Publicar o ser publicado. O justo lo contrario

31 julio 2011

Un amigo, con la mejor de sus intenciones, me remitió hace unos días a una dirección web especializada en autoedición. Haz realidad tu sueño de publicar, rezaba el ingenuo lema bajo el nombre comercial de la web. Yo ya conocía otros sitios por el estilo, y puedo asegurar que los había estudiado con verdadero interés, así que aquello tampoco suponía una gran novedad. Más que webs especializadas en autoedición, se trata de webs especializadas en hacer negocio con la vanidad ajena. Negocio legítimo, por supuesto. Y negocio seguro, o cuando menos, muy probable: 59.153 usuarios registrados y 42.407 libros publicados a día de ayer nos dan una buena pista acerca de por dónde van los tiros. Porque, ¿qué sentido tiene autoeditarse, si no es dar una pequeña satisfacción a la propia vanidad? ¿O aún mejor: una gran satisfacción? Pasan los siglos, y la vanidad sigue siendo uno de los grandes motores de la creatividad humana. Es muy difícil sustraerse a su influjo. Pero ojo con la autoedición, que la carga el diablo. El batacazo puede ser de órdago. Casi sin saber cómo, te puedes encontrar con muchos, muchísimos kilos de papel repartidos entre la sala de estar y el pasillo, y de paso, con la duda existencial de si debes: a) continuar alimentando la idea de que tal vez el porvenir alumbrará un mundo mejor en el que por fin tu talento será reconocido; o b) trasladar sin más todos esos kilos de papel al contenedor azul. No hace falta decir que tu cónyuge abogará con algo más que entusiasmo por la segunda opción.
 
Por otra parte, ¿acaso no es autoeditarse lo que yo hago en este blog? Parece evidente que sí: publico las cosas que escribo, escribo las cosas que publico. A primera vista, no se aprecia diferencia esencial alguna con la autoedición que nos ofrecen esas webs especializadas. Y a segunda, tampoco. Sin embargo, publicar en este blog me ofrece incuestionables ventajas. Primera: me cuesta tiempo y esfuerzo (sí, cuesta creerlo, lo sé) pero de momento, y mientras el Sr. Google no disponga otra cosa, no me cuesta un euro. Segunda: es más ecológica; habrá quien objete que también la autoedición es ecológica cuando se publican libros en formato electrónico, pero bueno… en ese caso podemos dejarlo en empate, ¿porque qué coño es esto, sino un formato electrónico? Tercera, pero no menos importante: no pongo a mis amigos y familiares en el compromiso de tener que adquirir unas cuartillas medianamente bien encuadernadas o unos bytes medianamente bien distribuidos, malgastando así un puñado de euros dignos de mejor causa. Aquí están las cosas publicadas, quien lo desee –familiar o no, amigo o no– puede leerlas, y la vanidad queda suficientemente satisfecha. Al menos, por ahora.
 
No me convence, pues, la autoedición que me ofrecen esas webs especializadas. Ni siquiera me seducen los pingües beneficios que auguran a los autores. Si yo no he entendido mal cómo funciona el invento, esas ganancias son directamente proporcionales a las aptitudes comerciales del interesado, y las mías están muy lejos de alcanzar siquiera la categoría de aceptables.
 
En principio, tampoco me interesa el universalmente kantiano a la par que típicamente hispánico favor con favor se paga, también formulado como hoy por ti, mañana por mí, que básicamente consiste en yo te escribo un prólogo, tú me lo escribes a mí, yo te presento un libro, tú me lo presentas a mí, yo reseño tu novela, tú reseñas la mía, yo compro tu libro y tú compras el mío. En fin, esa extraña endogamia literaria por cuyas venas suele correr el dinero público, si bien con menos alegría en estos tiempos aciagos que hace tan solo unos meses. A lo largo de estos últimos años he tenido ocasión de asomarme por la rendija de la puerta a esa ordenada habitación en la que cada cosa está perfectamente colocada en su sitio, y desde ahí me ha parecido que algunas de esas cosas tienen auténtico valor, pero ese orden tan estricto hace que me resulte más difícil apreciarlo. Tal vez habría que sacarlas de ahí, tal vez deberían tomar distancia. Desde luego, algunos escritores y algunas personas que he tenido la suerte de conocer en este tiempo merecen algo mejor. Algo mucho mejor. En cualquier caso, reconozco sin ambages que esto, dicho desde el lugar que yo ocupo en el mundo, no sólo suena pretencioso, sino que de hecho lo es. Y no pongo la mano en el fuego por mí mismo. No puedo asegurar que, llegado el caso, no fuese a perder mi propio culo y a lamer unos cuantos ajenos con tal de ver publicadas en papel encuadernado algunas de las cosas que he escrito. Como ocurre con casi todo en esta vida, hay que verse en situación para saber cómo reaccionará uno.
 
Porque yo no desecho la idea de publicar. Por supuesto que quiero publicar. Pero quiero que alguien que no sea mi abuela, ni mi madre, ni un familiar, ni siquiera un buen amigo, alguien que no me profese el más mínimo afecto y que, al mismo tiempo, tenga algún criterio literario, o profesional, o algún criterio sin más, quiero –decía– que ese alguien considere que las cosas que yo escribo tal vez puedan interesar a otras personas que no sean mi abuela, ni mi madre, ni un familiar, ni siquiera un buen amigo, a otras personas que no me profesen el más mínimo afecto. A ser posible, que ni me conozcan. Y que ese alguien considere que esas otras personas no sólo podrían estar interesadas en las cosas que yo escribo, sino que tal vez, y sólo tal vez, hasta podrían pagar por leerlas. Y ese alguien, por definición, no puedo ser yo mismo. A ese alguien creo que lo llaman editor, y cuando es persona jurídica, editorial. Y pretender que uno de estos te haga caso, uno de verdad, eso sí que es vanidad. Y gorda. Pero debe ser, al mismo tiempo, una vanidad hasta cierto punto controlada. Debe uno estar dispuesto a admitir que la causa última de que no aparezca ese alguien no radica en una ausencia universal de buen gusto literario, ni en un extraño e intrincado complot internacional dirigido a que el mundo jamás descubra nuestro talento oculto. Si ese alguien no aparece, lo más probable es que eso se deba al hecho de que ese talento, más que oculto, es extremadamente modesto, cuando no directamente inexistente. Llegados a ese punto, descubre uno la verdadera utilidad de los blogs, las webs personales, e incluso de la autoedición. Me atrevo a afirmar que, para la vanidad y su satisfacción, aunque sea modesta, no reza aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
 
Por otra parte, ¿no empieza a ser notable la desproporción entre el número de escritores y el número de lectores? ¿No hay ya demasiada gente que escribe cosas? Y sobre todo, ¿no hay ya bastantes cosas muy interesantes, muy inteligentes, absolutamente sorprendentes y/o tremendamente emotivas escritas (sí, desgraciadamente) por otros? Tal vez ni escribir, ni publicar. Tal vez lo mejor sea dedicar ese tiempo tan valioso a leer. Nada más. Y nada menos.

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