Propósitos para el año nuevo

28 diciembre 2015

Podría hacer una larga lista, como la que hago todos los años. O podría ir un poco a lo que salga, como acabo haciendo todos los años. O, para variar, podría adscribirme a la escueta lista de buenos propósitos del Sr. Alfaro y tratar de darle cumplimiento, que no parece fácil. De esa lista, podría pasar por alto el quinto y me interesa cumplir, sobre todo, el último. Pero vamos, doy el año por bueno si acierto con los demás.

Vuelta a los clásicos por Navidad

23 diciembre 2015

Siempre merece la pena volver a los clásicos, pero a los clásicos también hay que darles una vuelta. Que no es lo mismo. Darles una vuelta por la ciudad para que se aireen un poco, ahora que refresca. Darles vuelta y vuelta, para sellarlos sin que se pasen, que no pierdan su jugo. Darles una vuelta sobre sí mismos y mirarlos por detrás. Y sobre todo, darles una vuelta de tuerca. 

¿Y acaso hay algo más clásico que la Navidad? Quizá sea por eso por lo que volvemos a ella una y otra vez. Es clásica ella, en sí misma, y a su vez está llena de clásicos: villancicos clásicos, las clásicas reuniones familiares, las clásicas cenas de empresa, cenas y comidas clásicas, el clásico árbol con sus clásicas bolas y estrellas, los clásicos regalos. La Navidad difícilmente nos sorprenderá, sabemos lo que podemos esperar de ella. Es fiable. Es como un pequeño refugio al final del año.

Perfecto. Entremos pues en el refugio, sentémonos delante del fuego y abramos un libro. ¿Cuál? Bueno, para aquéllos que no quieran abandonar la senda de lo tradicional, aquí dejo este breve clásico navideño, con su correspondiente vuelta. De tuerca, por supuesto.

Relájense. No se lo tomen demasiado en serio. Pasen una feliz Navidad.

Algunas leyendas negras sobre los abogados

09 diciembre 2015

(...) Había otro asunto que lo tenía a la sazón un poco perplejo. Yo le había dicho que algunos hombres de nuestra tripulación habían salido de su país a causa de que habían sido arruinados por la «ley», palabra ésta cuyo significado le había explicado ya; pero no alcanzaba a comprender cómo era posible que la ley, creada para la protección de todos los hombres, pudiera causar la ruina a ninguno. Por consiguiente, me rogaba que le explicase mejor lo que quería decir cuando le hablaba de la ley y de los que la administraban, con arreglo a lo que era práctica en mi país, porque él suponía que la naturaleza y la razón eran guías suficientes para indicar a un animal racional, como nosotros pretendíamos ser, qué debíamos hacer y qué debíamos evitar.

Aseguré a su señoría que la ley no era ciencia en que yo fuese muy ducho, más allá de contratar los servicios de abogados en vano, con ocasión de algunas injusticias cometidas contra mí; sin embargo, trataría de satisfacerlo en la medida de lo posible.

Le dije que entre nosotros existía una sociedad de hombres, educados desde su juventud en el arte de probar con palabras multiplicadas con ese propósito, que lo blanco es negro y lo negro es blanco, según para lo que se les paga. Para esta sociedad, el resto de las gentes son esclavas. Por ejemplo: si a mi vecino se le antoja mi vaca, contrata a un abogado que pruebe que debería quitármela. Entonces tengo que contratar a otro para que defienda mi derecho, pues va contra todas las reglas de la ley que se permita a nadie hablar por sí mismo. Mas en este caso, yo, que soy el propietario legítimo, cuento con dos grandes desventajas. La primera es que, como mi abogado se ha ejercitado casi desde la cuna en defender la falsedad, está fuera de su elemento cuando quiere abogar por la justicia (oficio que no le es natural) y lo hace siempre con gran torpeza, si no con mala fe. La segunda desventaja es que mi abogado debe proceder con gran precaución, pues de otro modo le reprenderán los jueces y lo aborrecerán sus colegas, como a quien rebaja el ejercicio de la ley. Por tanto, no tengo más que dos medios para defender mi vaca. El primero es ganarme al abogado de mi contrincante pagándole el doble de sus honorarios, para que traicione a su cliente insinuando que la justicia está de su lado. El segundo procedimiento es que mi abogado dé a mi causa tanta apariencia de injusticia como le era posible, reconociendo que la vaca pertenece a mi contrincante; esto, si se hace diestramente, conquistará sin duda el favor del tribunal.

