Otra dosis de buenos propósitos

03 septiembre 2009

Bastaron cuatro entradas en este diario y otras circunstancias de la vida para darme cuenta. Puedo ser perezoso, y de hecho lo soy. Puedo ser aficionado, yo qué sé, a un montón de cosas: al fútbol, al baloncesto, a la música, a la lectura, a la cerveza en buena compañía, al agua fría… si algo me distingue es precisamente eso, ser un aficionado. Lo que no podía ser era escritor, estaba claro. Así que lo dejé. Y por una mera cuestión de coherencia elemental, abandoné también este diario.

Han sido unos meses tranquilos en ese terreno. Nada de devanarme los sesos buscando adjetivaciones imposibles. Nada de diálogos artificiales y supuestamente ingeniosos. Nada de ir encontrando historias en el más nimio incidente o anécdota que se me ponga delante de palabra o de obra. Nada de ir apuntando esbozos como un poseso en una hoja de papel sucio o en un archivo de Word. Nada de darle la vuelta a todo para mirarlo por detrás o por dentro. Nada de enfermizos puntos de vista desde los que contemplar el mundo y sus pompas. Nada de eso. Al contrario. Que escriban otros (sobre todo, los que saben hacerlo), que yo me encargaré de la parte de leer.

Ahora resulta que no me acuerdo bien de las razones por las que dejé de ser escritor. Olvidé apuntarlas. Y la verdad, he pensado: mejor que hacer un denodado esfuerzo para tratar de recordarlas, me hago escritor otra vez. En el peor de los casos, esas mismas razones volverán a ponerse de manifiesto por sí solas; y esta vez, antes de dejar el oficio, las recogeré pormenorizadamente por escrito. Para eso soy escritor, qué coño. Y en el mejor, con un poco de suerte y algo de voluntad por mi parte, puede que escriba algo y todo. Vete a saber.

Para no empezar de cero, retomo otra vez el cuento donde lo dejé. Sí, exacto, ese cuento. El que empecé a escribir el pasado 23 de enero, a las 7:28 horas, y abandoné el 19 de febrero, a las 18:29 horas. El de los catorce párrafos, cuarenta y siete líneas, trescientas noventa palabras, título incluido. Creo que aún recuerdo de lo que iba.

Así que lo dicho: mañana mismo empiezo. O sigo. En serio.

11 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Tomorrow Never Knows. El mañana es un tipo esperando para ver que se encuentra
http://www.youtube.com/watch?v=SVUzTZ5dgwQ

Leandro dijo...

Pues tiene muchas posibilidades de encontrar varios tipos esperándolo. No sé muy bien para qué, pero esperándolo

supersalvajuan dijo...

Esperar siempre es aburrido. Y una pérdida de tiempo.

Leandro dijo...

No esperar también puede ser una forma de perderlo. La cuestión es saber cuándo toca esperar y cuándo no.

Anónimo dijo...

Es mejor echar a andar, seguro que llegas antes donde quiera que vayas.

Leandro dijo...

Depende. Depende de si sabes dónde vas, de si vas a algún sitio, de si eliges el camino correcto. Nada es del todo seguro... creo

Anónimo dijo...

Cuando se va, siempre se va a algún sitio y vayas por donde vayas, llegas. La cuestión es llegar, aunque el camino sea más largo o menos transitable.

Leandro dijo...

¿Y si no se va? Porque si hay que ir, se va, pero ir para na' es tontería

Anónimo dijo...

Entonces, ni te muevas.

Clares dijo...

Mi idea acerca de esto es muy simple: se es o no se es. Generalmente, nos empeñamos en cosas que tal vez no somos, pero yo me pregunto si el hecho de tener esa preocupación no te convierte automáticamente en uno de ellos. Escritor es el que escribe, y más aún, quien no puede evitarlo aunque se lo proponga. Nada más.

Leandro dijo...

Escritor es el que escribe, león es el que lee mucho y ladrón es el que ladra. De donde podemos deducir que un ladrón es un animal mientras que un león es una persona, salvo error u omisión por mi parte. De los escritores no podemos deducir nada, me temo

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