso significa que mi relato ha pasado un proceso de selección. Tal vez mínimo, sí, pero ha superado una cierta criba. Algo es algo. Y este algo supone un paso adelante y una novedad: en septiembre veré uno de mis cuentos puesto en limpio por alguien que no soy yo. Ya falta menos.

Saber o no saber lo que uno quiere

21 julio 2013

Hace hoy exactamente cien años, Kafka escribió esto en su diario:

4. Odio todo lo que no se relaciona con la literatura, mantener conversaciones (incluso si se refieren a la literatura) me aburre, hacer visitas me aburre, los sufrimientos y las alegrías de mis parientes me aburren hasta el fondo del alma. Las conversaciones le quitan su importancia, su seriedad, su verdad a todo lo que pienso.

Lo escribió junto con otras reflexiones acerca de cuanto habla a favor y en contra de su propia boda. Reflexiones jugosas, por otra parte. Reflexiones que, creo, podrían dar bastante juego. Pero me quedo con ésta, por la sencilla razón de que no puedo estar más en desacuerdo con ella. Tal vez por eso Franz Kafka está donde está y yo estoy donde estoy. Bueno... por eso y por mucho mas, que cantaba Julio. Pero, si hablamos de esta diferencia en concreto, probablemente estemos hablando de compromiso. De compromiso extremo, incluso.

Reunión en la cumbre

15 julio 2013

Inasequible al desaliento, hace ahora una semana volví a intentarlo una vez más. En efecto, he enviado otro relato a otra revista. Tercer intento con revistas, a sumar a los dos intentos en concursos. No tengo remedio. En mi descargo diré que lo hice antes de recibir respuesta a una de las dos tentativas anteriores.

Porque esa es la noticia: he recibido mi primera respuesta en todo este proceso. Mi primera respuesta definitiva, se entiende, porque de esa misma revista ya recibí una respuesta provisional, un más que correcto acuse de recibo. Pero esta es la primera respuesta definitiva. Y negativa, por supuesto, así que podemos decir que este pequeño atentado a la escritura en grado de tentativa queda finalmente en atentado frustrado. Y esto tiene su cara y su cruz, como casi todo en la vida.

En la cara, que creo que es la parte buena aunque nunca lo he tenido del todo claro, podemos colocar la claridad y la seriedad. La claridad, porque siempre es bueno saber a qué atenerse. Y la seriedad de acusar recibo del relato, de leerlo, de someterlo a un proceso de selección, de descartarlo y de contestar... pues la verdad es que hay que valorarla, porque uno es consciente de que todo ese proceso requiere un cierto esfuerzo y de que, además, ese esfuerzo se hace por amor al arte, aunque lamentablemente no podamos decir que mi relato haya quedado incluido en ese arte por amor al cual se lleva a cabo el susodicho esfuerzo. Otra vez será. Y desde luego, la seriedad en la respuesta se agradece porque hay pocos desprecios mayores que la callada por respuesta. O eso dicen. Aunque también puedo comprender que muchas veces los medios materiales y humanos no dan de sí para poder contestar a cualesquiera indocumentados que pretendan colar su cuento en tu revista. Ese es un frente demasiado amplio, imposible cubrirlo, qué le vamos a hacer.

En la cruz (esta es la parte mala, ¿no?) también podemos colocar la claridad. Porque sí, está muy bien saber a qué atenerse, pero no deja de ser una jodienda que te digan claramente que «su relato no ha sido aceptado por el comité de lectura». Vamos, que no se te ha perdido nada en su revista pero que tal vez ellos sí hayan perdido algo de tiempo contigo, aunque por esta vez no te lo vayan a tener en cuenta. Esta respuesta, además, elimina cualquier elucubración del tipo mi cuento se ha perdido en el correo, se ha traspapelado el archivo, no recibieron mi mensaje de correo electrónico, un virus ha destruido su disco duro y con él mi relato, o ha habido un fallo en Matrix. Siempre se puede recurrir a soy un talento incomprendido, la posteridad me reconocerá cuando ya no esté y otras de corte similar, pero por ahora no estoy dispuesto a caer tan bajo. Por ahora.