Ahora bien, debe saber su señoría que estos jueces son personas designadas para decidir en todos los litigios sobre propiedad, así como para juzgar a los criminales, y que son seleccionados de entre los abogados más hábiles cuando se han hecho viejos o perezosos; y como durante toda su vida se han inclinado en contra de la verdad y la equidad, sienten tal necesidad de favorecer el fraude, el perjurio y la opresión, que he sabido de varios que prefirieron rechazar un cuantioso soborno de la parte a la que asistía la justicia antes que injuriar a la profesión haciendo cosa impropia de la naturaleza de su cargo.

Estos abogados siguen la máxima de que cualquier cosa que ya se haya hecho antes puede volver a hacerse legalmente; y, por lo tanto, ponen especial cuidado en documentar todas las resoluciones anteriormente tomadas contra la justicia común y contra la razón corriente de la Humanidad. Las sacan a colación, con el nombre de «precedentes», como autoridades para justificar las opiniones más inicuas; y los jueces no dejan nunca de fallar conforme a ellas.

Cuando defienden una causa evitan cuidadosamente cuanto signifique entrar en sus méritos; pero son vociferantes, violentos y tediosos sobre todas las circunstancias que no hacen al caso. En el ejemplo antes mencionado, nunca procuran averiguar qué derechos o títulos tiene mi adversario sobre mi vaca, sino si dicha vaca es colorada o negra, o si sus cuernos son largos o cortos; si el campo donde la llevo a pastar es redondo o cuadrado, si se la ordeña en casa o fuera, qué enfermedades padece, y cosas por el estilo; después de lo cual consultarán precedentes, suspenderán la causa una y otra vez, y a los diez, o a los veinte, o a los treinta años, se alcanzará el desenlace.

Asimismo debe observarse que esta sociedad posee una extraña jerigonza y jerga propia, que ninguno de los demás mortales puede entender, y en la cual están escritas todas las leyes, que tienen buen cuidado de multiplicar, con lo que han conseguido confundir totalmente la esencia misma de la verdad y la mentira, el bien y el mal, de tal modo que se tardará treinta años en decidir si el campo que me han dejado mis antepasados durante seis generaciones me pertenece o pertenece a un extraño que se halla a quinientos kilómetros de distancia.

En los juicios de personas acusadas de crímenes contra el Estado, el método es mucho más corto y recomendable: el juez manda primero a sondear la disposición de quienes ostentan el poder, y luego puede con toda comodidad ahorcar o absolver al criminal, cumpliendo rigurosamente todas las formalidades legales.

Aquí mi amo me interrumpió afirmando que era una lástima que seres dotados de tan prodigiosas habilidades mentales como estos abogados, según la descripción que yo de ellos hacía, no se dedicasen más bien a instruir a los demás en sabiduría y conocimiento. En respuesta a lo cual aseguré a su señoría que en todas las materias ajenas a su oficio eran ordinariamente el linaje más ignorante y estúpido, los más despreciables en la conversación corriente, enemigos declarados de todo conocimiento y estudio, y del mismo modo dispuestos a pervertir la razón general de la Humanidad en todas las demás materias, al igual que en su profesión.


Johnatan Swfit
en Los Viajes de Gulliver (1726)

Por qué no creo en este equipo

26 noviembre 2015

No estoy tan quemado como parece, de verdad. De hecho, quizá debería estarlo mucho más (futbolísticamente hablando, por supuesto). Pero no. Sólo constato que nuestro equipo de fútbol no sólo está mal, sino que a la larga lleva camino de ir a peor.

Es posible que nuestro equipo carezca de carácter competitivo o de hambre de victorias, como dicen. No lo sé. Pero lo que no tiene son ganas de mejorar, eso parece evidente. No es de ahora, es algo que viene de bastante tiempo atrás, aunque no sabría decir exactamente desde cuándo. Si hablamos de calidad, la plantilla es excelente, probablemente una de las mejores de la historia del Club. También era excelente la del año pasado. Y la de la temporada anterior. Y la anterior. Pero no tiene espíritu de superación. Ojo: no confundamos el afán de brillo individual de algún jugador con el espíritu de superación del equipo, que es de lo que me interesa hablar aquí. Porque ese espíritu de superación que no aparece hace ya mucho tiempo, había sido desde siempre la seña de identidad de este Club.

