Furtivos

31 marzo 2010

Mayor o menor. Montería o cetrería. Con perros o con aves de presa. A pié o a caballo. A rececho, de espera, reclamo u ojeo. En el monte o en un coto. Al vuelo o al borde del área. O en los bares. Es tiempo de caza. Y si me tengo que comer tu corazón, que sea con azúcar.

Eutanasia

26 marzo 2010

La culpa fue de los deberes que nos puso Rubén. Tres personajes distintos y un solo punto de vista. ¿Verdadero? Bueno, eso depende. Todo es relativo. Un anciano que pierde el sobre en el que lleva los quinientos euros de su pensión, un adolescente que encuentra ese mismo sobre tirado en la calle y un profesor que presencia la escena desde la ventana del aula. Cuente, cuente la historia que arranca de esa situación. O la que confluye en ese momento. O ambas. Pero cuéntela usted, anciano. O adolescente. O profesor. Nada de narradores omniscientes ni heterodiegéticos, nada de enfoques narrativos múltiples. Cuéntelo usted. Cuente lo que sepa. O lo que podría saber. El resultado fue, en parte, fallido. Como era de esperar. Y para enmendarlo tuve que eliminar al anciano. Lo siento, de verdad. No había más remedio. No me enorgullezco de haberlo hecho, pero era necesario. Así que fuera el anciano. Y el examen, por supuesto, suspenso. Como no podría ser de otra forma.

¿Dónde coño os habéis metido?

23 marzo 2010

Las llaves. El corazón. El carro. Madeleine. Marta. La Atlántida. El Santo Grial. El Arca de la Alianza. O la de Noé. Por eso hubo alguien que inventó el GPS. Porque antes, al coger el teléfono, preguntabas «¿quién es?». Y ahora, «¿dónde estás?»

Sin palabras

16 marzo 2010

Un clásico. O un lugar común. En 1988, en 1995 o en 1999. Porque siempre es igual: cuando no digo nada en absoluto, es que estoy callado. Callado. En silencio. ¿En qué estoy pensando? En nada. Estoy en mi caja de la nada. Insisto: en mi caja de la nada. Nada tengo que decir.

Algunas reflexiones ante la posibilidad de morir

13 marzo 2010

Me preocupa la perspectiva de morir a mitad de temporada de esa forma, aunque soy consciente de que con toda probabilidad moriré en algún momento comprendido entre agosto y mayo. Todos tenemos la ingenua aspiración de que, cuando nos vayamos de este mundo, no dejaremos ningún cabo suelto por ahí: habremos hecho las paces con nuestros hijos, les habremos dejado felices, bien asentados en el mundo, y habremos conseguido más o menos todo lo que queríamos conseguir a lo largo de la vida. Es una soberana estupidez, por supuesto. Los hinchas de fútbol que contemplan su propia mortalidad saben de sobra que es una estupidez. Quedarán cientos de cabos sueltos. Es posible que muramos la víspera de que nuestro equipo por fin juegue en Wembley, o al día siguiente del partido de ida de una eliminatoria de la Copa de Europa, o en plena campaña por el ascenso, o en medio de una cruda batalla por evitar el descenso de categoría. Y teniendo en cuenta las diversas teorías que existen sobre la vida en el más allá, tenemos todas las papeletas de no llegar a saber nunca cuál fue el resultado. Todo lo que realmente cuenta acerca de la muerte, en términos metafóricos, es que casi con toda seguridad nos sucederá antes de que obtengamos los grandes trofeos a que aspiramos. Aquel hombre tendido en la acera, tal como comentó el Rana en el camino de vuelta a casa, no llegaría a saber si el Palace permaneció en Primera División al final de la temporada; tampoco llegaría a saber que el Palace no ha dejado de subir y bajar de categoría durante los veinte años siguientes, que han cambiado los colores del uniforme al menos una docena de veces, que llegarían a jugar una final de Copa, que terminarían jugando los partidos con la inscripción «VIRGIN» en la camiseta. Pero así es la vida.

