Salta

31 diciembre 2008

Salta. Salto. De altura. Con pértiga. De longitud. Triple. Mortal. Triple mortal. De obstáculos. Del ángel. De trampolín. En paracaídas. Al vacío. En el tiempo. De página. De mata. De cama. Del tigre. Izquierda. Izquierda. Derecha. Derecha. Adelante. Hacia atrás. Un, dos, tres. Las chicas de la esquina ríen con picardía, tú sabes lo que quieren y se lo vas a dar. Hoy estás alegre y tienes ganas de saltar. Salta. Solo. Conmigo. Alto. Muy alto. Salta. De 2008 a 2009. Que no nos pase nada.

Cuentos de Navidad

27 diciembre 2008

El de la cerillera. El del fantasma de las navidades pasadas. Y el del fantasma de las navidades futuras. Los hay mejores y los hay peores. El del tamborilero. El de la marimorena. El de la noche de paz. Y el de la noche de amor. Éste no hay quien se lo crea. El de la zambomba. El de la pandereta. El del aguinaldo. El de la lotería. El del gordo. El de la salud. El del pavo. El del turrón. El del mazapán. Y el de los pasteles de yema. Éste es bueno. Está el de las muñecas de Famosa. El de El Almendro. El de vuelve a casa por Navidad. Y el de la familia unida jamás será vencida. El de los pastores. El de los camellos. El del belén. El del árbol. El de las bombillas de colores. El del espumillón. El de las bolas. El de la chimenea. El de Santa Claus. El de Rodolfo. El de los Magos de Oriente. Y el del amigo invisible. Y el de los inocentes. El de las bromitas. El de qué bello es vivir. El de las uvas. El de los besos. El de los abrazos. El de los buenos propósitos. El de las buenas intenciones. El de los buenos deseos. El de la paz mundial. El de la solidaridad. Y el de los escaparates. Y también está el cuento de Navidad de Auggie Wren. Éste es de los mejores.

Abróchense los cinturones

22 diciembre 2008

Estamos al principio de la pista. Recogemos los impresos para matricularnos en el gimnasio. O en la piscina. O en la academia de inglés. O en la de bailes de salón. Buscamos en el fondo del cajón la ropa de deporte. Miramos desafiantes a la báscula. Y al espejo. Nos juramos no volver a desaprovechar un minuto. Tratamos de programar nuestros días, nuestras semanas, para sacarles mayor rendimiento de aquí en adelante. Creemos haber descubierto, ahora, a estas alturas, cómo ser mejores padres, mejores amigos, mejores compañeros, mejores hijos o mejores parejas. Cómo ser buenos. Y nos disponemos a ponerlo en práctica. Compramos una caja de parches de nicotina. Incluso hacemos acopio de buenas lecturas. La lista de buenos propósitos se va haciendo interminable. Vamos cogiendo velocidad para iniciar el vuelo. Y de repente, la pista de despegue parece demasiado corta. ¿Necesitamos unos cuantos días más de fiesta? ¿Acaso no nos vendrían bien para coger más impulso? No lo sé. Quizá no. Las campañas promocionales están en marcha desde hace semanas, ya se ven bombillas fundidas en algunas calles y la sonrisa nos tiene al borde de la parálisis facial. Unos días más, y corremos el riesgo de llegar agotados al final de la pista. Ni siquiera levantaríamos el vuelo. Mejor dejar las cosas como están. Miramos a nuestro alrededor y deseamos lo mejor a nuestros compañeros de viaje. Todavía pensamos que su suerte en el vuelo será también la nuestra. Aún no hemos caído en la cuenta de que no todos viajamos en la misma clase, de que el asiento del vecino es de ventanilla y el nuestro de pasillo, de que su vaso está más lleno, de que a él la azafata le sonríe más. Ya habrá tiempo para eso durante el vuelo. Ahora, al principio de la pista de despegue, sólo queremos pensar en el éxito del viaje.

Al menos, así parecía antes. Antes, cuando la Navidad era todo por delante, nada por detrás.

Pero a determinadas edades, y para ciertos temperamentos, esto viene a ser más bien como una pista de aterrizaje. Aterrizaje forzoso, a veces, pero aterrizaje al fin y al cabo. Vuelo superado. Con incidencias, claro. Ha habido turbulencias, tormentas, averías. La comida no siempre estaba buena y la compañía no siempre fue agradable. Pero hemos conseguido aterrizar, que no es poco. Quizá hemos perdido el equipaje, que tomó un vuelo equivocado. Persisten la hipercolesterolemia, el exceso de peso, el tabaco y la ignorancia de los idiomas y de los bailes de salón. Presentamos nuestra reclamación en el mostrador de la compañía y prometemos llevar sólo equipaje de mano la próxima vez. Hacemos balance. Y recuento. Miramos atrás, y recordamos a otros pasajeros de otros vuelos que se quedaron en el camino. En este mismo viaje o en otros anteriores. Vamos a la cafetería o al restaurante. Demasiado, quizá. Hacemos unas compras en el Duty Free. Demasiadas, quizá. Y a otra cosa.

Como quiera que sea, acabamos de llegar y ya estamos queriendo volver a salir. Apenas hemos tenido tiempo de deshacer el equipaje, y ya lo estamos volviendo a preparar. Lavamos la ropa y compramos algunas cosas nuevas, sólo lo imprescindible. ¿Sólo lo imprescindible? Otros proyectos, otros buenos propósitos. Y seguimos viajando. Nos volvemos hacia los demás pasajeros, y una vez más les deseamos un feliz vuelo. Corremos a pillar el asiento de la ventanilla, como si no supiésemos que está adjudicado desde que se hicieron las reservas. Y continuamos nuestro viaje.

Señoras y señores pasajeros, abróchense los cinturones. Estamos a punto de despegar. O de aterrizar, lo que sea. Que tengan un feliz vuelo. O que lo hayan tenido. Qué más da. El caso es que la vida sigue, mientras por afuera pasan los aviones.

De haberlo sabido

14 diciembre 2008

Hay canciones que no necesitan acompañamiento en prosa. Ésta, por ejemplo. Tantas y tantas, en realidad. Podría decir que, de haberlo sabido, en más de una ocasión me habría ahorrado la homilía, pero me conozco y sé lo que me cuesta mantener la boca cerrada y los dedos quietos. También podría decir que, de haberlo sabido, hace dos o tres viernes habría subido a la Fnac a escucharla, pero lo cierto es que lo sabía y no fui. En fin, como tantas otras veces. No pasa nada. Pero cuántas cosas sí, y cuántas cosas no, de haberlo sabido.