Son muy buenos jugadores, los nuestros. En algún caso, jugadores extraordinarios. Por eso hay rachas de buen juego, de muy buen juego incluso (la segunda temporada con José Mourinho, el otoño de 2014). Y por eso ganan títulos (la segunda temporada con José Mourinho, la primavera de 2014). Pero no hay continuidad, no hay ciclos dominadores. Aparecemos y desaparecemos. Y menos mal que, por ahora, el Club nada en la abundancia. Eso es lo que nos permite asomar la cabeza en lo más alto de vez en cuando. Pero mientras sigamos así, y todo parece indicar que vamos a seguir así mucho tiempo, nunca marcaremos el paso.

Os voy a poner un ejemplo. Un ejemplo doloroso. Estamos destinados a cruzarnos en todas las competiciones con otro equipo que, para nuestra desgracia, da continuas muestras de todo lo contrario. El pasado sábado, cuando ya nos habían metido cuatro y nos habían ridiculizado en nuestra propia casa, sus jugadores hacían corrillo en el césped y se jaleaban para ir a por el quinto. Nuestro equipo, ayer, cuando ya ganaba cuatro a cero, y a pesar de «lo» del sábado, «vio el partido demasiado hecho» y se relajó. Y nos cayeron tres goles en once minutos. Y gracias. Con la que está cayendo, ¿en la cabeza de qué futbolista de este Club puede caber que existía la más mínima opción de relajarse? ¿Cómo es posible que no se les pasara por la imaginación ir a por más? Pues no. Su instinto, su acto reflejo, fue levantar el pie del acelerador. Y nuestro entrenador subraya que «hemos hecho un grandísimo partido durante setenta y ocho minutos». Pues muy bien. Vamos a por los siguientes grandísimos setenta y ocho minutos, que no sabemos en qué momento de qué partido tocarán. Mientras tanto, el equipo que el pasado sábado nos metió cuatro goles, en el siguiente partido fue a buscar el quinto después del cuarto, y el sexto después del quinto. Los dos han ganado, los dos consiguieron su objetivo y se clasificaron como primeros de grupo; más allá de la victoria, esos resultados no sólo no eran decisivos, sino que eran más bien intrascendentes. Pero son sintomáticos.

Muchos de nuestros jugadores, y entre ellos algunos de los más significados, van a vivir durante mucho tiempo de la décima Copa de Europa del Club, esa que llegó doce años después de la novena. En ese otro equipo con el que estamos destinados a cruzarnos siempre, sus jugadores vienen de ganar todos los títulos que disputaron la temporada anterior. Todos. Y cuando los ves en el campo parece que no hayan ganado nada en toda su carrera, sólo piensan en ganar el siguiente título, el que sea, da igual. O esa es la sensación que transmiten. El contraste es doloroso. Y más doloroso aún si tenemos en cuenta que ese otro equipo está sancionado y disputa la mitad de la temporada sin haber podido reforzar la plantilla con nuevos jugadores; que el mejor jugador de su historia ha estado lesionado dos meses, circunstancia ésta que han aprovechado para meternos seis puntos de ventaja y cuatro goles en nuestra propia casa; que su anterior presidente, el actual, varios directivos y la mitad de la plantilla están encausados en procedimientos judiciales varios. Da igual. Nada parece afectarles cuando saltan al campo. Por supuesto que hacen malos partidos, incluso muy malos, como nosotros los hacemos buenos, incluso muy buenos. Pero a la larga, ahí siguen, acumulando títulos y haciendo crecer su palmarés.

Muchos de nuestros jugadores, insisto, se van a retirar con una Liga de Campeones, una Liga doméstica y un par de Copas del Rey. Y se van a retirar pensando que han tenido una trayectoria magnífica. No está mal, dirán. Y es cierto, no está nada mal. Pero otros se retirarán con tres Ligas de Campeones (quién sabe si más) y no sé cuántas ligas y copas, y a lo mejor hasta piensan en las que dejaron escapar. Es la diferencia. Una diferencia importante. Crucial.

