Ideas sueltas

09 octubre 2009

Cuando llega el momento de empezar a escribir otro cuento, lo primero que hago es elegir una de las ideas que tengo guardadas. Abro una determinada carpeta del ordenador, y allí están las ideas. Malas, regulares e incluso alguna buena. O así me lo parece, al menos. Cada archivo que hay en la carpeta, una idea. Algunas están algo más desarrolladas, pero casi siempre son sólo un esbozo.

Sé que algunas son muy malas. Nunca llegarán a ser un cuento. Al menos, no un cuento escrito por mí. Pero no las mando a la papelera, no sé muy bien por qué. Por si algún día cambio de opinión sobre ellas, y mira que si eso llega a ocurrir no dirá mucho en mi favor. Por si alguna vez puedo sacarles punta. Como si fueran un lápiz. O por si puedo colarlas de rondón en otra historia donde puedan encontrar un hueco, cosa que ya ha funcionado en más de una ocasión. El caso es que no las borro.

Otras, aun no siendo tan malas, no pasan de ser un buen punto de partida. Un embrión. Apenas un bosquejo del que algún día puede salir algo mejor. Un cuento, quizá. No son ideas desechables, pero no son nada más que eso. Ideas, fogonazos, bocetos, esbozos. El nombre de estos archivos está escrito con mayúsculas.


Para empezar a escribir un nuevo cuento, suelo coger uno de esos archivos cuyo nombre está escrito con mayúsculas. Alguien dirá que, en realidad, ya empecé a escribirlo cuando cacé la idea al vuelo, cuando me puse a anotar con prisas en un papel o en un archivo. Yo prefiero pensar que no. Prefiero creer que es ahora cuando empiezo. Si no, si tengo que contar cada idea que nunca vuelvo a retomar, serían ya demasiadas las cosas que se quedan sin terminar.


A partir de ahí llega lo más difícil: convertir el esbozo en un cuento. Muchas veces no es siquiera el apunte de una historia, sólo de una situación, de un personaje, de una conversación… algo de lo que algún día podría llegar a salir una historia. Pero hay que sentarse delante de ese archivo y escurrir, apretar, exprimir, estrujar hasta sacar algo más. Y no es fácil. Muchas veces no sirve para nada, incluso es lo peor que puedes hacer. Si no has sacado nada después de dos o tres días, que a la hora de la verdad se traducen en tres o cuatro horas de trabajo, tal vez lo mejor sea volverlo a guardar y esperar a ver qué pasa.


Elegí uno. Uno de los que me parecía mejor. Uno en el que tenía depositadas bastantes esperanzas. Un par de días después, nada. La idea me seguía (y me sigue) pareciendo buena, pero es sólo una idea: sin historia, sin el tono adecuado, sin estructura, sin personajes. Insisto: sólo el esbozo. Y decido volver a guardarlo.


Y de repente, una mañana, en la oficina, tienes un objeto en la mano. Mientras piensas en cómo resolver un problema de trabajo, mientras hablas por teléfono, mientras jugueteas con el ratón buscando en Internet lo que no encuentras entre tus conocimientos, tienes en la mano izquierda un objeto vulgar. Le das vueltas entre los dedos de forma inconsciente. Como ese objeto, tienes varios en la mano a lo largo de la semana. Tienes muchos, de hecho. Y de repente, es precisamente hoy, viernes, al final de la mañana, cuando te das cuenta de que en ese objeto hay una historia entera. O varias. Apenas quedan veinte minutos para cerrar la oficina hasta el martes. Dejas todo lo que estás haciendo y abres un archivo nuevo. Y empiezas a teclear. Frenético. Y va saliendo todo: la situación, el hilo, las historias, los personajes, la estructura, el tono, lo que quieres decir y lo que no, cómo empezar, cómo cerrar, de qué voy a escribir y cómo. Todo.


Son sólo las primeras pinceladas, los primeros apuntes del natural escritos sobre la marcha. Pero son también casi dos páginas. Y siguen creciendo. Y sé, ahora sí, que algún día serán algo más. Lo que no sé es cuándo.

26 comentarios:

supersalvajuan dijo...

A sumar páginas se ha dicho.

Leandro dijo...

La verdad es que tú lo explicas más claro y más breve

Anónimo dijo...

Está muy bien explicado. Ahora me muero de curiosidad por conocer la historia de ese objeto.Ya sé,ya sé, no vas a decir nada. Esperaremos, pero que no tarde mucho.

Leandro dijo...

No es la historia del objeto. Es un objeto en el que hay una historia. O quizá varias. Ahora toca darles forma, y luego tendrán que esperar su turno.

Amor dijo...

Wau! qué frenesí!

Leandro dijo...

Menos cachondeo

Amor dijo...

(perdón)

Leandro dijo...