No me gustaría morir a mitad de temporada. Por otra parte, soy uno de los que seguramente serían felices, creo yo, si mis cenizas fueran esparcidas sobre la hierba de Highbury (aunque también comprendo que hay restricciones en este sentido: son demasiadas las viudas que contactan con el club para cumplir el último deseo de sus difuntos esposos, y existe el temor de que el césped no responda favorablemente ante el contenido de la cantidad de urnas que se vaciarían en el campo). Sería muy grato pensar que quizá pueda permanecer en suspenso dentro del estadio de una forma u otra, para ver al primer equipo un sábado y al filial el sábado siguiente; me gustaría tener la certeza de que mis hijos y mis nietos serán hinchas del Arsenal, y de que podré ver los partidos junto a ellos. No me parece una mala manera de pasar la eternidad. Y no me cabe duda de que preferiría que mis cenizas fueran esparcidas por la Banda Este, en vez de en el Atlántico o en una montaña cualquiera.

Tampoco querría morir inmediatamente después de un partido, claro (como le pasó a Jock Stein, seleccionador nacional de Escocia, que murió después de que su equipo ganase a Gales y se clasificara para jugar la fase final de los Mundiales, o como el padre de un amigo, que murió hace unos años al término de un Celtic - Rangers de Glasgow). De alguna forma, parece un exceso pensar que el fútbol sea el único contexto adecuado para la muerte de un hincha (y no me refiero a las muertes de Heysel o Hillsborough, de Ibrox o Bradford: ésas fueron tragedias de índole muy diferente). No me gustaría que me recordasen con un meneo de cabeza y una sonrisa cariñosa, dando a entender que ésa sería la forma de morir que yo habría elegido, suponiendo que pudiera elegir. Siempre me quedaré con la gravedad de lo serio antes que con la congruencia más ramplona.

A ver si lo aclaramos de una vez. No quisiera estirar la pata en Gillespie Road después de un partido, porque podría ser recordado como un excéntrico; sin embargo, por excéntrico que sea, quiero flotar sobre Highbury en calidad de espíritu incorpóreo, y ver los partidos del filial durante el resto de la eternidad. En cierto modo, estos dos deseos —a primera vista incompatibles, e incomprensibles, supongo, para todo el que no tenga una fijación equivalente— son característicos de los obsesos, epítome de su gran dilema. Aborrecemos que nos traten con cierto paternalismo (hay personas que sólo me conocen en mi vertiente de maníaco compulsivo, que me preguntan con paciencia y lentitud, con monosílabos, qué tal estuvo el Arsenal y, acto seguido, se vuelven a hablar con otra persona de la vida en general, como si el hecho de ser un hincha descartase de plano la posibilidad de formar una familia, tener un trabajo o expresar una opinión acertada sobre la medicina alternativa); aunque nuestra demencia implica que la condescendencia ajena sea casi inevitable. Me lo conozco al dedillo, y pese a todo deseo lastrar a mi hijo bautizándolo con los patronímicos de Liam Charles George Michael Thomas. En fin, supongo que me lo tengo merecido.

Nick Hornby
en Fiebre en las gradas (1992)

Valga la redundancia

09 marzo 2010

Como algunas películas antiguas, sobre todo en Navidad. Como los hábitos y las costumbres. Como los uniformes. Como las muletillas y las cantinelas. Como la rima consonante. Como los estribillos. Como las jugadas más interesantes. Como la piedra en la que siempre tropezamos dos veces. Como los lugares comunes y las frases hechas. O como el ajo. Ojo con la historia, que también se repite.

He dicho que no

07 marzo 2010

Como el narrador, él también era uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o solicitan de algún modo el aplauso público. Y como el narrador, también tuvo ocasión de conocer a Bartleby y aprender el más preciso y demoledor uso de la palabra preferir. Otra cosa es que lo haya practicado tanto como hubiera sido deseable. Una de las cosas que se pueden lamentar en esta vida, es que la figura de Bartleby no aparezca un día en tu puerta, pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada. Si aparece, no dejéis escapar la oportunidad

Amigos de lo ajeno

02 marzo 2010

Sin garras ni colmillos. Sin sábanas ni cadenas. Sin vendas ni verrugas. Sin costuras ni tornillos en las sienes. Sin temor a los crucifijos, ni a los ajos, ni a las estacas, ni a las balas de plata, ni a la luz del sol. Sin doce de la noche ni luna llena. Sin criptas ni bosques oscuros como boca de lobo. Pero monstruos, que conste. Lo dejó escrito Lev Tolstoi el 14 de julio de 1891.

La mente del monstruo by Leandro on Grooveshark

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