Yo creo firmemente que el carácter se educa. Lo cual, dicho sea de paso, no quiere decir que practique esa creencia en mi persona; o no tanto como debería, al menos. Pero sí, creo que el carácter se educa. Se forja, que es como se decía antes. Por supuesto que hay una parte de ese carácter que es congénito. Y por supuesto que no es lo mismo empezar a fraguar el propio carácter a los siete años, a los diecinueve, a los veintiocho, a los treinta y cuatro o a los cuarenta y nueve. Ni hacerlo con ayuda o más sólo que la una. Cuanto más traiga uno de serie, cuanto antes se empiece o cuanto más y mejor nos acompañen en ese proceso educativo, mayores serán las posibilidades de éxito al afrontar esta tarea. Una tarea que nunca se puede dar por finalizada y que consiste, en última instancia, en la búsqueda de una continua mejora personal, nada más. Y nada menos. Porque la educación del carácter termina por repercutir en todas y cada una de las caras de ese complejo poliedro que es cada persona: la familia, las relaciones sociales, las inquietudes culturales... y entre otras, por supuesto, el desarrollo profesional, que es de lo que intento hablar aquí. La educación del carácter es una tarea que siempre es posible afrontar y que nunca es tarde para comenzar. Pero hay que querer, claro. Y querer significa esfuerzo, no hay otro camino. No estoy hablando de lo que vulgarmente se conoce como «echarle cojones» (cuánto daño ha hecho y sigue haciendo esta desafortunada expresión), hablo de afán de superación. No se trata de «correr más», sino de querer hacer las cosas cada día mejor, de no conformarse con lo que ya se ha alcanzado, de mirar siempre hacia delante buscando algo más. Algo más en cualquier terreno: controlar los nervios, dominar la cólera, correr un kilómetro más o correrlo en un segundo menos, dedicar una hora más a mis hijos, leer un libro complejo, aprender algo nuevo, escribir una página o, por supuesto, alcanzar una meta profesional. Todo eso requiere esfuerzo. Esfuerzo, que no es sacrificio ni sufrimiento. El esfuerzo es un concepto que contiene un componente positivo muy importante. Uno se sacrifica o sufre por cosas que no quiere o no le interesan, que le suponen una carga. Para alcanzar, cuidar o conservar las cosas que uno quiere de verdad o las que a uno le gustan o le interesan, hace falta esfuerzo. Cuando uno quiere algo, se esfuerza.

Nuestro equipo, sin embargo, da muestras de no querer. Manifiesta alarmantes síntomas de conformismo por lo que se refiere a sus metas profesionales (en otros terrenos, obviamente, lo ignoro). Desde hace bastante tiempo, cualquier logro, más grande o más pequeño, conlleva automáticamente manifestaciones de autocomplacencia (incluso en momentos tan sumamente inoportunos como ayer) y casi siempre va seguido de uno o varios pasos atrás. Nos falta carácter para querer mejorar siempre, para esforzarnos en mejorar siempre. Y eso es algo que no se adquiere de un día para otro. Por eso pienso que las cosas seguirán así durante bastante tiempo.

Y mientras sigan así, podemos perder todo el tiempo que queramos en hablar del entorno, de la prensa nociva, de la central lechera, de árbitros, de ligas peligrosamente preparadas, de cúantos penaltis me señalan o me dejan de señalar a mí y cuántos le señalan o le dejan de señalar al rival, de esteladas, de independentismo, de pitos al himno nacional o al de la Champions, de pitos a jugadores propios y aplausos a jugadores rivales, de casillistas y mourinhistas, de yihadistas y piperos, de seleccionadores parciales o tendenciosos, de fraudes fiscales y falsedades documentales, de procedimientos judiciales y sanciones deportivas, de rivales disfrazados de payasos que interrumpen ruedas de prensa, de fantasmas profesionales o de auténticos gilipollas de manual. Que sí, que todo eso puede ser más o menos cierto. Pero no es nuestro problema.

Nuestro auténtico problema es la ausencia de un auténtico espíritu de superación que nuestro equipo manifiesta día tras día, temporada tras temporada. Nuestro auténtico problema es que nuestro equipo no se esfuerza por ser mejor cada día, no quiere ser mejor cada día. ¿Porqué? No lo sé. Pero sé que eso no se resolverá mañana. Ni pasado. Ni esta semana. Ni el mes que viene. Ni esta temporada. Ni la próxima. Habrá victorias, seguro. Habrá buen juego a veces, cierto. Se ganará algún título, quizá. Pero seguiremos «dejando a nuestro paso ese recurrente aroma a fin de ciclo sin ciclo» al que se refería Jesús Bengoechea en La Galerna hace sólo tres días.

