Primeros sonidos

20 marzo 2017

Rodada en otoño de 1929 y estrenada, según cuentan las crónicas (y la Wikipedia), el 11 de enero de 1930, abriéndose camino por entre los últimos estertores de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, «El Misterio de la Puerta del sol» es la primera película sonora del cine español. O quizá, para ser más precisos, deberíamos decir parcialmente sonora. Porque, tomando a pies juntillas aquello de estar en fase de transición del cine mudo al cine sonoro, la película alterna, precisamente, tramos silentes y tramos con sonido, haciendo honor así a su inclusión en nuestra sección «Cinema Prehistórico».

¿Algo sobre lo que llamar la atención en la película, amén de lo que en sí misma pueda tener de curiosidad histórica? Pues sí, alguna que otra cosa.

Por ejemplo, las estridentes voces de unos actores que aún no se han adaptado al cine sonoro. De hecho, no todos lo conseguirán. Muchos de ellos pasarán al archivo, primero, y al olvido después. Huelga decir que, a lo largo de la película, se les ve mejor y más sueltos cuando no se les oye. El bello histrionismo de los actores del cine mudo se convierte en algo chillón cuando se le añade el sonido, y aquí podremos comprobarlo sin necesidad de cambiar de película.

Tenemos también, claro, los casi inevitables números musicales, esa terrible servidumbre del primer cine sonoro, aquí en su versión más hispana. Sólo para amantes de la canción española, la copla y aledaños.

Hay, además, algo de humor. De un cierto humor, al menos. Un humor algo ingenuo, por decirlo de alguna forma, pero que, si bien es difícil que nos haga reír a estas alturas, al menos nos permitirá descubrir que el número supuestamente cómico con el que los hermanos Cadaval (aka Los Morancos) saltaron a la fama en un programa especial de una ya lejana Nochevieja, encuentra un antecedente directo en esta vieja película de los años veinte.

Como siempre me ocurre con estas películas prehistóricas, me fascinan los exteriores. Gracias a ellos podremos ver, sin necesidad de decorados ni de recreación digital, el aspecto que presentaba la Puerta del Sol en 1929. Fascinante. O estremecernos ligeramente, ahora que ha transcurrido más de un año desde la tragedia, ante el emplazamiento de un cabaret llamado Bataclán en el número 40 del Paseo de Rosales. Que sí, existió, como lo prueba el anuncio que aparece en la página 6 de este ejemplar del Heraldo de Madrid del miércoles, 5 de septiembre de 1928 (edición de noche). Por cierto que, dicho sea de paso, también a este periódico se le asigna un papel de cierta relevancia en la película. 

Me quedo también con el detalle de que alguien se hubiese lanzado a hacer cine sobre cine ya entonces, prácticamente en los albores del séptimo arte. ¿Acaso ya intuían la grandeza de este invento? ¿O se trata tan solo de una manifestación, una más, de la inveterada costumbre de mirarse el ombligo? Un poco de todo, posiblemente.

Encontraremos, por último, ingenuidad. Mucha ingenuidad. Ingenuidad a raudales. La que destila la película y la que se presume al público. Toda la ingenuidad que nos falta casi noventa años después... y un poco más, si cabe. Y es que estas películas hay que verlas con cierto cariño, no lo olviden.

Así que, ya saben, desempolven la poca ingenuidad que les quede, si es que les queda alguna, ármense con todo el cariño del que puedan disponer tras haber cumplido en el terreno de los afectos con parejas, hijos, amigos y familiares, y abran en su vida un paréntesis de apenas una hora y once minutos para disfrutar de El Misterio de la Puerta del Sol o El Último Día de Pompeyo. De Pompeyo Pimpollo, para más señas.

De oficio, descubridor

22 julio 2016

Hoy, en nuestras secciones «Cinema prehistórico» y «Recomendaciones a las que, por supuesto, nadie hará caso», rescatamos La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, una joya de 1916 que cumple precisamente ahora, en efecto, cien años. Porque si algo sabemos aquí es contar, sumar y restar con un margen de error aceptable. Bueno, pues eso: como decía, cien años contemplan a esta superproducción franco-española. Entiéndase por superproducción, conforme a los cánones de la época, y según cuentan las crónicas, que su coste anduvo en torno al millón de pesetas y que en su rodaje se emplearon, ojo, hasta tres cámaras. Y la verdad es que se nota. No, en serio. Hay que ubicarse espacio-temporalmente y dedicar a esas imágenes una mirada algo más ingenua que la del espectador contemporáneo que somos. Conseguido esto, el resto es cuesta abajo. 

De entre las muchas virtudes de la película, que las tiene y que no me voy a poner a enumerar aquí y ahora para no cansar al lector y para no ponerme en evidencia, hay una que no me resisto a pasar por alto: los fascinantes exteriores rodados en La Alhambra. Una Alhambra luminosa que en la película aparece muy distinta de la que hoy podemos visitar de forma programadísima y organizadísima. Merece la pena admirarla así, créanme.