Un pez llamado Kafka

12 diciembre 2008

Varias noches atrás, metido en una grave encrucijada (ni tenía ganas de hacer lo que debo, ni sabía cómo hacer lo que quiero), me dejé llevar por la oferta televisiva con la intención de poner la maquinaria en punto muerto. Imposible. Una vez más se cruzó en mi camino ese bombazo que mezcla sabiamente americanos, violencia, sexo, una historia de amor y peces. Supongo que sabéis a qué me refiero. El caso es que no pude evitar darle un nuevo repaso. Y luego llegó ese momento crucial de la historia en el que Ken, el tartaja del copón (hola, pe-pe-pe-pececillos de Ke-Ke-Ke-Ken), intenta explicarle a Archie dónde están escondidos los diamantes. El sentido de Ka. Y ahí había una señal, qué duda cabe. El sentido de Ka, Ken, Kevin Kline. K. Simplemente, K. Y estaba también, por supuesto, esa descabellada a la par que lúcida alocución de John Cleese, que lo convierte en el candidato perfecto para presentar un informe en una academia. ¿O no?

Opciones

05 diciembre 2008

Pares o nones. Carne o pescado. Muslo o pechuga. Blanco y negro o color. Izquierda o derecha. Norte o sur. Oriente u occidente. Ricos o pobres. Monte o playa. Madrid o Barcelona. Trasnochar o madrugar. Enseñanza pública o privada. Sumar o restar. Raúl González o Raúl López. Beatles o Rolling Stones. Platón o Aristóteles. Abstracto o figurativo. Hänsel o Gretel. Caperucita o el lobo. Del Piero o Del Potro. Ortega o Gasset. Prosa o poesía. Casi siempre hay que elegir. Aunque a veces no. Autor o intérprete. Quique o Enrique. González o Urquijo. A veces, aunque tú no lo sepas, te puedes quedar con los dos.



Se puede

28 noviembre 2008

Vivir con él o sin él. Hacer locuras por él. Matar o morir por él. Incluso morir de él. Pero también vivir de él, por supuesto. Ellos lo hacen. Belén Esteban, Darek, Genoveva Casanova e Isabel Preysler. Jaime Cantizano, Jesús Mariñas o Ana Rosa Quintana. Corín Tellado y Antonio Gala. Jazmín y La Sonrisa Vertical. Julio Iglesias o Luis Miguel. Hugh Hefner. Celia Blanco y Nacho Vidal. Daniela, costarricense, 22 años, morena, 120 pecho, simpática, sin prisa, complaciente, francés y griego, invito copa. Meetic o Match. Pronovias, Tous, Tiffany’s, Interflora, Victoria’s Secret y El Corte Inglés. Ay Andrelo… ¿pero quién te dijo que no se puede vivir del amor?

Fondo de armario para tiempos de crisis

24 noviembre 2008

Algo sencillo. Compañía tranquila para jornadas de sofá, tele y lectura. Alguien que sepa elegir el restaurante idóneo para la noche del sábado y se maneje con soltura en la carta de vinos. Algo elegante, ligeramente llamativo, para lucir en bodas y otros actos sociales. El complemento ideal para la cama. Alguien cómodo y flexible, por si te apetece bailar o vas a hacer deporte. Y poco más. Lo justo, lo adecuado para cada ocasión. Limpios y planchados. Colgados en sus perchas o perfectamente doblados en los cajones. Y en perfecto estado de revista. Nada de complicarse la vida. No están los tiempos para meterse en camisa de once varas.

Eternamente joven

18 noviembre 2008

De los faraones a los buscadores del Santo Grial, de Julio Iglesias a los Rolling Stones, una legítima aspiración del hombre maduro. Es decir, precisamente del que ya no es joven. Modus operandi. Póngase al servicio secreto de Su Majestad y adopte como identidad profesional un prefijo telefónico. Tenga un pensamiento feliz, rocíese con polvo de hadas, tome la segunda estrella a la derecha, y al llegar, cíñase una espada corta a la cintura e incorpórese como miembro de número a la trouppe de los niños perdidos. Hágase embalsamar como Dios manda y espere pacientemente la resurrección de los muertos. Encargue un buen retrato al óleo y confíe en que asuma sus años, sus errores y sus pecados. Si a primera vista nada de esto le parece factible, pero no quiere recorrer el último tramo de su existencia huyendo penosamente de un reloj que funciona intacto en el estómago de un cocodrilo hambriento (tic, tac, tic, tac), siempre le queda la opción de caminar por el lado más salvaje de la vida. Monte una banda de Rock & Roll, calce una buena chupa de piel con abundante provisión de cremalleras o largos y ostentosos flecos, practique la promiscuidad sexual, perfórese algún apéndice y decórelo con aros o brillantes, vista camisetas con leyendas transgresoras, regálese un descapotable color amarillo níspero, tatúese un cilicio espinoso circundando su brazo izquierdo, venda su cuerpo si recibe una buena oferta, báñese desnudo en el mar, escriba cuentos, trasiegue ginebra o whisky de primera calidad en pequeñas pero continuas dosis, consuma drogas de diseño, publique un blog. A veces consigues engañarte y crees a pies juntillas que estás en tu mejor momento, que aún no eres viejo. Y a veces ni siquiera llegas a serlo.

Un paso al lado

16 noviembre 2008

Para no salir en la foto. O para salir. Para esquivar un disparo. O un peligro. O muchos. Para quitarse de en medio. Para ceder el paso. Para adelantar. O para cambiar de carril. En cualquier caso, el riesgo que uno asume al dar un paso al lado es el de no poder recuperar el sitio. El de no poder volver al carril. Wakefield, un paso al lado.

1986

12 noviembre 2008

Entrando en la CEE. En casa, un viernes por la noche, viendo Turno de Oficio. Explotando en el Challenger. Intentando salir con aquella compañera de clase, sin éxito, por supuesto. En Estocolmo, asesinando a Olof Palme. Apurando la noche al calor del amor en un bar. Votando contra lo que sea en el referéndum de la OTAN. Radiactivamente contaminado en Chernóbil. Viendo Las vacaciones de Monsieur Hulot a las tres de la madrugada, entre tema y tema de Derecho Político. En Sevilla, marcándole un penalty a Urruti. Naciendo, quizá. Tal vez en un entierro, en el de Sterling Hayden, en el de Cary Grant o en el de Borges, o más cerca, en el de Tierno Galván. Driblando a media selección inglesa o marcando un gol con la mano. Argentina 3, Alemania 2… y esto va a acabar así. ¿Dónde estabas en el ochenta y seis, cuando no sabía nada de ti?