Así que eso es lo que hay. Se ha reunido el comité de lectura y ha decidido que no estoy a la altura, que va a ser mejor que deje la escritura, que coja mi cuento y lo tire a la basura.

Operación bikini

10 julio 2013

Sí, lo sé. Llego tarde una vez más. Pero a tenor de lo visto en la playa estos últimos fines de semana, los hay que llegan más tarde todavía. Así que ahí van unas cuantas técnicas para adelgazar cuya eficacia está sobradamente contrastada: dieta mediterránea, no picar entre comidas, dejar de cenar, hacer ejercicio, dieta de la alcachofa, nada de grasas saturadas, comer en plato de postre. Y por supuesto, el rey de los métodos de adelgazamiento, el que mejores resultados ofrece, el de toda la vida. Ya sabéis. 

No confundir constancia con reincidencia

01 julio 2013

Pues sí, lo he vuelto a hacer. Como ha pasado más de un mes desde que envié aquel cuento a una revista y no he recibido más respuesta que la famosa callada, he pensado que tal vez sería buena idea llamar a otra puerta. Y ni corto ni perezoso, lo he hecho. Bueno… un poco perezoso sí. Y puede que un poco corto, también. Qué más da, el caso es que ya está hecho. Otra puerta. Otra puerta virtual. Otra revista virtual. No sé, tal vez he captado mal el mensaje y esa silenciosa ausencia de contestación tras el primer intento no signifique exactamente «buen intento, sí señor, siga participando». Pero bueno, insisto: qué más da, el caso es que ya está hecho.

Esta vez he cambiado una revista de supuesto prestigio internacional, por otra más próxima (geográficamente hablando, al menos), aunque, a tenor de lo que he ido ojeando en una y otra, no necesariamente de menos calidad. Es más, puede que sea incluso de más calidad. Al menos, la presentación parece más cuidada y tal. Con la calidad de los textos no me atrevo, que luego todo se sabe, y además, que no soy yo quién para opinar. Yo sólo soy el que quiere que le publiquen un texto, precisamente, así que comprenderán que no me meta en camisa de once varas. Pero vamos, lo que venía a decir es que las dos están muy bien. Quizá demasiado bien como para haber osado enviarles un relato, pero da igual, como decía: qué más da, el caso es que ya está hecho.

De momento, y a falta de resultados más tangibles, he apreciado dos diferencias respecto al intento anterior.

La primera: no me han pedido una breve nota biográfica. Gran alivio, sí, pero pierdo la ocasión de llevar a cabo la sugerencia que me hizo una de las pocas personas que siguen leyendo esto: inventármela. Sugerencia genial que, huelga decirlo, queda aparcada para otra ocasión. Puede dar mucho juego. Qué digo juego… puede dar para toda una historia. De hecho, puede ser bastante mejor que cualquier historia que envíe a publicar. En fin, ya veremos más adelante qué pasa con eso.

La segunda: he recibido respuesta. Una formalidad, sí, para qué nos vamos a engañar. Pero respuesta al fin y al cabo. Con mi nombre en el asunto del mensaje y en el encabezamiento del texto, con un agradecimiento por haber pensado en ellos para publicar mi cuento (en este punto me he emocionado casi hasta llorar) y con una exquisita petición de paciencia para recibir la respuesta del comité de lectura (bastante numeroso, por demás). Es decir, que habrá al menos una segunda y definitiva respuesta, porque, como les he dicho a ellos, por paciencia no va a ser. Qué más puedo pedir. ¿Aparte de que esa respuesta sea positiva? Sí, aparte. Pues nada. Pues eso.

