Un lugar donde quedarse

16 mayo 2012

Problemas para crecer. Y para fumar.

El ingenio de los diálogos. La insólita brillantez de las imágenes. El inmenso vacío de los lugares. La seducción de todos esos extraños personajes que se cruzan. Todo. A pesar de que no siempre entiendes porqué están ahí. A pesar de la sospecha de que muchas veces no existe una razón para que estén ahí, de que son puro ornamento sin reverso tenebroso. O lúcido. A pesar de todo, te dejas atrapar. Y miras con fascinación. Y escuchas con atención.

– ¿Sabes cuál es el problema, Rachel?

– No, ¿cuál?

– Que llega un momento en el que dejas de decir «Mi vida será así» y comienzas a decir «Así es la vida».

Más vale tarde que nunca

11 mayo 2012

Sí, más vale. Porque una mañana cualquiera de viernes llegas a la oficina, enciendes el ordenador, abres el correo electrónico y enchufas la música que te ayuda a caminar. Ya sabes, nunca caminarás solo. Y aunque no es la mañana más propicia, aunque el calor te mata y la lluvia te pervierte, aunque no te sobren los motivos, de repente sorprendes a tu propio culo botando sobre el asiento de la ergonómica silla que tiene debajo. Un momento, ¿pero esto qué es? Vuelves a la pantalla, buscas ahí, en la lista de canciones que la amable emisora pone a tu disposición, y tratas de localizar esa copla que suena, más o menos, hacia la mitad del programa. Y aunque no resulta fácil tratándose de un idioma tan exótico como el inglés, consigues adivinar el título de una de las canciones que aparece en esa lista entre el acelerado fraseo del estribillo que te está poniendo las pilas. Ahora sí, ya sabes cómo se llaman la canción que suena y esa buena gente que la hace sonar. Y no, no tenías el gusto. De conocerlos, claro. Así que decides escamotearle unos minutos a la empresa que te paga religiosamente a fin de mes y buscas información allí donde se encuentra toda, absolutamente toda la información. Veintisiete lozanos y rozagantes años cuenta ya esa dulce melodía. ¿Y dónde estabas tú en abril de 1985? Haces un esfuerzo y sólo consigues recordar la pesadilla del Derecho Romano, la final de la copa de la UEFA contra el Videoton húngaro, largas horas de estudio con los amigos del colegio que seguían contigo en la facultad, una novia francesa que duró apenas lo que dura un veraneo en la playa y una pesadumbre impropia de la edad. No eras muy listo, no. ¿Qué coño hacías? ¿Qué música escuchabas? ¿Escuchabas música? Ésta no, seguro. Y es justo entonces cuando vuelves a caer en la cuenta: otra vez has llegado tarde. Muy tarde. Sí, bueno... pero más vale tarde que nunca, ¿no? Lo que pasa es que esta mañana, precisamente, no puedes evitar preguntarte «¿Cuántas cosas estarán pasando hoy y yo no me enteraré hasta dentro de veintisiete años?»

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