Círculo cerrado

05 noviembre 2008

Se abre el círculo. Los planetas. Si quisieras nos podríamos juntar en la otra cara lunar, a escondidas. Son los muchachos de La Buena Vida. Yo ando en mi propio Big Bang y no sé cuándo acabará. Les acompaña J, de Los Planetas. No sé qué pensar, quiero creer que es verdad. Pero es imposible. Y además es imposible. Di la verdad: lo que necesito que me des, no me lo vas a dar. Dime de quién es el trozo de tu corazón que no puedo tener, dime por qué por más que lo estuve intentando nunca lo encontré. Ahora suena la voz de Irantzu, la chica de La Buena Vida. Lo tengo escondido en el mar para que no puedas llegar, para que te ahogues cansado de tanto nadar. Está cantando con Los Planetas. Se cierra el círculo. Si tú no me quieres tampoco te quiero yo a ti.

El talismán

30 octubre 2008

— ¡María! ¡María! ¿Dónde está mi jersey rojo?
— ¿Cuál? ¿El jaspeado?
— Sí, mujer. El que lleva como puntitos blancos y negros, llámalo como quieras. Ese de los botones negros en el hombro que uso para andar por casa.
— Pues estará con todos los demás, digo yo. Guardado con la ropa de invierno.
— ¿Con la ropa de invierno? Pero bueno… ¿Y dónde está la ropa de invierno, si puede saberse?
— Pues en la casa de la sierra, en el altillo. Donde la guardamos todos los años, Manolo. Tú mismo subiste las maletas el domingo. ¿Es que no te acuerdas?
— ¿En la sierra? Pero cómo es posible, María, por Dios. Pero, pero… ¿cómo se te ha ocurrido? ¿En qué estabas pensando?
— Pues hijo, en que estábamos a finales de abril y ya tocaba. Vamos, digo yo. Y no me vengas con que pensabas ponerte el jersey viejo de lana precisamente hoy, Manolo, a primero de mayo y con lo que está cayendo.
— Pero María… ¿es que no te das cuenta?
— ¿Es que no me doy cuenta de qué?
— ¡Era el jersey de la Copa de Europa!
— ¿De la copa de qué…?
— De la Copa de Europa, María, de la Copa de Europa. Me lo puse en la final del noventa y ocho, y en la del dos mil, y ganamos las dos. Y sin que nos metieran un gol. Y este año lo he estado usando toda la temporada para asegurar el título. Como es el centenario…
— Anda ya, Manolo. Menuda tontería. Pues no me creía que te pasaba algo de verdad… casi me has asustado.
— Pero mujer, pues claro que me pasa. ¿Es que no lo ves? Todo coincide. No me lo puse en el último partido de la primera fase porque se estaba lavando, y perdimos en Moscú. Claro que daba igual porque ya estábamos clasificados como primeros de grupo, pero bueno, por si acaso ya no lo he vuelto a echar a lavar. Y luego está lo del partido de ida de cuartos con el Bayern, que íbamos ganando en el descanso y lo teníamos controlado, y como vinieron tus hermanas a ver Operación Triunfo me tuve que ir a ver la segunda parte en la tele de nuestra habitación, se me ocurrió ponerme el pijama para acostarme, y toma, nos remontaron. Y casi nos golean, coño, que tiraron dos a los palos y fallaron un penalty. Todo coincide. Si te lo estoy diciendo. A ver qué hago yo ahora, sin el jersey…
— Desde luego, Manolo, no me puedo creer que estés hablando en serio. Pareces un crío.
— Madre mía... y justo ahora, en la semifinal. Y con el Barcelona. Como nos ganen… ¿tú sabes lo que significaría eso, María? Eliminados de la Copa de Europa por el Barcelona. Y en el año del centenario. Y con un cero a dos favorable en el partido de ida, que hacía diez años que no ganábamos en el Nou Camp. Necesito el jersey, María… ¡necesito el jersey!
— Pero Manolo…
— ¿Qué hora es? A ver… madre mía, sólo faltan cinco minutos. Y yo sin el jersey. María, coño, pero… ¿cómo has estado? Joder, joder… Que nos van a ganar, coño, que nos eliminan, que lo estoy viendo venir. ¿Cómo es posible? El Barcelona a la final. En el año del centenario. Y después de haber ganado allí por cero a dos. ¿Y qué voy a hacer ahora, coño? ¿Qué voy a hacer?
***
— Como han podido ver, el deporte acapara hoy gran parte de nuestra atención después del emocionante partido de anoche en el estadio Santiago Bernabéu. Sin embargo, no podemos dejar de lado la cara más triste de la actualidad. Carme…

— En efecto, Hilario. Una vez más, la violencia doméstica se ha cobrado la vida de una mujer. La tragedia ha tenido lugar esta vez en el madrileño barrio de Chamberí, donde un hombre de cuarenta y dos años ha golpeado reiterada y violentamente la cabeza de su cónyuge con el aparato de televisión, hasta causarle la muerte. Acto seguido, el agresor se ha quitado la vida arrojándose al vacío desde una de las ventanas de la vivienda, un cuarto piso del número 12 de la calle Modesto Lafuente de Madrid. El matrimonio tenía dos hijos de ocho y diez años que en ese momento se encontraban en el domicilio familiar, si bien, y según han precisado fuentes policiales, no llegaron a presenciar directamente los hechos, por lo que hasta el momento no ha sido posible determinar la causa de la agresión. Familiares y allegados a la familia han comentado que el agresor era una persona absolutamente normal, y no se tiene constancia de que existiesen diferencias importantes en el seno del matrimonio. Con ésta son ya veinte las mujeres que han resultado muertas a manos de su pareja en lo que va de año. Las reacciones no se han hecho esperar.

— Así es. El Ministro de Trabajo y Asuntos sociales, Juan Carlos Aparicio, que se encontraba en Barcelona para inaugurar unas jornadas sobre Inmigración e Inserción Sociolaboral, ha condenado el hecho al tiempo que destacaba, sin embargo, los importantes progresos alcanzados durante los últimos meses en la lucha contra la violencia de género. Las Asociaciones de Mujeres Maltratadas, por su parte, piden a los jueces mano dura en la aplicación de la ley, al tiempo que exigen al Gobierno la adopción de nuevas medidas legislativas y el endurecimiento de las penas, y anuncian movilizaciones. Vamos ahora con otros titulares de la jornada.



NOTA AL PIE: ¿Qué es lo peor que le puede pasar a una narración? Aparte de que sea una mala narración, se entiende. Exacto: que caduque, que el tiempo la aplaste. Algo de todo eso le ocurrió a ésta. Escrita en abril de 2002, justo después de una brillante victorica en la ida de la semifinal de la Copa de Europa, en Barcelona, hace ya mucho tiempo que perdió la incertidumbre del resultado del segundo partido. Han pasado seis años, cinco meses y veintinueve días desde que el árbitro pitó el final del partido de vuelta en Madrid. Toda una condena. Algunos de los personajes que aparecen aquí, ministros incluidos, hoy sólo perviven en la memoria. Y no en la de todos.