Fantasías temporales para adultos

18 junio 2013

Viajar a través de él, detenerlo, acelerarlo, o volver a un punto anterior y tener una segunda oportunidad como Peggy Sue. Incluso, porqué no, aprovecharlo mejor. En definitiva, jugar con el tiempo. Desconozco si alguna universidad del mundo civilizado ha tenido ocasión de elaborar algún estudio estadístico acerca de esta cuestión, pero mientras lo confirmo o no lo confirmo, estoy por afirmar que quizá sea esta la fantasía con la que más nos engañamos. O que más nos engaña.

Tanto, que en este breve espacio en que no estás apenas si puedo detenerme en una de sus manifestaciones: la posibilidad de detener el tiempo a nuestra voluntad.

Se trata, sin ningún género de dudas, de una fantasía recurrente. Dejando a un lado la infinidad de veces en que cada uno de nosotros ha sentido auténtica necesidad de hacerlo por los más espurios motivos, me acuerdo ahora de algunos ejemplos concretos. Creo recordar que desde finales de los noventa hasta mediados los dosmiles se emitió por televisión una serie adolescente (o infantil, en algunos casos la frontera se difumina) en la que un niño, Bernardo, podía detener el tiempo y desfacer entuertos gracias a un reloj mágico. «Bernardo y su reloj», se llamaba, y me complace poner en vuestro conocimiento que el autor del título no sufrió ningún quebranto grave a causa de los esfuerzos dedicados a la ímproba tarea de parirlo. El título, digo. También el maestro H.G. Wells afrontó esta fantasía temporal en una de sus historias, aunque con matices ligeramente distintos, pero esa, nunca mejor dicho, es otra historia y no la desvelaré aquí. Merece su propio espacio. Y en esta misma línea iba la ya casi legendaria película «Atrapado en el tiempo», si bien parece que, en ese caso, el asunto funciona al revés: en lugar de quedarse parado todo el mundo salvo el protagonista, que sigue avanzando, es el protagonista el que se quedaba detenido en el tiempo mientras los demás siguen haciendo su vida normal. Y siempre la misma vida normal, siempre en el mismo día, sin advertirlo. En fin… parecido, aunque no exactamente lo mismo.

En cualquier caso, todo parece indicar que nadie hace ascos a este asunto de parar el tiempo a su antojo, y que, quien más quien menos, todos hemos fantaseado alguna vez con esta posibilidad. Con fines confesables o inconfesables. O con fines inconfesables para algunos pero confesables para otros, como podréis comprobar acto seguido. Pero ojo: aunque la facultad de parar el tiempo es atractiva y ofrece múltiples posibilidades, puede ocasionar efectos secundarios y daños colaterales. Sobre todo, en manos de un hombre repulsivo.

Una pausa dentro de otra pausa

12 junio 2013

Un día de esos en que necesitas que alguien te cuide. Y te paras un momento. Y miras a tu alrededor. Y todos los que hay a tu alrededor te miran. Y sus miradas te dicen que necesitan que tú les cuides. Y piensas: ¿yo? Y piensas: joder… ¿yo? Y piensas: tal vez alguien cuide de nosotros. Y piensas: quizá. Y piensas: ojalá, pero llega tarde a trabajar. Y piensas: o ni siquiera llega. Y piensas: lo han despedido. Y piensas: o ni siquiera existe. Y piensas: a trabajar. Y piensas: cuánta energía malgastada en refunfuñar. Y piensas: refunfuñar… qué palabra tan cojonuda. Y piensas: bueno, a lo mejor otro día. Y estás de acuerdo contigo mismo. Por unanimidad. Por una nimiedad. Y sigues adelante.

La vida misma

04 junio 2013

Ese jodido juego en el que, una y otra vez, te cambian las reglas a mitad de la partida. Y el caso es que hay que jugar. Y sacar al menos un empate, si puede ser.