No era eso. En fin... mejor rebobinemos un par de comentarios, hasta donde me tomabas menos en serio

Amor dijo...

Ok, entonces: Wau! qué frenesí!
Conozco esa sensación y es tal cómo has descrito, muy bien explicada. Es como una lucidez especial que no sabes de dónde viene ni cuanto va a durar,pero que está ahí y no te deja hacer otra cosa. me ha gustado la referencia al tiempo porque yo también creo que se modifica algo la percepción. No sé si te ha pasado.

(estás muy serio para ser sábado por la mañana,no? parece lunes)

Leandro dijo...

Me pasa continuamente. El tiempo es uno de los grandes caballos de batalla. En esta historia y en todas. Y por cierto, como ya dije en una entrada anterior, me encantan los lunes

puesyo dijo...

venga ese cuento!
a veces tanto pulir mata...el único premio que me han dado fue por un cuento de dos páginas que escribí por obligación y de una sentada...corta

(Barcelona? ah! no, viajo bastante)

Leandro dijo...

Un premio, qué suerte. Bien, descartada Barcelona. Probemos otra vez: ¿Valencia? ¿MacKintosh? ¿Safari?

puesyo dijo...

Quizá deberías dedicarte al espionaje además de al cuento: hoy me toca aquí, sí

Pero volviendo a lo que nos interesa, te veo muy disciplinado, claro que a cada cual le va bien de una manera: si yo me siento a escribir, entonces no me sale nada de nada

¿Por qué será que los que escribimos, aunque sea a gatas, siempre acabamos hablando de lo mismo?

Lo del objeto me ha gustado
Y, por lo visto, viene de lejos

Me voy a trabajar, que ya toca, hasta la próxima





tengo mucho trabajo pendiente en tu blog, porque voy con bastante retraso

Leandro dijo...

Vale, puestú, pues ya te tengo

Anónimo dijo...

No creo que sea suerte.

Leandro dijo...

En los premios confluyen multitud de factores. Entre otros muchos, la suerte. En cualquier caso, yo no quise decir te dieron un premio porque tuviste suerte, sino más bien te dieron un premio, qué bien. Desde luego, empiezo a pensar que si alguien no le van a dar un premio por escribir bien, va a ser a mí.

Anónimo dijo...

Pues si no te lo dan, ellos se lo pierden.

Leandro dijo...

Se lo pierden tanto que ni se enteran

pues yo dijo...

Lo que yo decía: incomprendidos
Pero vamos, el premio no era el Nobel ¿eh? No da ni para despertar envidias sanas. Ya entendí que era una expresión de alegría.
Oye, anónimo, gracias por los compliments, pero son totalmente inmerecidos. Los premios son... política mucho más que suerte, casi nunca se los dan a nadie por escribir bien, creo.

Leandro dijo...

¿Ves?

Anónimo dijo...

¿Ves?, ¿ves?... La excepción confirma la regla.
¿Sería mucho pedir que nos dejases echar un vistazo? Con permiso del dueño del blog, por supuesto. Es que se prodiga poco y pone los cuentos con cuentagotas.

Leandro dijo...

El año pasado tuve la oportunidad, la suerte, el privilegio, de pasar ocho horas de Taller con Enrique Murillo, un tipo que ha recorrido todo el espectro editorial español. Desde los grandes monstruos hasta las pequeñas editoriales más o menos independientes (de hecho, ahora tiene una a la que se dedica en cuerpo y alma), pasando por todo el abanico intermedio. Un individuo de mucho peso en ese mundillo. Entre las muchas cosas interesantes que nos contó y explicó, estaba la concesión del premio Planeta, que él (sí, él) gestionó y concedió seis veces. Para reir a modo. O para llorar, según se mire. Y como ese, aunque a menor escala, todos, vino a decir.

Anónimo dijo...

Parece que me he pasado, lo siento

puesyo dijo...

ya sé que esta conversación se acabo hace siglos, pero no me resisto: sobre el tiempo, "Esculpir en el tiempo" de Tarkowski. O mejor todavía, en película: "Sacrificio", suya misma

o Chillida

no, no son escritores, pero saben mucho de encarnar el tiempo y lo explican muy bien

Leandro dijo...

Lo de Chillida, ¿lo dices por el tiempo que tardaba en hacer esas esculturas tan grandes?

puesyo dijo...

Lo digo, ceporro artístico, porque una vez le preguntó al fontanero que le miraba trabajar "¿qué cree que estoy haciendo?" y el fontanero le contestó "algo como música pero con hierros"...y él lo contaba para explicar que sus esculturas estaban hechas de tiempo, cosa que es totalmente cierta. Tempo, como la música. A ver si te das una vuelta por el Chillidaleku, que las esculturas grandes no muerden.

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