Pastillas para no soñar

28 octubre 2008

No pruebes los licores del placer, mantente dentro de la ley, olvídate de esa mujer, haz músculos de cinco a seis, evita el humo de los clubs, reduce la velocidad, vacúnate contra el azar, deja pasar la tentación, dile a esa chica que no llame más, vigila tu colesterol, no lo hagas nunca sin condón, es peligroso que tu piel desnuda roce otra piel sin esterilizar, ponte gomina que no te despeine el vientecillo de la libertad. Sí, claro, pero... ¿quién no quiere vivir cien años? Que levante la mano. Y si protesta el corazón, en la farmacia habrá que preguntar: señorita, por favor… ¿las tienen? Sí, esas, las de color azul.

Subasta a la baja

23 octubre 2008

Profeso una simpatía mal disimulada por los desertores de las llamadas, con perdón, ciencias jurídicas. Son la promesa de una ventana abierta a un futuro, si no mejor, al menos diferente. El problema de salir por una ventana abierta, sin embargo, es de sobra conocido: hay que acertar con la de la planta baja, o las consecuencias pueden ser fatales. Robert Louis Stevenson acertó, y su ventana le transportó desde las oscuras Salas de Vistas de su Edimburgo natal, a los soleados y paradisíacos archipiélagos del Pacífico Sur. Es posible que fuera en este largo viaje donde aprendiese que, para alcanzar todo lo que verdaderamente merece la pena, quizá tengamos que vender cada vez más baratos nuestros objetos de valor. Y eso no siempre resulta fácil, porque las ventas a la baja las carga el diablo. El diablo en la botella, claro.

Que le vaya bonito

21 octubre 2008

Buen intérprete, el amigo Enrique. O artista ejecutante, que dirían nuestros celosos garantes de la propiedad intelectual. Esta canción está desversionada, quién la versionará, el versionador que la versione, buen versionador será. Enrique, fijo. Ya pasó varias veces por aquí, y aún no nos dejado nada suyo. Y lo que te rondaré, morena. Y mira que escribió canciones, y buenas, y nadie las cantaba como él. No le dejaremos escapar sin que nos tararee alguna. Pero es que cuando cantaba las de los demás… joder, hay que reconocer que les daba un punto. Un punto melancólico, un punto taciturno, un punto de tristeza, un punto de amargo desconsuelo. Bueno, vale, eso son varios puntos. El caso es que lo hacía mejor que bien. A veces, incluso, en buena compañía. Ay, Enrique, cuántas luces dejaste encendidas… yo no sé cómo voy a apagarlas. Ni a pagarlas, que tampoco es cualquier cosa.



Carretera y manta

15 octubre 2008

Si en 1979 el viejo Van fue desde el oscuro final de la calle al lado soleado de la carretera, casi diez años después los chicos de Danza Invisible estuvieron a punto de hacer el trayecto inverso. Y es que hay que tener valor para atreverse con según qué cosas, sobre todo cuando no hay necesidad alguna. Pero, como todo el mundo sabe (y practica a diario), el mundo es de los valientes. Así que la jugada no les salió del todo mal. No se estrellaron. Sólo se quedaron parados a este lado de la carretera.

Recuerdos para el día de mañana

07 octubre 2008

A mí, la pasión por el fútbol me enganchó tarde, a los catorce o quince años. A lo mejor por eso me dura todavía, porque otros muchos amigos se la han ido dejando por el camino, cansados, aburridos… tal vez responsabilizados por las graves preocupaciones de nuestro tiempo, vaya usted a saber. Yo, desde luego, si la mantengo no es gracias a la calidad de espectáculos como el que nos brindaron los muchachos el domingo por la tarde, en la Nueva Condomina; ni cinco líneas les pienso dedicar, y ya llevo más de dos. No, lo que yo quería decir es otra cosa.

Aquella afición mía por el fútbol, que tanto se hizo de rogar, era una afición de Carrusel Deportivo los domingos por la tarde, de Estudio Estadio los domingos por la noche, y de Marca o As los lunes al volver del colegio. De ir al estadio, más bien poco tirando a nada. En el recreo del lunes, o en la cola para entrar a clase, me comía los dedos de envidia escuchando a los habituales de la Condomina vieja, a José Clemente, a Miguel Ángel, a Octavio, a Paco… incluso al siempre ponderado Raúl Felipe. Sobre todo en los años gloriosos de Guina, «el Macho» Figueroa, Vidaña, Núñez. Undécimos en primera, en la 83/84. Ahí es nada.

Hasta entonces, sólo recuerdo haber ido dos veces al estadio. Una contra el Real Madrid, con mi padre; yo tenía seis o siete años, aún no existía la grada alta y no me gustaba el fútbol, pero me apuntaba a un bombardeo. Con los nuestros jugaba un tal Walberto Casco, al que expulsaron, y un calvo con parachoques que lucía, no obstante, una luenga y poco cuidada melena, y que se apellidaba García Soriano, pero al que todos aquellos señores mayores se empecinaban en llamar «la bruja». Perdimos cero a uno con gol del murciano Macanás, que fue recibido en el centro del campo por una bella señorita que portaba un no menos bello ramo de flores. Por aquel entonces, que uno de los tuyos llegase a jugar en el Real Madrid o en el Fútbol Club Barcelona era todo un honor; hoy, sólo el hecho de que te hagan una oferta se considera poco menos que una afrenta grave. Cosas del estado de las autonomías y de nuestras diversas realidades nacionales. La segunda vez que aparecí por el estadio fue varios años después, con mi afición al fútbol recién estrenada, o casi. Jugaban la selección española contra la francesa en partido de clasificación para unos Juegos Olímpicos, no recuerdo cuales; por aproximación, yo diría que los de Los Ángeles. Da igual, no nos clasificamos. Ese partido —que se jugó después de acomodar malamente en la grada a varios cientos de personas que habían adquirido entradas falsificadas, y no encontraron mejor solución a su problema que echar abajo una puerta y ocupar las bandas para presenciar el partido a ras de césped— ese partido, decía, también lo perdimos por cero a uno, con gol de un tal Touré que, por edad, podría ser perfectamente el padre del que ahora juega en el Arsenal de Londres.

Y, por si sí o por si no, ya no me dejaron volver por allí hasta mucho más tarde, cuando estaba por dar carpetazo a mi gris periplo universitario. En el ínterin, me había dejado caer dos veces por el estadio Santiago Bernabeu, con sendas victorias locales. Cinco a cero contra el Wacker Innsbruck, a punto de comenzar primero de derecho, y cinco a uno contra el Inter de Milán a poco de terminar segundo. Se ve que estas holgadas victorias redimieron mi pésimo historial como hincha, y de nuevo se me franquearon las puertas de la Condomina vieja. Esta vez, gracias al carnet de socio del padre de mi amigo Antonio Fernández, que había desertado de la grada abrumado por la imparable marcha de nuestro equipo en su regreso a casa. A nuestra casa, a segunda división. Esa tarde vencimos con brillantez al Fútbol Club Barcelona por dos a cero, lo que no fue óbice para que al final se consumase nuestro descenso de categoría.

