El talismán

30 octubre 2008

— ¡María! ¡María! ¿Dónde está mi jersey rojo?
— ¿Cuál? ¿El jaspeado?
— Sí, mujer. El que lleva como puntitos blancos y negros, llámalo como quieras. Ese de los botones negros en el hombro que uso para andar por casa.
— Pues estará con todos los demás, digo yo. Guardado con la ropa de invierno.
— ¿Con la ropa de invierno? Pero bueno… ¿Y dónde está la ropa de invierno, si puede saberse?
— Pues en la casa de la sierra, en el altillo. Donde la guardamos todos los años, Manolo. Tú mismo subiste las maletas el domingo. ¿Es que no te acuerdas?
— ¿En la sierra? Pero cómo es posible, María, por Dios. Pero, pero… ¿cómo se te ha ocurrido? ¿En qué estabas pensando?
— Pues hijo, en que estábamos a finales de abril y ya tocaba. Vamos, digo yo. Y no me vengas con que pensabas ponerte el jersey viejo de lana precisamente hoy, Manolo, a primero de mayo y con lo que está cayendo.
— Pero María… ¿es que no te das cuenta?
— ¿Es que no me doy cuenta de qué?
— ¡Era el jersey de la Copa de Europa!
— ¿De la copa de qué…?
— De la Copa de Europa, María, de la Copa de Europa. Me lo puse en la final del noventa y ocho, y en la del dos mil, y ganamos las dos. Y sin que nos metieran un gol. Y este año lo he estado usando toda la temporada para asegurar el título. Como es el centenario…
— Anda ya, Manolo. Menuda tontería. Pues no me creía que te pasaba algo de verdad… casi me has asustado.
— Pero mujer, pues claro que me pasa. ¿Es que no lo ves? Todo coincide. No me lo puse en el último partido de la primera fase porque se estaba lavando, y perdimos en Moscú. Claro que daba igual porque ya estábamos clasificados como primeros de grupo, pero bueno, por si acaso ya no lo he vuelto a echar a lavar. Y luego está lo del partido de ida de cuartos con el Bayern, que íbamos ganando en el descanso y lo teníamos controlado, y como vinieron tus hermanas a ver Operación Triunfo me tuve que ir a ver la segunda parte en la tele de nuestra habitación, se me ocurrió ponerme el pijama para acostarme, y toma, nos remontaron. Y casi nos golean, coño, que tiraron dos a los palos y fallaron un penalty. Todo coincide. Si te lo estoy diciendo. A ver qué hago yo ahora, sin el jersey…
— Desde luego, Manolo, no me puedo creer que estés hablando en serio. Pareces un crío.
— Madre mía... y justo ahora, en la semifinal. Y con el Barcelona. Como nos ganen… ¿tú sabes lo que significaría eso, María? Eliminados de la Copa de Europa por el Barcelona. Y en el año del centenario. Y con un cero a dos favorable en el partido de ida, que hacía diez años que no ganábamos en el Nou Camp. Necesito el jersey, María… ¡necesito el jersey!
— Pero Manolo…
— ¿Qué hora es? A ver… madre mía, sólo faltan cinco minutos. Y yo sin el jersey. María, coño, pero… ¿cómo has estado? Joder, joder… Que nos van a ganar, coño, que nos eliminan, que lo estoy viendo venir. ¿Cómo es posible? El Barcelona a la final. En el año del centenario. Y después de haber ganado allí por cero a dos. ¿Y qué voy a hacer ahora, coño? ¿Qué voy a hacer?
***
— Como han podido ver, el deporte acapara hoy gran parte de nuestra atención después del emocionante partido de anoche en el estadio Santiago Bernabéu. Sin embargo, no podemos dejar de lado la cara más triste de la actualidad. Carme…

