Punto

14 diciembre 2011

Ayer terminé de escribir un cuento. O relato, como ustedes prefieran. No voy a decir cuándo empecé a escribirlo porque, sencillamente, me da vergüenza. No es que sea lento, que lo soy. No es que sea ineficaz, que también lo soy. Es que ni siquiera me pongo. El tiempo que he tardado en escribirlo no tiene nada que ver con el tiempo, digamos... neto, que le he dedicado. Días, semanas, quizá meses sin asomarme siquiera al archivo. Pero sabiendo que estaba ahí, como unos deberes sin hacer un domingo por la tarde, como un plazo que vence, como un marrón que no sabes cómo quitarte de encima. A ratos, como una pesadilla. ¿Pero qué necesidad tengo yo de esto?, te preguntas. Y al terminar con él, una placentera sensación de alivio. Por fin. Y de tierra conquistada. Ingenuo. Y la decisión de que ese punto era, esta vez sí, el punto y final. Se acabó. Esta mañana, al levantarme, ya me parecía más bien punto y aparte. Y ahora ya voy pensando que quizá sea sólo un punto y seguido. En cualquier caso, punto.

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