Bonitos recuerdos, sí, pero me faltan algunos en la colección. El de haber dado un repaso a los futbolistas de la plantilla en la revista que reparten al entrar. El de habernos reído de lo feo que es el número siete. El del pirado devorador de pipas que no para de gritar como un energúmeno. El de cantar con los colegas un gol del equipo local a los ocho minutos de partido. El de haberle dicho a un amigo que cada vez que la toca el once hay peligro. El de discutir con otro quién es mejor, si el siete, que antes jugaba en el Athletic de Bilbao, o el catorce, que antes jugaba en el Real Madrid. El de escuchar al padre de mi amigo decir que el único que se atreve a jugar algo es el nueve. El de celebrar la expulsión de un rival. El de dar un pescozón al de tu derecha y mirar hacia la izquierda. El de colarse en la cola de la cantina para comprar agua, Fanta y alguna que otra porquería más. El de protestar airadamente las decisiones del árbitro, como hace todo el mundo. El de tirar bolitas de papel por el cuello de la camisa al padre de mi amigo, que está sentado en la fila de abajo. El de una sonora pitada y una blanca pañolada. El de gritarle al entrenador que se vaya ya, que se vaya ya, que–se–va–ya–yá. El de hacer cientos de papelitos con la revista que lleva las fotos de los jugadores y lanzarlos al aire cuando suena el pitido final. El de haber compartido una tarde de fútbol con los amigos del cole. Y el de clavar la entrada con una chincheta en el corcho al volver a casa. Me faltan los recuerdos que sí tendrán Jaime, Juan, Cristóbal y Leandro a la vuelta de unos años, quizá no tantos como pensamos. Entre ellos, el de una sufrida victoria de nuestro equipo. Sufrida, pírrica, triste, sí, pero una victoria al fin y al cabo, que, o mucho cambian las cosas, o me temo que este año van a ser un bien escaso. Y es que, no sé si lo son o sólo lo parecen, pero qué malos, coño, qué malos. Bueno, va, he dicho que no les iba a dedicar ni cinco líneas, y ya he pasado de seis. Ni una más.

La ventana indiscreta

05 octubre 2008

Se ve todo el mundo desde aquí. La pastelería del barrio escondida detrás de su persiana granate. La luz de media docena de farolas de litio. La sinfonía del camión de la basura. El mobiliario urbano en perfecto estado de revista. La cruz de la farmacia. El gato que está triste y azul. Pasa un chulo en su descapotable rojo. Me fugo con una chica que va en bicicleta y me distrae un vecino que no hace más que rascarse la cabeza. Un hombre haciéndose la cama en un banco del parque. Una prostituta camino del trabajo. La entrañable despedida de dos borrachos. Un beso robado en un estrecho portal. El coro de los grillos que cantan a la luna. La maleta roja y las Ray-Ban de Tanita Tikaram. Ahora mismo estás mirando por esta ventana, seguro. ¿Qué ves aquí fuera?



Tormenta de ideas

30 septiembre 2008

Lluvia. Acción y efecto de llover. Precipitación acuosa atmosférica bajo forma de gotas líquidas. El secreto mejor guardado de París. La lluvia en Sevilla es una maravilla. Lluvia de estrellas. Lluvia ácida. Lluvia dorada. Danza de la lluvia. Chubasco, diluvio, aguacero, chaparrón. Que se mojen los cristales de la estación. Cuando el cielo está azul no lo puedo ni ver, que se nuble ya el sol, que se ponga a llover. Sirimiri (Creedence Clearwater Revival, 1970), tormenta (Ramones, 1993). Cantamos bajo la lluvia. ¿Alguna vez has visto caer la lluvia en un día soleado?

Completamente de acuerdo

19 septiembre 2008

Aunque otros ya habían empezado el pasado mes de agosto, nosotros entramos anteayer en la Copa de Europa (los clásicos la seguimos llamando así). Y lo hicimos por la puerta de servicio, con una actuación bastante funcionarial que no tuvo más historia que los tres puntos, unos cuantos pitos del respetable y un jugador calentando en la banda cuando ya no se podían hacer más cambios. Y es que la gente no estaba en lo que tenía que estar.

Afortunadamente, no seguí el partido por televisión. Era de pago y no pude verlo con mi cuñado, abonado a cualquier plataforma televisiva por la que ruede un balón, porque: a) recién salido del estado de postración que me ocasionó el último encuentro televisado, todavía no estoy en condiciones de conducir; y b) mi cuñado olvidó cursarme la oportuna invitación. O quizá no lo olvidó, quien sabe. Y es que la niña de sus ojos, a la que apenas faltan un par de días para cumplir un mes de vida, va a modificar algunas costumbres, me temo.

Como suelo hacer en estas ocasiones, di unos cuantos pasos atrás en la cadena evolutiva y me dispuse a escuchar el partido por la radio mientras echaba unos jornales en el negocio familiar. Al otro lado del dial, el reparto habitual de ex pertos: mengano (ex árbitro) desde Murcia, fulano (ex delantero) desde Sevilla, zutano (ex portero) desde no sé dónde, el otro desde Barcelona, el de más allá a ras de césped con el inalámbrico, otro par en cabina microfónica y unos cuantos en los estudios centrales. Veníamos a salir a locutor por futbolista —futbolista arriba, locutor abajo—, y si me apuran, yo diría que por oyente.

Nuestro juego se prestaba a un análisis crítico. Muy crítico.

Pues éste, para ser un lateral de corte ofensivo, produce bien poquito en ataque, apunta uno. Estoy completamente de acuerdo, corrobora otro.

El juego de ataque está huérfano por la derecha, falta un extremo ahí, señala un tercero. ¿Y qué quieres, con un solo jugador de banda en la plantilla?, recuerda alguien. Completamente de acuerdo con vosotros, insiste el mismo de antes.

Uno dice: hace falta un jugador que se mueva entre líneas, detrás de los delanteros, es evidente. Y en seguida encuentra quien le apoye: es que eso lo ve cualquiera, hace falta alguien que dé el último pase, con llegada, que sorprenda entrando desde atrás. Estoy completamente de acuerdo, certifica nuestro hombre.

Nunca falta quien se meta con el segundo delantero: lo que no puede ser es que juegue de todo menos en punta. Quien le secunde: tanto subir y bajar, tanto correr… está en todas partes menos donde tiene que estar. Y ya no es el que era, acompaña el coro. Y aparece el de a grandes males, grandes remedios: ahí arriba hace falta otro delantero que acompañe al punta más adelantado. Estoy completamente de acuerdo con vosotros, sentencia el de siempre.