— En efecto, Hilario. Una vez más, la violencia doméstica se ha cobrado la vida de una mujer. La tragedia ha tenido lugar esta vez en el madrileño barrio de Chamberí, donde un hombre de cuarenta y dos años ha golpeado reiterada y violentamente la cabeza de su cónyuge con el aparato de televisión, hasta causarle la muerte. Acto seguido, el agresor se ha quitado la vida arrojándose al vacío desde una de las ventanas de la vivienda, un cuarto piso del número 12 de la calle Modesto Lafuente de Madrid. El matrimonio tenía dos hijos de ocho y diez años que en ese momento se encontraban en el domicilio familiar, si bien, y según han precisado fuentes policiales, no llegaron a presenciar directamente los hechos, por lo que hasta el momento no ha sido posible determinar la causa de la agresión. Familiares y allegados a la familia han comentado que el agresor era una persona absolutamente normal, y no se tiene constancia de que existiesen diferencias importantes en el seno del matrimonio. Con ésta son ya veinte las mujeres que han resultado muertas a manos de su pareja en lo que va de año. Las reacciones no se han hecho esperar.

— Así es. El Ministro de Trabajo y Asuntos sociales, Juan Carlos Aparicio, que se encontraba en Barcelona para inaugurar unas jornadas sobre Inmigración e Inserción Sociolaboral, ha condenado el hecho al tiempo que destacaba, sin embargo, los importantes progresos alcanzados durante los últimos meses en la lucha contra la violencia de género. Las Asociaciones de Mujeres Maltratadas, por su parte, piden a los jueces mano dura en la aplicación de la ley, al tiempo que exigen al Gobierno la adopción de nuevas medidas legislativas y el endurecimiento de las penas, y anuncian movilizaciones. Vamos ahora con otros titulares de la jornada.



NOTA AL PIE: ¿Qué es lo peor que le puede pasar a una narración? Aparte de que sea una mala narración, se entiende. Exacto: que caduque, que el tiempo la aplaste. Algo de todo eso le ocurrió a ésta. Escrita en abril de 2002, justo después de una brillante victorica en la ida de la semifinal de la Copa de Europa, en Barcelona, hace ya mucho tiempo que perdió la incertidumbre del resultado del segundo partido. Han pasado seis años, cinco meses y veintinueve días desde que el árbitro pitó el final del partido de vuelta en Madrid. Toda una condena. Algunos de los personajes que aparecen aquí, ministros incluidos, hoy sólo perviven en la memoria. Y no en la de todos.

Pastillas para no soñar

28 octubre 2008

No pruebes los licores del placer, mantente dentro de la ley, olvídate de esa mujer, haz músculos de cinco a seis, evita el humo de los clubs, reduce la velocidad, vacúnate contra el azar, deja pasar la tentación, dile a esa chica que no llame más, vigila tu colesterol, no lo hagas nunca sin condón, es peligroso que tu piel desnuda roce otra piel sin esterilizar, ponte gomina que no te despeine el vientecillo de la libertad. Sí, claro, pero... ¿quién no quiere vivir cien años? Que levante la mano. Y si protesta el corazón, en la farmacia habrá que preguntar: señorita, por favor… ¿las tienen? Sí, esas, las de color azul.

Subasta a la baja

23 octubre 2008

Profeso una simpatía mal disimulada por los desertores de las llamadas, con perdón, ciencias jurídicas. Son la promesa de una ventana abierta a un futuro, si no mejor, al menos diferente. El problema de salir por una ventana abierta, sin embargo, es de sobra conocido: hay que acertar con la de la planta baja, o las consecuencias pueden ser fatales. Robert Louis Stevenson acertó, y su ventana le transportó desde las oscuras Salas de Vistas de su Edimburgo natal, a los soleados y paradisíacos archipiélagos del Pacífico Sur. Es posible que fuera en este largo viaje donde aprendiese que, para alcanzar todo lo que verdaderamente merece la pena, quizá tengamos que vender cada vez más baratos nuestros objetos de valor. Y eso no siempre resulta fácil, porque las ventas a la baja las carga el diablo. El diablo en la botella, claro.

