Recuerdos para el día de mañana

07 octubre 2008

A mí, la pasión por el fútbol me enganchó tarde, a los catorce o quince años. A lo mejor por eso me dura todavía, porque otros muchos amigos se la han ido dejando por el camino, cansados, aburridos… tal vez responsabilizados por las graves preocupaciones de nuestro tiempo, vaya usted a saber. Yo, desde luego, si la mantengo no es gracias a la calidad de espectáculos como el que nos brindaron los muchachos el domingo por la tarde, en la Nueva Condomina; ni cinco líneas les pienso dedicar, y ya llevo más de dos. No, lo que yo quería decir es otra cosa.

Aquella afición mía por el fútbol, que tanto se hizo de rogar, era una afición de Carrusel Deportivo los domingos por la tarde, de Estudio Estadio los domingos por la noche, y de Marca o As los lunes al volver del colegio. De ir al estadio, más bien poco tirando a nada. En el recreo del lunes, o en la cola para entrar a clase, me comía los dedos de envidia escuchando a los habituales de la Condomina vieja, a José Clemente, a Miguel Ángel, a Octavio, a Paco… incluso al siempre ponderado Raúl Felipe. Sobre todo en los años gloriosos de Guina, «el Macho» Figueroa, Vidaña, Núñez. Undécimos en primera, en la 83/84. Ahí es nada.

Hasta entonces, sólo recuerdo haber ido dos veces al estadio. Una contra el Real Madrid, con mi padre; yo tenía seis o siete años, aún no existía la grada alta y no me gustaba el fútbol, pero me apuntaba a un bombardeo. Con los nuestros jugaba un tal Walberto Casco, al que expulsaron, y un calvo con parachoques que lucía, no obstante, una luenga y poco cuidada melena, y que se apellidaba García Soriano, pero al que todos aquellos señores mayores se empecinaban en llamar «la bruja». Perdimos cero a uno con gol del murciano Macanás, que fue recibido en el centro del campo por una bella señorita que portaba un no menos bello ramo de flores. Por aquel entonces, que uno de los tuyos llegase a jugar en el Real Madrid o en el Fútbol Club Barcelona era todo un honor; hoy, sólo el hecho de que te hagan una oferta se considera poco menos que una afrenta grave. Cosas del estado de las autonomías y de nuestras diversas realidades nacionales. La segunda vez que aparecí por el estadio fue varios años después, con mi afición al fútbol recién estrenada, o casi. Jugaban la selección española contra la francesa en partido de clasificación para unos Juegos Olímpicos, no recuerdo cuales; por aproximación, yo diría que los de Los Ángeles. Da igual, no nos clasificamos. Ese partido —que se jugó después de acomodar malamente en la grada a varios cientos de personas que habían adquirido entradas falsificadas, y no encontraron mejor solución a su problema que echar abajo una puerta y ocupar las bandas para presenciar el partido a ras de césped— ese partido, decía, también lo perdimos por cero a uno, con gol de un tal Touré que, por edad, podría ser perfectamente el padre del que ahora juega en el Arsenal de Londres.

Y, por si sí o por si no, ya no me dejaron volver por allí hasta mucho más tarde, cuando estaba por dar carpetazo a mi gris periplo universitario. En el ínterin, me había dejado caer dos veces por el estadio Santiago Bernabeu, con sendas victorias locales. Cinco a cero contra el Wacker Innsbruck, a punto de comenzar primero de derecho, y cinco a uno contra el Inter de Milán a poco de terminar segundo. Se ve que estas holgadas victorias redimieron mi pésimo historial como hincha, y de nuevo se me franquearon las puertas de la Condomina vieja. Esta vez, gracias al carnet de socio del padre de mi amigo Antonio Fernández, que había desertado de la grada abrumado por la imparable marcha de nuestro equipo en su regreso a casa. A nuestra casa, a segunda división. Esa tarde vencimos con brillantez al Fútbol Club Barcelona por dos a cero, lo que no fue óbice para que al final se consumase nuestro descenso de categoría.