Hace falta alguien que saque el balón controlado desde atrás, se oye por aquí. Completamente de acuerdo contigo. Aquí no roba un balón nadie desde que se marchó zutano a Inglaterra, se escucha por allá. Completamente de acuerdo

Lo que está claro —viene a resumir el que estaba completamente de acuerdo con todo el mundo— es que si no tienes un par de laterales de largo recorrido, un hombre que quite, alguien que saque el balón controlado, un jugador creativo y con llegada moviéndose entre líneas, dos extremos que abran el juego por las bandas, interiores con clase y con movilidad que apoyen en la creación de juego, un segundo delantero que abra espacios y un auténtico hombre gol, no hay nada que hacer. Uno, dos, tres, cuatro… no sé, me salían trece o catorce futbolistas. Y sólo nos dejan jugar con once. Lo tenemos crudo este año.

La chica, el chico y el cocodrilo

17 septiembre 2008

Lois Casino no es una mujer. Tampoco es un hombre. En realidad, Lois Casino no es, Lois Casino son. Son cinco músicos atrapados por la voz y la varita mágica (así es como a ellos les gusta llamarlo) de Ángela. Lo que pasa es que el nombre del grupo se ha apropiado de la voz de Ángela y la voz de Ángela del nombre del grupo, hasta el punto de hacernos creer que existió una chica llamada Lois Casino que cantaba canciones y tenía un novio con un cocodrilo cosido a su camiseta.



Vuelta al cole

11 septiembre 2008

Leer este cuento fue como un dejá vu. Tardé un rato en darme cuenta. En efecto, lo había entrevisto unos años antes, en blanco y negro, adaptado algo más que libremente a otras circunstancias históricas. Jean Renoir, Dudley Nichols, Charles Laughton, Maureen O’Hara y George Sanders nos lo contaban de una forma maravillosa desde la pantalla de la televisión. Maravillosa, sí, a pesar de las bofetadas que Esta tierra es mía (1943) recibió y sigue recibiendo por propagandista e ingenua. ¿Y qué? ¿Acaso no hemos querido ser alguna vez ese digno y honesto profesor? ¿Y cuántos, llegado el caso, hemos conseguido serlo? Setenta años antes, la historia se llamaba La última clase y los acontecimientos eran otros. Pero sean cuales sean los soldados que en cada momento allanan las aulas, creo que esta historia les ayudará a encontrar dentro algunos objetos de valor.

Para los que no sabemos pintar

1974, año cero. Se nos aparecen Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (CRAG, para los perezosos). La crítica especializada y los enterados de siempre —sí, esos—, boquiabiertos, apenas acertaban a balbucear el torrente de elogios que les merecía su excelente primer disco, Señora Azul. El resto de los mortales, mientras tanto, andaba distraído entre la canción protesta, los vocalistas melódicos (algunos de aquéllos todavía siguen vivitos y coleando) y la canción del verano. En mi caso, yo diría que el tema principal de Vickie el Vikingo era lo que me privaba en aquél momento. El fatídico acróstico de la banda, sin embargo, resultó premonitorio. Un disco, ni un solo concierto oficial, esporádicas apariciones en grupos reducidos de a tres (nunca los cuatro), un descenso a los infiernos como banda de acompañamiento de Karina, irregulares carreras en solitario, un fugaz reagrupamiento en 1984, dos nuevos discos (Queridos compañeros y CRAG 1985), primeras actuaciones del grupo al completo, nueva disolución, otra vez cada uno por su lado, escasas apariciones y conciertos familiares hasta prácticamente anteayer, cada vez con más kilos, más canas, más música y menos tiempo por delante. Con el tiempo, alguna de sus canciones llegó a alcanzar una más que notable popularidad. La que más, probablemente, Sólo pienso en ti. Hará unos diez años, Enrique Urquijo tiñó esta canción con ese aire melancólico tan suyo. Incluso Papito se atrevió con ella. ¿Era necesario? ¿Para qué?, cabría preguntarse. Bueno… para que algunos la bailasen y otros, incluso, llegasen a conocerla. No hay mal que por bien no venga.



Versiones libres, veleros libres

04 septiembre 2008

Tras un breve paréntesis, rescatamos del dique seco el juego de las versiones y zarpamos a bordo de ésta tan… inesperada, imprevisible, son términos que podrían definirla bien. Almudena, Elena y Toya sostienen, y parece que no sin fundamento, que pronunciar el nombre del creador e intérprete de la pieza original trae mala suerte (lagarto, lagarto), así que para qué tentarla. Lo obviamos. Y con él, a su añeja y entrañable cancioncilla. Además, entiendo, dicho sea sin ánimo de molestar, que el público mayoritario de este minoritario blog estará en condiciones de recordarla, aunque no sé si de reconocerla. Cosas de la edad. Los que aquí cantan son Dwomo, y el descubrimiento de esta joya se lo debo a Javier, aplicado coleccionista de versiones bizarras. A cada uno lo suyo.


De la épica, el amor a los colores y otros deportes

27 agosto 2008

La faena, que ya de por sí venía atravesada por la derrota en el partido de ida, se fue poniendo más y más difícil: juego ramplón, un gol en contra (en el único disparo a puerta del adversario, además) y las consiguientes protestas y silbidos del respetable. De mal en peor. Gracias a Dios, y a una sagrada tradición futbolística nacional que prácticamente nadie osa discutir, el árbitro acudió al rescate. Y lo hizo con una expulsión que, amén de justa, merecida e indiscutible, fue adoptada de forma diligente; yo aún diría más: enérgica. El paso firme, la frente alta, la mirada desafiante, el gesto vigoroso, los rizos al viento, el brazo extendido como por un resorte, y en lo más alto, la fatídica tarjeta roja. «Éstos son mis poderes, mire usted». Nuestro último (y único) fichaje, el hombre al que todo el mundo deseaba ver en acción, a la calle. Una decisión irreprochable, adoptada en la forma precisa para espolear nuestro orgullo. Y apenas cinco minutos después, el descanso. Los pitos, ahora, para el señor colegiado. Las cañas se tornaban lanzas.

La segunda parte ya presentaba otra cara. A poco de comenzar, uno de los defensas centrales del equipo rival se lució con la gran parada que su guardameta no fue capaz de hacer en todo el partido. Penalti claro. Corría el minuto cinco, poco más o menos. «Demasiado pronto», debió pensar el señor colegiado; «éstos aún se me pueden confiar». Así que pitó el penalti, pero dejó la presumible tarjeta roja en una benéfica amarilla, y a nosotros en inferioridad numérica. Cuánta sabiduría, qué forma de picar nuestro amor propio.