No (ha) lugar

28 mayo 2013

Un lugar. Eso es lo que todos queremos encontrar, ¿no? Un lugar en el paraíso, un lugar donde perdernos, un lugar en el mundo, un lugar común, el lugar que no ocupa el saber. Algún lugar, el que sea. De una u otra forma, eso es lo que andamos buscando, sin lugar a dudas. Se diría que estamos siempre fuera de lugar. Sobre todo yo. Y a mi edad, bueno... ya estoy empezando a preocuparme. Pónganse en mi lugar. Si es que lo encuentran, claro.

Insectos molestos y recuerdos entrañables

23 mayo 2013

Ayer falleció Ray Manzarek, y la inevitable necrológica radiofónica me devolvió este vago y lejano recuerdo musical de la más temprana infancia.


Y aunque es harto improbable que ella pase por aquí o lea esto, lo tengo que decir: la música ha traído, además, el recuerdo de mi madre. Una madre algo más joven. Quién nos iba a decir, a los dos, que por su boca, con el pino, la higuera, los almendros, el cabezo y el sol de las tardes de verano en el campo de fondo, escucharía yo por primera vez a The Doors. Vivir para ver. O mejor dicho, para escuchar. En fin... vaya por ellos: por el mosquito, por Ray, por mi madre y por todos sus compañeros.


Cimientos para una breve nota biográfica

22 mayo 2013

Aunque parezca increíble, o para ser más preciso, aunque pueda parecer síntoma de una idiocia profunda, continúo perseverando en la línea de osadía e insensatez a la que me refería hace unas semanas: le he echado un par de huevos y he enviado un cuento a una prestigiosa revista, a ver si ellos le echan otro par y me lo publican. En mi descargo diré que se trata de una revista virtual, así que, en el improbable supuesto de que consigamos sumar cuatro huevos en el mismo morral, no incurriremos en consumo injustificado de papel ni se inferirá daño alguno a los bosques de la tierra. Dicho queda.

Parecen, además, amables y buenos chicos. Los de la revista, digo. Aseguran que leerán el relato con interés. En realidad, lo que dicen es que leen con interés todas las colaboraciones. Colaboraciones espontáneas, entiendo, puesto que no establecen restricciones a ese respecto, así que he decidido que sí, que leerán mi relato con interés. Y me doy con un canto en los dientes: si no otra cosa, tendré al menos un lector más. O varios, a lo mejor. Y no es cuestión de ir despreciando lectores, estando el panorama como está.

Lo que más me ha chocado es que me pidan, junto al relato, una breve nota biográfica. Entiendo que se refieren a un currículo literario, porque no veo que les pueda interesar el conjunto de mi peripecia vital, tan anodina y de andar por casa ella. Que si nací tal año y en tal sitio, que si estudié esto y lo otro, que si vivo acá, que si trabajo allá, que si me casé o me quedé soltero, que si tengo hijos o los dejo de tener. No, evidentemente se trata de una breve nota biográfico-literaria. «Y tan breve», es lo primero que he pensado. Breve a la fuerza. La sencilla brevedad que da la inexistencia. He estado a punto de pedirles —por favor, eso sí— que me publicasen el relato aunque sólo fuese para que la próxima vez que me dirija a una revista literaria, o me presente a un concurso, o envíe escritos a un editor, tenga algún contenido que darle a la breve nota biográfica de turno.

Danzad, danzad

14 mayo 2013

Con los pies o con las manos. Con las caderas o con las falanges. Lo importante es el concepto. Rapidez, agilidad, armonía. A ver quién es capaz de seguirte.

10. Trastornos del sueño

08 mayo 2013

Han pasado semanas, tal vez meses ya. No podría precisar cuánto tiempo hace, pero estoy seguro de que no era una noche fría. Claro que ese dato no es de gran ayuda porque aquí, al cabo del año, son muy pocas las noches frías. Menos mal. Los vi cuando regresaba a casa por la calle Santa Teresa. Era tarde, una hora inusual para mí. Una hora que tenía casi olvidada. En la antesala de una de esas cajas de ahorro que se han transformado en banco ―una de las más solventes, en eso hay que elogiarles el gusto― dos hombres dormían sobre cartones y liados en mantas viejas. Uno dentro, junto al cajero. El otro fuera, delante de la puerta. Todavía hay clases.

