Salta

31 diciembre 2008

Salta. Salto. De altura. Con pértiga. De longitud. Triple. Mortal. Triple mortal. De obstáculos. Del ángel. De trampolín. En paracaídas. Al vacío. En el tiempo. De página. De mata. De cama. Del tigre. Izquierda. Izquierda. Derecha. Derecha. Adelante. Hacia atrás. Un, dos, tres. Las chicas de la esquina ríen con picardía, tú sabes lo que quieren y se lo vas a dar. Hoy estás alegre y tienes ganas de saltar. Salta. Solo. Conmigo. Alto. Muy alto. Salta. De 2008 a 2009. Que no nos pase nada.

Cuentos de Navidad

27 diciembre 2008

El de la cerillera. El del fantasma de las navidades pasadas. Y el del fantasma de las navidades futuras. Los hay mejores y los hay peores. El del tamborilero. El de la marimorena. El de la noche de paz. Y el de la noche de amor. Éste no hay quien se lo crea. El de la zambomba. El de la pandereta. El del aguinaldo. El de la lotería. El del gordo. El de la salud. El del pavo. El del turrón. El del mazapán. Y el de los pasteles de yema. Éste es bueno. Está el de las muñecas de Famosa. El de El Almendro. El de vuelve a casa por Navidad. Y el de la familia unida jamás será vencida. El de los pastores. El de los camellos. El del belén. El del árbol. El de las bombillas de colores. El del espumillón. El de las bolas. El de la chimenea. El de Santa Claus. El de Rodolfo. El de los Magos de Oriente. Y el del amigo invisible. Y el de los inocentes. El de las bromitas. El de qué bello es vivir. El de las uvas. El de los besos. El de los abrazos. El de los buenos propósitos. El de las buenas intenciones. El de los buenos deseos. El de la paz mundial. El de la solidaridad. Y el de los escaparates. Y también está el cuento de Navidad de Auggie Wren. Éste es de los mejores.

Abróchense los cinturones

22 diciembre 2008

Estamos al principio de la pista. Recogemos los impresos para matricularnos en el gimnasio. O en la piscina. O en la academia de inglés. O en la de bailes de salón. Buscamos en el fondo del cajón la ropa de deporte. Miramos desafiantes a la báscula. Y al espejo. Nos juramos no volver a desaprovechar un minuto. Tratamos de programar nuestros días, nuestras semanas, para sacarles mayor rendimiento de aquí en adelante. Creemos haber descubierto, ahora, a estas alturas, cómo ser mejores padres, mejores amigos, mejores compañeros, mejores hijos o mejores parejas. Cómo ser buenos. Y nos disponemos a ponerlo en práctica. Compramos una caja de parches de nicotina. Incluso hacemos acopio de buenas lecturas. La lista de buenos propósitos se va haciendo interminable. Vamos cogiendo velocidad para iniciar el vuelo. Y de repente, la pista de despegue parece demasiado corta. ¿Necesitamos unos cuantos días más de fiesta? ¿Acaso no nos vendrían bien para coger más impulso? No lo sé. Quizá no. Las campañas promocionales están en marcha desde hace semanas, ya se ven bombillas fundidas en algunas calles y la sonrisa nos tiene al borde de la parálisis facial. Unos días más, y corremos el riesgo de llegar agotados al final de la pista. Ni siquiera levantaríamos el vuelo. Mejor dejar las cosas como están. Miramos a nuestro alrededor y deseamos lo mejor a nuestros compañeros de viaje. Todavía pensamos que su suerte en el vuelo será también la nuestra. Aún no hemos caído en la cuenta de que no todos viajamos en la misma clase, de que el asiento del vecino es de ventanilla y el nuestro de pasillo, de que su vaso está más lleno, de que a él la azafata le sonríe más. Ya habrá tiempo para eso durante el vuelo. Ahora, al principio de la pista de despegue, sólo queremos pensar en el éxito del viaje.

Al menos, así parecía antes. Antes, cuando la Navidad era todo por delante, nada por detrás.