A pesar de todo, a pesar del penalti, del gol del empate y de nuestro orgullo herido por segunda vez, el cansancio de jugar con uno menos empieza a hacer mella, nuestro ritmo decrece y el rival se adueña de nuevo del partido. Y es ahí, en ese momento en que todo parece diluirse en una anodina mezcla de premioso centrocampismo y patadón controlado, cuando ese gran árbitro, ese hombre que alberga un corazón blanco tras su dura máscara bilbaína, regresa a primer plano con nuevos incentivos. Segunda expulsión. Del hombre que marca los goles, además. Y con idéntica riqueza gestual. Qué maestría, qué forma de marcar los tiempos.

Ese instante marca el resto del encuentro. No podíamos permanecer impasibles. A por ellos, con todo lo que nos queda. El partido había quedado sentenciado.

Nuestro segundo gol, el que nos daba el título, llegó en seguida, a la salida de un corner. Y con cierta incertidumbre, si se me permite la expresión, en el terreno arbitral. El juez de línea se queda quieto, no corre al centro del campo. El señor colegiado, que ya ha concedido el gol, se dirige a dialogar con su hombre de confianza en la banda. «¿Qué ha pasado?». «Nada, pero… ¿se lo damos por bueno? Mira que queda mucho tiempo por delante y se pueden confiar. Y el empate no les vale». «Nada, nada. Se lo damos. A estos ya los conozco yo de toda la vida. Ahora van lanzados». Vale el gol. Dos a uno.

A los pocos minutos, el tercero. Espectacular. El chaval de la cantera que vuelve a casa marcándose una enorme vaselina desde el centro del campo. ¿Alguien da más? Sí señor. Nuestra joven promesa en la delantera, un muchacho en quien tenemos depositadas grandes esperanzas, aprovecha una pésima cesión del defensa rival a su portero para marcar el cuarto. Apoteósico. Lo nunca visto: de perder a golear, con dos jugadores menos.

El esfuerzo ha sido enorme, titánico. Pero a estas alturas, y en semejantes circunstancias, resulta imposible contener las emociones. Hay que tirar de las últimas reservas, el cuarto gol lo merece. Un último y eufórico salto desde el sofá, la sensación de un golpe seco en el gemelo y la caída a plomo sobre el duro parquet. El pie derecho ya no me sostenía. Diagnóstico: rotura fibrilar parcial de la unión músculo–tendinosa del gemelo interno de la pierna derecha, sin hematoma significativo. Menos mal. Tratamiento: hielo durante veinticuatro horas, reposo absoluto durante dos días, reposo relativo durante mes o mes y medio, apoyo lento y progresivo de la pierna lesionada, Neobrufen 600 MG y Voltarén Gel cada ocho horas, durante cinco días. Revisión por el traumatólogo en dos semanas. Un precio muy alto por la victoria, sí, pero… ¿quién puede presumir de llevar en su propia carne las cicatrices de la gesta? Ahora, a curarse y a hacer una buena recuperación. La temporada será larga, tenemos en juego una Liga, una Copa, una Liga de Campeones, un ascenso a Primera División y la fase de clasificación para el Mundial, y habrá que estar en plena forma cuando llegue el momento de partir el bacalao.

Mientras tanto, aquí ando —es un decir—, entrenando los ciento diez metros muletas. Palabra.

Sueño contigo

26 agosto 2008

Tengo problemas de sueño, que sueño contigo. Tengo un problema y no duermo, y sueño despierto que duermo contigo. ¿Se puede decir mejor? Tal vez sí, pero no parece fácil. Fernando Alfaro lleva unos cuantos años diciendo las cosas muy bien; primero con los Surfin’ Bichos, más tarde con Chucho y últimamente con Los Alienistas. Ahora, además, las dice gratis. Su último disco, Carnevisión, todo un regalo para los oídos, lo es también para los bolsillos: podéis descargarlo por gentileza del autor en su MySpace, es decir, aquí. Es la otra forma de luchar contra la piratería intelectual y a favor de la música. Y además, es de Albacete. Toma ya.



Sobre los vivos y sobre los muertos

18 agosto 2008

La primera vez que me contaron esta historia corría el mes de agosto de 1989. Aunque parezca increíble, corría también una ligera brisa en la Chopera del Parque de El Retiro, en el cine al aire libre. Doble programa doble. Dos pantallas espalda contra espalda y dos películas en cada pantalla. El espectador elige, y Eva, Joaquín y yo elegimos la última de John Huston. A pesar de los diecinueve años que han llovido desde entonces, recuerdo que a Eva no le gustó. Todavía era muy joven para dejarse llevar por eso que llamó filosofía del desencanto; de hecho, creo que todavía lo sigue siendo. A mí sí, a mí me impresionó, como me impresionó la indiferencia de Eva, por contraste y porque tengo su criterio por inteligente y más que fiable. Bastante más que el mío, por cierto. Por eso no puedo asegurar que este cuento vaya a ser de vuestro agrado. Porque a mí, no sólo entonces, ni algunos años más tarde, cuando lo leí por primera vez, sino cada vez que vuelvo sobre él, me conmueve. Desde los pies de Lily, la criada, hasta las almas y los cuerpos que reposan bajo la nieve, la presencia de los muertos en la historia es permanente. Pero no es un cuento de miedo… salvo que uno tenga miedo de sus propios Michael Furey.

Uno

17 agosto 2008

Ellos también son dublineses, y también gozan de cierta fama. Merecida, en opinión de muchos. Por eso pensé que no estaba de más traerlos aquí, para que nos acompañasen en el momento de acercarnos a sus antepasados de la mano de otro ilustre conciudadano. Creo que mi amiga Viqui, irlandesa vocacional donde las haya, lo agradecerá. De su amplio repertorio, me temo que he elegido una de las canciones más populares: One, del álbum Atchung Baby (1991). Y de esta canción, varias versiones. La primera, en vivo y a cargo de los autores. La segunda, menos conocida, en la voz de Johnny Cash. Y la tercera, al alimón, Mary J. Blige con la afamada banda que parió esta bella melodía. Yo, mire usted, me quedo con la versión número dos, pero todo es opinable.