Romanticismo

29 abril 2013

¿Puede haber algo más sincero y más difícil que no prometer nada? ¿Absolutamente nada?

Licencia de obras

25 abril 2013

― Yo fui escritor ―dijo el viejo―. Pero lo dejé. Esta máquina de escribir me la regaló mi padre. Un padre cariñoso y culto que llegó a vivir hasta los noventaitrés años de edad. Un hombre básicamente bueno. Un hombre que creía, de más está decirlo, en el progreso. Pobre mi padre. Creía en el progreso y por supuesto creía en la bondad intrínseca del ser humano.

(...)

Pobre mi padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito y zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si usted se fija con atención, no están escritos por ellos.

Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un autor de obras maestras. ¿Quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma por el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia ―le dijo el viejo ex escritor a Archimboldi y Archimboldi recordó a Ansky―. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.

Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Disculpe las metáforas. A veces me excito y me pongo romántico. Pero escuche. Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor. Me pregunté: ¿por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio?

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. Nos equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. Nos vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.

(...)

Nos vemos en el Nobel. Hemos hecho historia. El pueblo alemán nos lo agradece. Una batalla heroica que será recordada por las generaciones venideras. Un amor inmortal. Un nombre escrito en el mármol. La hora de las musas. Incluso una frase aparentemente tan inocente como decir: ecos de una prosa griega no contiene más que juego y equivocación.

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes) y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. La pequeña diferencia es que aquí hablamos de un plagio consentido. Un plagio que es un camuflaje que es una pieza en un escenario abigarrado que es una charada que probablemente nos conduzca al vacío.

(...)

Llegó el día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en ese paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio, dejar la literatura, es decir dejar de escribir y limitarse a leer!

Roberto Bolaño
en 2666 (2003)

Librando pequeñas batallas con balas de fogueo

16 abril 2013

Hace unos meses, con ocasión del cambio de año, decidí incluir en mi socorrida lista de buenos propósitos el de salir del reducido círculo de los elogios que de forma generosa (de forma muy generosa) me prodigan familiares, amigos y otros simpatizantes virtuales, fundamentalmente a través de este blog, y hacer prácticas con fuego real.

El primer paso fue echarle cara al asunto y pedir consejos varios a un buen escritor, a un escritor de verdad, uno que no tiene nada de aficionado y mucho menos de perezoso. No diré su nombre para no desacreditarle en público. Porque, contra todo pronóstico, se tomó en serio mi consulta y me contestó de forma rápida y completa. Muy rápida y muy completa. Y francamente, alguien que se toma en serio a un tipo como yo, que pregunta cosas como las que yo le pregunté, podría llegar a verse gravemente desacreditado ante la opinión pública si el hecho trasciende. Así que, lo dicho: omitiré su nombre.

El caso es que, siguiendo su extensa lista de buenos consejos y valiosas indicaciones, que guardo (y guardaré) como oro en paño, hice un par de intentos con sendas editoriales.

La primera con la que probé adolecía de una cierta confusión de conceptos en materia mercantil. Allí no tenían del todo clara la diferencia entre proveedor y cliente. O sí, y entonces el asunto era aún más preocupante. Porque yo tenía la aspiración, entiendo que legítima, de ser su proveedor; ya saben, el tipo que les suministra algo (en este caso, escritos diversos) para que ellos, a su vez, lo manufacturen y lo vendan a sus clientes. Sin embargo, ellos querían que yo fuese su cliente: por un módico precio, me vendían mis textos cuidadosamente editados, encuadernados, empaquetados y puestos en mi domicilio, y yo me encargaría de venderlos a mis clientes; es decir, lector arriba, lector abajo, a la minoría selecta que suele frecuentar este blog. Tal vez pueda parecer que no hay gran diferencia entre una cosa y otra, pero, por pequeña que pueda ser, esa diferencia es importante para mí. Ya me referí en otra ocasión a ella (razón: aquí), así que no me voy a extender ahora sobre este particular. El caso es que, para ese viaje, no hacían falta tantas alforjas. Algo más de mil euros de alforjas, si no recuerdo mal.