La película se puede ver en los dos siguientes enlaces:

a) La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, en Europeana 1914-1918. Una vez en la web, pulsen en el recuadro gris donde pone Play video, aunque no aparezca ninguna imagen.

b) La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, en YouTube. En este caso, voy a dar por supuesto que todo el mundo conoce el funcionamiento.

A día de la fecha, la película está a la vuelta de esos dos enlaces, pero no pierdan de vista la proverbial volatilidad que rige el mundo Internet. Hoy están, mañana quién sabe.

En el primer enlace, la película se muestra tan muda como fue concebida en su momento. En el segundo, se escucha de fondo un molesto soniquete con reminiscencias morunas que aconsejo silenciar, salvo a los incondicionales de los sonidos étnicos. De hecho, salvo a los muy incondicionales. Tanto el soniquete como el silencio pueden ser sustituidos por musica, y para el caso que nos ocupa, qué mejor que la Sinfonía nº 9 de Antonín Dvořák, conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo. Os lo pongo fácil:


La duración de la película supera a la de la música, así que lo mejor es poner ésta última en bucle y desentenderse hasta el final. Quienes opten por hacerlo así, comprobarán cómo, poco a poco, y de forma hasta cierto punto sorprendente, la música se irá amoldando a las imágenes, a la historia y a la fantástica gesticulación teatral de los actores mudos, como un lienzo de seda húmedo a un cuerpo desnudo. Supongo que eso ocurrirá con cualquier otra pieza y, sobre todo, a cualquiera que, lamentablemente, carezca de oído y entendimiento musical. Qué le vamos a hacer. 

En fin, como quiera que sea, con oído o sin él, toda una experiencia estética. Me pregunto si habrá alguien que disponga de un una hora y cuarenta y dos minutos para disfrutarla.

Rescatando ropa vieja de un armario oscuro

18 julio 2016

La gente de Colectivo Iletrados, gente joven e inquieta (bueno, joven... en fin, más joven que yo, seguro; pero muy inquieta, eso sí), la gente de Colectivo Iletrados, decía, tuvo a bien publicar uno de mis textos en el número 16 de su Manifiesto Azul. Y no sólo eso. Me invitaron, además, a la fiesta de presentación del susodicho Manifiesto, y me ofrecieron leer allí mismo, en voz alta y en presencia de un distinguido y numeroso público, el texto que me habían publicado. Quien me conoce y ha visto cómo suelo desenvolverme en una fiesta y los claros que se van abriendo a mi alrededor, sabe que esa invitación y el consiguiente ofrecimiento nos hablan de gente, además de joven e inquieta, temeraria. Francamente temeraria. Seguro que esa misma invitación y ese mismo ofrecimiento a los demás escritores que allí publican, en esta y en otras ocasiones anteriores, ha dado un resultado más que satisfactorio. Y seguro que lo habrán pasado muy bien. Pero eso no les exime de responsabilidad: su invitación a ciegas (de la que tengo pruebas por escrito) no deja de ser una imprudencia que pudo acabar en desastre. Finalmente, una inoportuna (o no, quién sabe) gripe que me tuvo postrado en cama me impidió asistir, así que nadie tuvo que sufrir las consecuencias de tan temerario acto. Mejor para todos, por supuesto, pero sería deseable que esto no caiga en el olvido y sirva de aviso a navegantes

Bien, pues de todo esto hace ya unos meses, pero no he visto el momento de ponerme a contarlo. O no he querido verlo, que es aún peor. Al final, la cuasi obligación que me impuse de dejar constancia aquí de estos pequeños hitos me ha forzado a hacerlo. Y aquí estoy, dejando constancia. Para la posteridad y eso.

El caso es que ese texto recién publicado no es precisamente un texto reciente. Lo escribí en diciembre de 2006, con la lengua fuera, deprisa deprisa, en aquellas intensas sesiones de escritura creativa en las que Félix Romeo, después de dejarnos claro y meridiano que ninguno de nosotros sería un gran escritor, nos convenció para que, no obstante, lo intentásemos. Lo coloqué aquí en 2008. Más tarde, una vez que tuve la ocurrencia de intentar publicar los relatos que había escrito, lo retiré. Pedí consejo para hacerlo. Para publicarlos, quiero decir. Me fue dado telemática y generosamente por Rubén Castillo, que luego me bloqueó en alguna red social por culpa de un malentendido (quiero pensar), pero esa es otra historia. Ni siquiera lo intenté. Ni siquiera intenté publicarlos, quiero decir. La pereza y otras consideraciones que no vienen al caso lo impidieron. Y luego algunos de esos relatos empezaron a salir poco a poco en una u otra revista. Y esos, los que salen publicados en una u otra revista, los vuelvo a publicar aquí. Pero eso no es escribir. Eso no es más que rescatar del armario un viejo jersey al que tenías cariño y volver a ponértelo cuando todo el mundo había olvidado que existía. Con un poco de suerte, si se conserva bien, puede incluso parecer, si no nuevo, del año pasado. Pero mucho me temo que éste no sea el caso

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