One by Leandro on Grooveshark

No mires a los ojos de la gente

03 agosto 2008

La música gallega también tuvo su Edad de Oro. Por razones obvias de edad, no sé muy bien por dónde van los tiros hoy día, pero no creo que sean tan certeros como en tiempos de Os Resentidos, Siniestro Total, Golpes Bajos o Los Suaves. Para llegar hasta ahí, fue necesario trabajar un poco, ensayar bastante, divertirse mucho y superar una cierta incomprensión familiar. Me contaba hace unos años un primo de mi mujer originario de esos pagos que sus padres, en Vigo, tenían por vecinos a la familia Gardalda, uno de cuyos vástagos, un tal Teo, pasaba las horas muertas en el garaje (parece que éstas cosas siempre tienen que empezar en un garaje) con los amigotes, dándole a la guitarra, el bajo, la batería y la voz. Los vecinos estaban hartos, y sus padres, verdaderamente acontecidos. «Hijo nuestro», le decían una y otra vez, «¿cuándo dejarás de una vez esa tontería de la música y harás algo de provecho? Mira tu hermano, qué bien lleva la carrera». Sin ánimo de desmerecer en lo más mínimo la brillante carrera de ingeniería del hermano, Dios nos libre, algunos siempre agradeceremos a Teo Gardalda esa pequeña dosis de rebeldía que terminó convirtiéndose en Golpes Bajos, al tiempo que le permitió ganarse la vida tal vez mejor, incluso, que su hermano. Vivir para ver. En Golpes Bajos coincidió con Germán Coppini, hasta entonces cantante de Siniestro Total. En la primera versión, Golpes Bajos actúan en el programa de TVE La Edad de Oro; año 1984. En el segundo, el propio Germán Coppini canta con su actual grupo, Lemuripop, en una actuación que tuvo lugar hace poco más de mes y medio, el pasado 13 de junio. Entre ambos Coppinis, veinticuatro años nos contemplan. En fin, no miréis a los ojos de la gente. Sobre todo, si no están dentro de sus propias cuencas.

Miradas

26 julio 2008

En efecto, quizá no sea cierto que mi punto de vista estaba en mis ojos. Quizá todos esos puntos de vista tan distintos no son sino el resultado de la mirada que cada uno pone sobre las cosas. Y una mirada, desde luego, es mucho más que los ojos de los que procede. Tiene que haber muchas cosas detrás de unos ojos para que, además, exista una mirada, una mirada significativa, una mirada que nos estremezca, que nos emocione, que nos aterrorice o que nos enamore. Hace falta algo más que dos pares de ojos para conseguir un intercambio de miradas. Porque, ¿qué son sólo unos ojos, sin nada detrás? Pues eso, prácticamente nada, poco más que Los ojos de Clarice.

Ojos de gata

Lo que oyes es la historia de dos músicos bien avenidos que quisieron escribir juntos una canción. A mitad de camino se dieron cuenta de que, en realidad, preferían seguir siendo dos músicos bien avenidos. Con su media canción a cuestas, cada uno tomó el rumbo que la historia le marcaba. No veían la misma historia, porque la miraban de forma diferente. Tenían distintas miradas sobre unos mismos ojos, unos ojos de gata.

A los ojos

18 julio 2008

Son muchas las canciones con ojos, innumerables. Aunque nos lo propusiésemos, probablemente nos faltarían oídos para escucharlas todas. Yo he elegido ésta porque, de alguna forma, hila con la anterior; porque alguien pidió toda la carne argentina en el asador, y quiénes me conocen saben cuánto aprecio la carne de calidad y lo poco que hace falta para darme pie; porque no es del todo raro que ande yo también preguntándome por qué algo, cualquier cosa, me tuvo que pasar a mí; y qué coño, porque me gusta mucho. Es la primera canción del primer disco de Los Rodríguez, Buena Suerte (1991). ¿Se puede empezar mejor una trayectoria musical? Pues, por extraño que pueda parecer, los hechos demuestran que sí: la compañía discográfica quebró, y a las primeras de cambio se suspendió la venta del álbum, que no trascendió más allá del reducido círculo de los enterados de siempre; sí, ése mismo en el que yo no consigo entrar ni con receta del médico, y creo que nadie podrá echarme en cara que haya regateado esfuerzos para conseguirlo. Como de tantas otras cosas, de la existencia de este disco y de la banda que lo alumbró también me enteré al cabo de muchos años, pero esa es otra historia. En fin, por razones obvias he evitado la versión que tanta suerte trajo a Los Rodríguez en sus duros comienzos, y os propongo otras dos: la primera, del álbum Hasta Luego (1996), que resultó ser un hasta siempre; la segunda, mucho más reciente, a cargo de Andrés Calamaro y Fito Cabrales en Dos Son Multitud (2008). Me dicen que los aplausos y vítores que suenan en ambas son auténticos, y lo creo firmemente.

Para empezar

12 julio 2008

Viejos amigos, madres, padres, hijos, mujeres, novias, hermanos, primos, tíos, cuñados y demás familia, amigos de nuevo cuño, compañeros de Taller, compañeros de trabajo, jefes, clientes y proveedores, compañeros de colegio, profesores, meros conocidos, fantasmas del pasado, personas que habéis ocupado, simultánea o sucesivamente, dos o más de estas categorías, extraños que os habéis colado accidentalmente en la lista de contactos de mi correo electrónico o que simplemente pasábais por aquí: yo no os pido que me bajéis una estrella azul, yo sólo quiero que mi espacio llenéis con vuestra luz. Es decir, que os dejéis caer por este lugar de vez en cuando, que le imprimáis vuestro sello con algún que otro agudo comentario. Porque ha llegado el momento en que he decidido, he necesitado más bien, airear algunas cosas (llamémoslas cuentos) que llevaban más tiempo del recomendable encerradas en un cajón húmedo y oscuro; ya empezaban a criar hongos, a oler sólo regular. Además, éste es el sitio en el que me voy a permitir el lujo de ser tan pedante como siempre he querido, como José Luis Garci, como Jesús Ordovás, como Sánchez Dragó... si está a mi alcance, claro. No es tarea fácil. Y la verdad, me gustaría saber qué pensáis de todo esto. Sin tapujos, no necesito palmaditas en la espalda que me lleven a perder el tiempo todavía más, si cabe; para eso, me basto solo. Así que, sí, en efecto, me gustaría oír lo que tenéis que decir. Y para facilitaros la tarea, os proporciono dos herramientas que, seguro, os serán de gran utilidad. La primera, tiempo: como todo lo que depende de mí, éste será un Blog lento, avanzará muy despacio, se actualizará poco a poco; nada de frenéticos cambios diarios. La segunda, anonimato: como podréis ver, nadie tiene que identificarse para hacerse oír. ¿Acaso hay algo mejor para soltar verdades como puños con entera libertad? Eso sí, recordad que la entrada es voluntaria y gratuita. No os paséis conmigo, que estoy muy sensible.

Cenizas

Una de las grandes canciones que Ariel Rot ha escrito e interpretado después de los años triunfales de Tequila y Los Rodríguez. La primera versión pertenece al álbum Acústico (2003). La segunda, más reciente, está incluida en Dúos, tríos y otras perversiones (2007), y en ella Ariel Rot y Andrés Calamaro vuelven a cabalgar juntos, algo que deberían hacer más a menudo, pensamos muchos. Dos versiones para una canción que merece ser escuchada, al menos, dos veces. Porque los viejos rockeros nunca mueren, pero a veces se dan cuenta de que están en el medio de la vía, en el medio de la vida tal vez.


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