Pero a determinadas edades, y para ciertos temperamentos, esto viene a ser más bien como una pista de aterrizaje. Aterrizaje forzoso, a veces, pero aterrizaje al fin y al cabo. Vuelo superado. Con incidencias, claro. Ha habido turbulencias, tormentas, averías. La comida no siempre estaba buena y la compañía no siempre fue agradable. Pero hemos conseguido aterrizar, que no es poco. Quizá hemos perdido el equipaje, que tomó un vuelo equivocado. Persisten la hipercolesterolemia, el exceso de peso, el tabaco y la ignorancia de los idiomas y de los bailes de salón. Presentamos nuestra reclamación en el mostrador de la compañía y prometemos llevar sólo equipaje de mano la próxima vez. Hacemos balance. Y recuento. Miramos atrás, y recordamos a otros pasajeros de otros vuelos que se quedaron en el camino. En este mismo viaje o en otros anteriores. Vamos a la cafetería o al restaurante. Demasiado, quizá. Hacemos unas compras en el Duty Free. Demasiadas, quizá. Y a otra cosa.

Como quiera que sea, acabamos de llegar y ya estamos queriendo volver a salir. Apenas hemos tenido tiempo de deshacer el equipaje, y ya lo estamos volviendo a preparar. Lavamos la ropa y compramos algunas cosas nuevas, sólo lo imprescindible. ¿Sólo lo imprescindible? Otros proyectos, otros buenos propósitos. Y seguimos viajando. Nos volvemos hacia los demás pasajeros, y una vez más les deseamos un feliz vuelo. Corremos a pillar el asiento de la ventanilla, como si no supiésemos que está adjudicado desde que se hicieron las reservas. Y continuamos nuestro viaje.

Señoras y señores pasajeros, abróchense los cinturones. Estamos a punto de despegar. O de aterrizar, lo que sea. Que tengan un feliz vuelo. O que lo hayan tenido. Qué más da. El caso es que la vida sigue, mientras por afuera pasan los aviones.

De haberlo sabido

14 diciembre 2008

Hay canciones que no necesitan acompañamiento en prosa. Ésta, por ejemplo. Tantas y tantas, en realidad. Podría decir que, de haberlo sabido, en más de una ocasión me habría ahorrado la homilía, pero me conozco y sé lo que me cuesta mantener la boca cerrada y los dedos quietos. También podría decir que, de haberlo sabido, hace dos o tres viernes habría subido a la Fnac a escucharla, pero lo cierto es que lo sabía y no fui. En fin, como tantas otras veces. No pasa nada. Pero cuántas cosas sí, y cuántas cosas no, de haberlo sabido.



Un pez llamado Kafka

12 diciembre 2008

Varias noches atrás, metido en una grave encrucijada (ni tenía ganas de hacer lo que debo, ni sabía cómo hacer lo que quiero), me dejé llevar por la oferta televisiva con la intención de poner la maquinaria en punto muerto. Imposible. Una vez más se cruzó en mi camino ese bombazo que mezcla sabiamente americanos, violencia, sexo, una historia de amor y peces. Supongo que sabéis a qué me refiero. El caso es que no pude evitar darle un nuevo repaso. Y luego llegó ese momento crucial de la historia en el que Ken, el tartaja del copón (hola, pe-pe-pe-pececillos de Ke-Ke-Ke-Ken), intenta explicarle a Archie dónde están escondidos los diamantes. El sentido de Ka. Y ahí había una señal, qué duda cabe. El sentido de Ka, Ken, Kevin Kline. K. Simplemente, K. Y estaba también, por supuesto, esa descabellada a la par que lúcida alocución de John Cleese, que lo convierte en el candidato perfecto para presentar un informe en una academia. ¿O no?

Opciones

05 diciembre 2008

Pares o nones. Carne o pescado. Muslo o pechuga. Blanco y negro o color. Izquierda o derecha. Norte o sur. Oriente u occidente. Ricos o pobres. Monte o playa. Madrid o Barcelona. Trasnochar o madrugar. Enseñanza pública o privada. Sumar o restar. Raúl González o Raúl López. Beatles o Rolling Stones. Platón o Aristóteles. Abstracto o figurativo. Hänsel o Gretel. Caperucita o el lobo. Del Piero o Del Potro. Ortega o Gasset. Prosa o poesía. Casi siempre hay que elegir. Aunque a veces no. Autor o intérprete. Quique o Enrique. González o Urquijo. A veces, aunque tú no lo sepas, te puedes quedar con los dos.



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