En cueros

07 julio 2014

Los bragueros con que el Volterra les cubrió el sexo a las figuras que había pintado Miguel Ángel expresan la realidad del tiempo que sucedió al del pintor. Al fin y al cabo, Miguel Ángel y Rafael entraron a saco en lo que habían hecho Perugino, Pinturicchio y Sodoma: cada época tiene sus principios de realidad. En Roma, en Grecia, en el Renacimiento, el cuerpo tenía una frescura matinal, y en el barroco, en cambio, una turbiedad de carnes mal ventiladas que había que escamotear, rozarse con ellas sólo en la oscuridad. La ropa defiende, en el barroco, de lo fétido, de lo sucio, de lo enfermo, mientras que la desnudez renacentista exalta lo hermoso, lo saludable. Las ideas lo impregnan todo, la carne del Renacimiento es carne que acaba de salir del baño, que vive; la del barroco es carne mugrienta, condenada a morir; la vida barroca, veloz carrera hacia la muerte (el tema en el que Silvia tanto ha trabajado cuando estudió con Elisa, la profesora de arte amiga de Matías: bodegones, naturalezas muertas, frutas maduras, en su plenitud, al punto de iniciar el proceso de podredumbre, faisandages). Quienes contemplaban los cuerpos no los veían hermosos u horribles por ellos mismos, no eran los cuerpos sólo una reproducción escandalosa de la carne. Representaban ideas, doctrinas que impregnaban la realidad, que estaban más allá de la simple realidad táctil.

Rafael Chirbes
en Crematorio (2007)

A veces, el tamaño sí importa

30 junio 2014

Ayer se me complicó la tarea de matar la tarde, la semana y casi el mes, por culpa de una ligera cuestión sin aparente importancia, una cuestión que tal vez a primera vista podría dar la sensación de no tener mucho sentido, y que incluso podría parecer absurda. Sobre todo un domingo por la tarde. Sobre todo en junio. Sobre todo en una terraza con vistas al mar. Pero vamos, el caso es que me la complicó. Y como no me gustaría que me volviera a suceder, es decir, como no me gustaría que esa ligera cuestión sin aparente importancia me volviese a complicar otra tarde de domingo, ni otra tarde de junio, ni otra tarde en una terraza con vistas al mar, busco respuesta. En concreto, busco respuesta a la siguiente pregunta: ¿cuándo estoy leyendo un relato (o cuento) y cuándo estoy leyendo una novela? Parece fácil, ¿verdad? Pues no, no es tan fácil. Hay ejemplos evidentes de cuentos (o relatos), como los hay de novelas. Pero, ay amigo, y ahí es donde radica el problema, también hay supuestos fronterizos que uno nunca sabe en qué categoría ubicar.

Pues no los ubique. Léalos usted, que es de lo que se trata. Y a otra cosa.

Hay mucho de sensatez en esa respuesta a bote pronto, por supuesto, pero también hay algo de escaqueo dialéctico y una cierta pereza intelectual. Lo sé bien porque yo, precisamente, estoy doctorado en ambas materias. Así que no me vale. Quiero una respuesta. Y me dispongo a buscarla.

He pensado en consultar con los anglosajones, que son los que de verdad saben de esto, pero he caído en la cuenta de que, no sólo no me solucionarían la cuestión, sino que ellos, incluso, me la podrían complicar aún más. Porque nosotros hablamos de cuento o relato indistintamente para referirnos más o menos a la misma cosa, ¿no? Pero ellos no, ellos distinguen entre tale, story y novel. Así que donde teníamos una confusa zona fronteriza, pasaríamos a tener dos. Total, que en todas partes cuecen habas.

A mí, en principio, no se me ocurre más criterio divisorio que el número de páginas. O de palabras. O de caracteres. El tamaño, vamos. Se trata de un criterio numérico, objetivo, y por lo tanto, cabría pensar que fácilmente definible. Entonces, ¿porqué nadie lo ha definido? ¿Eh? Pues no lo sé a ciencia cierta, pero supongo que se deberá a la falta de consenso, que es la causa última casi todos nuestros males. Si es así, hago un llamamiento público (público... ja, ja) a todos los lectores, escritores y editores de buena voluntad para que nos pongamos de acuerdo en una cuestión bien sencilla: cuál es el número máximo de páginas que debe tener un relato (o cuento), es decir, a partir de qué número de páginas una narración deja de ser un cuento (o relato) para convertirse en una novela. Venga, vamos, no es tan difícil. Yo, por mi parte, acepto de buen grado cualquier tipo de sugerencia al respecto. Y si los anglosajones quieren trazar, además, una frontera bien definida entre tale y story, pues muy bien, que la tracen, no nos oponemos. Pero que se apañen entre ellos, eso sí.

Y bueno... pues más o menos este tipo de cuestiones y problemas es lo que viene siendo la interesantísmia historia de mi vida. O el cuento de mi vida. O el relato de mi vida. O la novela de mi vida. O lo que sea.

Un breve paréntesis en medio de nada

27 mayo 2014

Abro aquí un pequeño paréntesis en tan dilatado lapso de tiempo sin escribir nada, para retomar por unos momentos este mal llamado diario. Y retomo este mal llamado diario para dejar constancia en él de algo que sucedió hace ya casi dos meses y, por lo tanto, carece por completo del tirón de lo novedoso. Pero entre que me gusta recordarlo y que, no nos engañemos, publicado en su momento hubiera carecido igualmente del susodicho tirón, me ha parecido que éste era tan buen momento como cualquier otro para divulgar este asunto. ¿Se puede decir «divulgar» en este contexto? Bueno, daré por supuesto que sí. 

En fin, a lo que iba. Como decía, hace ahora casi dos meses, en los primeros días del mes de abril, la revista Narrativas publicó uno de mis cuentos. Qué amables, ¿verdad? Y qué majos. Y qué buenos amigos y/o familiares debo tener en su consejo de redacción, y yo sin saberlo. El caso es que sí, en efecto, me lo han publicado, y tengo pruebas: la revista completa en formato epub, la revista completa en formato pdf y mi cuento en formato pdf, tal como ha salido publicado en la revista.

Por lo demás, nada. Pero nada de nada. No sólo no me he puesto a escribir, sino que tampoco he tirado de fondo de armario para intentar publicar en alguna revista, como venía haciendo últimamente. Eso que nos ahorramos todos. En mi descargo diré que estoy viviendo, y eso me lleva mucho tiempo. De hecho, casi todo mi tiempo libre.

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