Bonitos recuerdos, sí, pero me faltan algunos en la colección. El de haber dado un repaso a los futbolistas de la plantilla en la revista que reparten al entrar. El de habernos reído de lo feo que es el número siete. El del pirado devorador de pipas que no para de gritar como un energúmeno. El de cantar con los colegas un gol del equipo local a los ocho minutos de partido. El de haberle dicho a un amigo que cada vez que la toca el once hay peligro. El de discutir con otro quién es mejor, si el siete, que antes jugaba en el Athletic de Bilbao, o el catorce, que antes jugaba en el Real Madrid. El de escuchar al padre de mi amigo decir que el único que se atreve a jugar algo es el nueve. El de celebrar la expulsión de un rival. El de dar un pescozón al de tu derecha y mirar hacia la izquierda. El de colarse en la cola de la cantina para comprar agua, Fanta y alguna que otra porquería más. El de protestar airadamente las decisiones del árbitro, como hace todo el mundo. El de tirar bolitas de papel por el cuello de la camisa al padre de mi amigo, que está sentado en la fila de abajo. El de una sonora pitada y una blanca pañolada. El de gritarle al entrenador que se vaya ya, que se vaya ya, que–se–va–ya–yá. El de hacer cientos de papelitos con la revista que lleva las fotos de los jugadores y lanzarlos al aire cuando suena el pitido final. El de haber compartido una tarde de fútbol con los amigos del cole. Y el de clavar la entrada con una chincheta en el corcho al volver a casa. Me faltan los recuerdos que sí tendrán Jaime, Juan, Cristóbal y Leandro a la vuelta de unos años, quizá no tantos como pensamos. Entre ellos, el de una sufrida victoria de nuestro equipo. Sufrida, pírrica, triste, sí, pero una victoria al fin y al cabo, que, o mucho cambian las cosas, o me temo que este año van a ser un bien escaso. Y es que, no sé si lo son o sólo lo parecen, pero qué malos, coño, qué malos. Bueno, va, he dicho que no les iba a dedicar ni cinco líneas, y ya he pasado de seis. Ni una más.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y en sus recuerdos tambien estaras tu...

Anónimo dijo...

A mi el Murcia, perdón, el Real Murcia -que no se me vaya a enfadar nadie- me enamoró de muy pequeño. Fue cuando cayo derrotado en el "Nou Camp" por un escandaloso 8 a 1 estando Campillo de portero. Tal vez fue porque a los niños nos gusta ponernos al lado de los más desfavorecidos o porque a los que estamos en Cataluña nos va aquello de hacer de las derrotas una fiesta, lo cierto es que soy seguidor desde entonces. Como tu, imagino si me permites, he visto como nos arrastrábamos por los campos de tercera con nombres de equipos que recuerdo como barrios de Murcia. Cómo se nos escapó en la última jornada-pérfido "A Coruña"- el ascenso a primera división y cómo, el que hoy es su dueño y señor, Samper, nos llevo al que se denominaba y se denomina "infierno de la Segunda B".

Leer este escrito tuyo (me niego a la denominación 'moderna') me ha hecho rememorar el porqué me enganché al fútbol y siento los colores de un equipo que su máximo galardón es haber sido el que más veces ha ganado el campeonato de la segunda división.

Un saludo,


Pimentonero culé.

Leandro dijo...

Pues a mí, tu comentario me va a hacer recuperar la afición por el Real Murcia, que se me estaba escurriendo por entre los dedos gracias a la desilusión que todos, propietarios, directivos, cuerpo técnico y jugadores varios, todos, vienen sembrando por aquí estos últimos años. Esta temporada, de hecho, mi hijo y yo hemos dejado de ser socios. Abonados, que nos llaman ahora, y hacen bien, porque domingo tras domingo nos cubren de eso, de abono. De mierda, vamos. En fin, gracias a este comentario tuyo he decidido volver al redil. Aún estamos a tiempo de salvarnos. Y la verdad es que empezaba a echarlo de menos

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