El segundo intento fue mucho mejor. Me dijeron que no, por supuesto, faltaría más. Supongo que nadie albergará dudas al respecto. Pero fue un NO bastante gratificante. Para empezar, no fue un NO específico a lo que yo había escrito, sino más bien un NO de carácter general: el editor llevaba la editorial adelante prácticamente él sólo, tenía docenas de manuscritos pendientes de leer (y probablemente no llegaría a leerlos) y, además, normalmente no solían publicar relatos, que era de lo que se trataba. Y para seguir, el NO me lo dio el editor de primera mano. Claro ―diréis― si estaba solo, no tenía más remedio; pero lo cierto es que también podía haber omitido cualquier clase de respuesta y haberse ahorrado cinco minutos de su valioso tiempo. Y además, es cierto que fue un NO rápido, directo y sincero a más no poder; un NO en mayúsculas, como habréis podido comprobar, pero también correcto y estoy por decir que casi cálido. De hecho, lo guardo en el cofre de los tesoros virtuales, junto con los valiosos consejos e indicaciones a los que me refería al principio. No es por nada, pero algo me dice que estas cosas son lo mejor que voy a conseguir con toda esta historia.

En vista del éxito obtenido en el mundo editorial, decidí abandonar provisionalmente esa vía y probar con otra. Con los concursos literarios, en concreto. Y me he presentado a dos. Como lo oís.

Animado por los elogios, y olvidando por enésima vez que suelen venir motivados más por el afecto que por los méritos, agarré esta pequeña historia y la presenté a un concurso de microrrelatos. Un concurso modesto, sin grandes pretensiones. Un concurso idóneo, pensaba yo, para ser cabeza de ratón. Pensaba mal. No gané. Tampoco quedé entre los nueve finalistas. Sin embargo, puedo presumir de que mi pequeña historia fue seleccionada para su publicación en un libro junto con el ganador, los finalistas y los restantes relatos seleccionados a tal efecto. No está mal, diréis. Bueno, depende. Donde dice restantes debería haber puesto el número de relatos seleccionados. Eso hubiera sido lo más honesto, sí. Pero también lo más costoso. La lista era tan extensa que no me he visto capaz de contarlos. A ojo de buen cubero, yo diría que el número de relatos seleccionados era igual al número de relatos participantes, con un error de +/- 1. Siempre puede haber algún olvido, claro. Y encima, ahora me veo en la tesitura de tener que comprar el libro (lo llaman Antología) en el cual he tenido el honor de ser incluido, al módico precio de 11’95 €. Aunque, más que de tesitura, tal vez lo más correcto sería hablar de dilema. Y la solución al dilema, por ahora, es que no lo compro, aunque lo único seguro es que ya veremos o que cualquiera sabe.

Sí, dije dos concursos. No lo olvido. El otro sigue pendiente de fallo, y así seguirá hasta el mes de noviembre, si Dios quiere y el tiempo no lo impide. A éste me he presentado con un relato que terminé de escribir hace un par de semanas, tal vez tres, quizá cuatro. Un relato que, haciendo gala de mi proverbial y escrupuloso respeto por toda suerte de reglas, normas y bases, no podré presentar a ningún otro concurso ni publicar de ninguna forma, ni siquiera en este modesto rincón. Eso que ganáis, y no sólo en términos de tiempo. Se puede decir que, por ahora, se trata de un relato congelado. Como tantas y tantas cosas.

Seguiremos informando.

Sobre lo bueno, lo breve y lo imperfecto

14 marzo 2013

La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

Roberto Bolaño
en 2666 (2003)

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