Y por eso es por lo que no creo en este equipo.

Decía Sir Winston Churchill en sus Memorias que en más de una ocasión había tenido que tragarse sus palabras, y habían resultado una excelente dieta. Ojalá tenga yo ocasión de probarla, pero mucho me temo que no será en este viaje.

Elogio de la lentitud

15 octubre 2015

Año 2008. Primavera. Un tipo al que leo y admiro, Richard Ford, está siendo entrevistado en un hotel de Dublín. 

«¿Y en cuanto a lo de que es un escritor lento?», pregunta el agudo periodista

No parece que Mr. Ford tenga dudas al respecto: «Soy lento. Nunca he hecho una sola cosa importante en mi vida en la que ser rápido funcione. Obtengo lo mejor de mí mismo siendo paciente. Poniendo las palabras en tinta una detrás de la otra. Ésa es la mejor forma que conozco de hacer las cosas. Si pudiera escribir más rápido y ser tan bueno como cuando voy despacio, lo haría».

Maravilloso. Salvo lo de «ser tan bueno como cuando voy despacio», que no creo que venga al caso, lo suscribo todo.

Más adelante, a cuento de su dislexia, Mr. Ford añade: «Pero la dislexia me afecta en que me hace ser un lector lento. Leo mucho. Leo todo el tiempo, pero soy lento. Y sé que voy a llegar al final de mi vida sin haber leído los libros que debía haber leído».

Y entre tantas carreras y prisas, es gratificante encontrar a alguien, y no a alguien cualquiera, no, sino a alguien como Richard Ford, decir estas cosas acerca de la nunca del todo bien ponderada lentitud. Sí, somos lentos, y nos gusta. Es más, nos enorgullecemos de ser lentos. Salvando las distancias y cada uno a su altura, faltaría más. Pero los dos somos lentos. Y me gusta pensar que no somos los únicos.

Ahora sólo me falta encontrar a alguien de igual o similar categoría que, más allá de ser lento, esté quieto, no se mueva, no haga nada. No va a ser fácil, me temo.

Profunda América. Entrevista de Pablo Guimón a Richard Ford en Babelia (El País), 26 de abril de 2008.

¿Y quién necesita un lugar acogedor?

12 octubre 2015

De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamentos, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino sólo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto -pero sólo en esto- se parece un poco a la felicidad.

Eloy Tizón
en Los horarios cambiados
(Técnicas de iluminación, 2013)

Consejos de sirenas para escritores

20 agosto 2015

Para todos los escritores. Para los profesionales y para los aficionados. Para los diligentes y para los perezosos. Para los superventas y para los malditos. Para narradores, para poetas y para ensayistas. Para los románticos y para los realistas. Para conceptistas y para culteranos. Para clásicos y para posmodernos. Para todos. Se los dieron al poeta Vario, pero valen para todos. Para todos los que escribís.

Parálisis manual. Parálisis cerebral

15 junio 2015

Estoy perdiendo la facultad de escribir, si es que alguna vez la he tenido. Y si es así, si la he tenido y la estoy perdiendo, la estoy perdiendo a fuerza de usarla cada vez menos. A fuerza de no usarla, incluso. La estoy perdiendo junto con un montón de horas igualmente perdidas. Y la verdad, creo que preferiría saber a ciencia cierta que nunca la he tenido. Porque si no, mucho me temo que lo siguiente será perder la facultad de pensar. Si es que alguna vez la he tenido. Y si es así, si la he tenido y la voy a perder, la voy a perder a fuerza de usarla cada vez menos. A fuerza de no usarla, incluso. La voy a perder junto con un montón de horas igualmente perdidas. Y la verdad, creo que preferiría saber a ciencia cierta que nunca la he tenido. Etcétera.
 
