Una persona como muchos de nosotros

19 julio 2012

Una persona dispuesta como una baraja de cartas, organizada para que las cosas se desarrollen de un modo por completo distinto, y en absoluto preparado para lo que se le viene encima. ¿Cómo podía él, con su bondad mi­nuciosamente calibrada, haber sabido que los riesgos de ser obediente eran tan altos? Uno se decanta por la obediencia pa­ra reducir los riesgos. Una mujer guapa, una casa hermosa, diri­ge sus negocios como si practicara hechicería. Maneja correcta­mente la fortuna de su padre. Vivía a fondo esta versión del Paraíso. Así es como vive la gente de éxito. Son buenos ciu­dadanos, se sienten afortunados y agradecidos, Dios les sonríe. Hay problemas, pero ellos se adaptan. Y entonces todo cambia y se vuelve imposible. Ya nada sonríe a nadie. ¿Y entonces quién puede adaptarse? He aquí una persona que no está hecha para un funcionamiento deficiente de la vida, y no diga­mos para lo imposible. ¿Pero quién está hecho para lo imposi­ble que va a suceder? ¿Quién está hecho para la tragedia y lo incomprensible del sufrimiento? Nadie. La tragedia del hom­bre que no está hecho para la tragedia... , ésa es la tragedia de cada hombre.


Philip Roth
en Pastoral americana (1997)

¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?

08 julio 2012

Mi hijo patea esta tarde las calles de Londres, y yo oigo sus pasos resonar en la distancia. Parece que se alejan. Despacio, pero se alejan. Soy un hombre cada vez más viejo.

 

Americanos, os recibimos con alegría

03 julio 2012

De unos años a esta parte, todos los escritores que consiguen engancharme a la primera tienen un denominador común: son anglosajones. La mayoría de ellos, estadounidenses. Este año ya me ha ocurrido con tres: Dennis Lehane, Jonathan Franzen y David Foster Wallace (sí, en efecto, esos mismos, a estas alturas; mi atraso cultural alcanza ya proporciones legendarias). Pero todos los años me ocurre con alguno. Y en casi todos los casos, la fascinación perdura en el tiempo.

Son muchos escritores ya. De antes y de ahora. Cada uno en su estilo. Cada uno con sus filias y sus fobias. Unos con novelas, otros con relatos. Cada uno con su género a cuestas. Ellos son los que escriben sobre cosas que me interesan, los que me cuentan las historias que quiero leer.

Ahora es cuando lamento no haber aprendido bien inglés. Ingles leído nivel alto. O altísimo. Mi abuelo lo hizo. Empezó en la cárcel, con ayuda de un diccionario y una gramática, y ya no paró. Inglés, francés, alemán, italiano. Siempre con el mismo método: textos, diccionario y gramática. En sus últimos años de vida podía leer de corrido textos complejos en cualquiera de esos cuatro idiomas. Sólo leer, por supuesto; nada de hablar ni de escuchar. Aún conservo muchos de sus libros en idiomas extraños. Extraños para mí, claro. Siempre lo admiré, y ahora, además, le envidio.

Pero no nos apartemos del tema. Anglosajones, decía, americanos sobre todo. Y no es que no me gusten otros escritores. Todo lo contrario, me gustan. En algunos casos, mucho. Quizá con la excepción de los franceses, que por regla general me suelen aburrir bastante (aquí abro un paréntesis para pedir disculpas por hacer gala de mi osada ignorancia; una vez más, no he podido evitarlo). Pero el caso es que sí, hay otros que también me gustan. Lo que pasa es que, mire usted, no es lo mismo. No los disfruto igual. Quién sabe, quizá me estoy encasillando como lector.

¿Y qué hay del producto nacional? ¿Acaso no es usted español, español, español... oé? Pues sí, claro que sí, faltaría más. Y mucho más ahora, con los aires que nos damos. Pero es que en esta concreta materia de las novelas y los cuentos… pues eso, que no es lo mismo. Ya nos lo dijo Enrique Murillo hace algunos años, en el Taller de Lola López Mondéjar: en España no es que escribamos bien, escribimos bonito, pero no tenemos grandes narradores. Pensaba él, qué cosas, que los grandes narradores son, precisamente, los anglosajones.

No voy a negar que, al escucharlo, experimenté una cierta satisfacción. Algunos seguimos siendo tan tontos que estas coincidencias de opinión nos hacen sentirnos algo más seguros en terreno resbaladizo; es lamentable, sí, pero a estas alturas no parece que eso vaya a tener remedio. Claro que, al mismo tiempo, también sufrí una pequeña punzada en el orgullo: la de saber que nunca podré escribir como esos escritores que tanto me gustan. Pequeña, por supuesto. La punzada, pequeña. Y cada vez que pienso en esto, más pequeña. Nada grave ni preocupante. A mi edad, ya empiezo a desengancharme de los delirios de grandeza. Pero, por muy pequeña que sea, no puedo perder de vista que, cuando me siento a escribir (y cada vez me cuesta más, y cada vez lo hago menos), el resultado difiere del objetivo. Siempre.

Lo dijo un escritor ilustre, no recuerdo cuál. García Márquez, tal vez. Me suena, pero no estoy seguro, ni tengo tiempo ni ganas de ponerme a buscarlo en Internet. El caso es que alguien lo dijo: uno no escribe como quiere, sino como sabe o como puede. Y al que lo dijo, quienquiera que fuese, le sobraba razón.

Yo no puedo luchar, al mismo tiempo, conmigo mismo, con la educación que he recibido y con siglos de tradición. No soy americano, ni siquiera inglés. Cuando escribo, yo escribo como el español que soy, con toda mi carga genética, mi educación y mi tradición cultural a cuestas. Ni la globalización ha podido con todo eso. Y por mucho que nuestra selección gane Eurocopas y Mundiales, y nos dé grandes alegrías (a mí, desde luego, me las da), yo preferiría escribir como uno de esos americanos o ingleses cuyos textos admiro tanto. Yo preferiría escribir cosas que me fascinase leer, si es que alguna vez pudiera leerlas por primera vez.

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