 

Pioneros

27 mayo 2015

Al parecer, y según a quién se lea o a quién se escuche, el honor de ser la primera grabación de Rock'n Roll de la historia corresponde a una de estas canciones. O a dos o más de ellas. O a todas. Un gran honor, qué duda cabe. A toro pasado, claro, porque entiendo que uno no se mete en el estudio guitarra al hombro diciendo «voy a grabar la primera canción de Rock'n Roll de la historia y ahí me las den todas», pero no por eso deja de ser un gran honor. Supongo que luego se ven pasar los años, las décadas incluso, si no te han matado las drogas, el sexo ni el propio Rock'n Roll, y uno piensa «joder, tú... la que liamos». Así que, se mire por donde se mire, un gran honor. La cuestión es si ese honor hay que repartirlo entre todas. O adjudicárselo a una. O a varias. Desde un punto de vista estrictamente temporal, la cuestión está clara: la primera canción es de 1949, la segunda (las tres versiones de la segunda) de 1951, la tercera (o la quinta, según se mire) de 1952, y la cuarta (o sexta) de 1954. De manera que la discusión, en caso de haberla, se ciñe a criterios estrictamente musicales. Y ahí sí que ya no estoy capacitado para entrar. Me temo, pues, que me quedo como estoy. Eso sí, se admiten opiniones al respecto. Y también, porqué no, nuevas sugerencias. Soy todo oídos

Se publican textos abandonados

14 abril 2015

La gente de la revista Narrativas, gente desinteresada, gente con infinita paciencia, buena gente a la que, si algo se le puede reprochar, es que siga dando soporte a escritores aficionados y perezosos como el que suscribe (entre otros que no lo son, por supuesto, faltaría más)... en fin, la gente de la revista Narrativas, como decía, ha tenido a bien publicarme un breve conglomerado de textos al que, la verdad, no creo que se pueda calificar siquiera como relato, y que bajo la etiqueta genérica de Pequeños y casi imperceptibles cambios en el paisaje fui publicando en este blog hace ya algún tiempo. Al final, también esa pequeña serie fue languideciendo hasta quedarse en el camino, sin más, como tantas otras cosas que se empiezan y nunca se culminan. Eso, o que tal vez esos cambios en el paisaje no llegaron a ser tantos como uno aventuraba. O fueron tan pequeños e imperceptibles que finalmente me pasaron, en efecto, desapercibidos. Pero no, me inclino más bien por la tesis de la falta de constancia del escritor y el consiguiente languidecimiento de los escritos. Como quiera que sea, aquellos pequeños e imperceptibles cambios en el paisaje que se vieron abandonados a su suerte por un escritor aficionado y perezoso, son los que ahora ha recogido con cariño y esmero la revista Narrativas. Aquí los dejo colgados, como un hito más de este pequeño desaguisado. Y os dejo también la revista completa (en formato pdf y en formato epub, a gusto del consumidor) porque, casi con total seguridad, entre sus páginas podréis encontrar algunas lecturas bastante más aprovechables. Mira, no hay mal que por bien no venga.

¿Resulta evidente que te has ido?

21 marzo 2015

A veces no resulta tan evidente que alguien se ha ido. A veces quedan las canciones. Y Moncho Alpuente siempre será esta canción. Para mí, más que suficiente

Decíamos ayer

26 febrero 2015

«Hola. En archivo adjunto os envío un relato, por si veis que tiene posibilidades de ser publicado en el próximo número de Narrativas», dije yo.

«Estimado Leandro: Muchas gracias por el excelente texto que nos envía. Estaremos encantados de incluirlo en el próximo número de Narrativas, previsto para finales de marzo, y que hará el número 37. Gracias de nuevo por su colaboración. Saludos cordiales», contestaron ellos al día siguiente. 

Y así, casi un año después, asoman una vez más mis buenos propósitos ―esos viejos y entrañables amigos― y, tirando de fondo de armario, retomo este asunto justo donde lo dejé la última vez. 

En esta ocasión ni siquiera diré «que dure» o «a ver si esta vez es la buena».

Viajeros

27 enero 2015

Creo que esto ya quedó dicho en otra ocasión, pero nunca está de más recordarlo: ¿son posibles los viajes en el tiempo? Pues sí, por supuesto. Todos viajamos en el tiempo. Pero sólo hacia delante. Y lamentablemente, cada vez más rápido. Y cuanto más viajamos, cuanto más camino llevamos recorrido, más nos falta. Tiempo. Extraño viaje.

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