Que le vaya bonito

21 octubre 2008

Buen intérprete, el amigo Enrique. O artista ejecutante, que dirían nuestros celosos garantes de la propiedad intelectual. Esta canción está desversionada, quién la versionará, el versionador que la versione, buen versionador será. Enrique, fijo. Ya pasó varias veces por aquí, y aún no nos dejado nada suyo. Y lo que te rondaré, morena. Y mira que escribió canciones, y buenas, y nadie las cantaba como él. No le dejaremos escapar sin que nos tararee alguna. Pero es que cuando cantaba las de los demás… joder, hay que reconocer que les daba un punto. Un punto melancólico, un punto taciturno, un punto de tristeza, un punto de amargo desconsuelo. Bueno, vale, eso son varios puntos. El caso es que lo hacía mejor que bien. A veces, incluso, en buena compañía. Ay, Enrique, cuántas luces dejaste encendidas… yo no sé cómo voy a apagarlas. Ni a pagarlas, que tampoco es cualquier cosa.



Carretera y manta

15 octubre 2008

Si en 1979 el viejo Van fue desde el oscuro final de la calle al lado soleado de la carretera, casi diez años después los chicos de Danza Invisible estuvieron a punto de hacer el trayecto inverso. Y es que hay que tener valor para atreverse con según qué cosas, sobre todo cuando no hay necesidad alguna. Pero, como todo el mundo sabe (y practica a diario), el mundo es de los valientes. Así que la jugada no les salió del todo mal. No se estrellaron. Sólo se quedaron parados a este lado de la carretera.

Recuerdos para el día de mañana

07 octubre 2008

A mí, la pasión por el fútbol me enganchó tarde, a los catorce o quince años. A lo mejor por eso me dura todavía, porque otros muchos amigos se la han ido dejando por el camino, cansados, aburridos… tal vez responsabilizados por las graves preocupaciones de nuestro tiempo, vaya usted a saber. Yo, desde luego, si la mantengo no es gracias a la calidad de espectáculos como el que nos brindaron los muchachos el domingo por la tarde, en la Nueva Condomina; ni cinco líneas les pienso dedicar, y ya llevo más de dos. No, lo que yo quería decir es otra cosa.

Aquella afición mía por el fútbol, que tanto se hizo de rogar, era una afición de Carrusel Deportivo los domingos por la tarde, de Estudio Estadio los domingos por la noche, y de Marca o As los lunes al volver del colegio. De ir al estadio, más bien poco tirando a nada. En el recreo del lunes, o en la cola para entrar a clase, me comía los dedos de envidia escuchando a los habituales de la Condomina vieja, a José Clemente, a Miguel Ángel, a Octavio, a Paco… incluso al siempre ponderado Raúl Felipe. Sobre todo en los años gloriosos de Guina, «el Macho» Figueroa, Vidaña, Núñez. Undécimos en primera, en la 83/84. Ahí es nada.

Hasta entonces, sólo recuerdo haber ido dos veces al estadio. Una contra el Real Madrid, con mi padre; yo tenía seis o siete años, aún no existía la grada alta y no me gustaba el fútbol, pero me apuntaba a un bombardeo. Con los nuestros jugaba un tal Walberto Casco, al que expulsaron, y un calvo con parachoques que lucía, no obstante, una luenga y poco cuidada melena, y que se apellidaba García Soriano, pero al que todos aquellos señores mayores se empecinaban en llamar «la bruja». Perdimos cero a uno con gol del murciano Macanás, que fue recibido en el centro del campo por una bella señorita que portaba un no menos bello ramo de flores. Por aquel entonces, que uno de los tuyos llegase a jugar en el Real Madrid o en el Fútbol Club Barcelona era todo un honor; hoy, sólo el hecho de que te hagan una oferta se considera poco menos que una afrenta grave. Cosas del estado de las autonomías y de nuestras diversas realidades nacionales. La segunda vez que aparecí por el estadio fue varios años después, con mi afición al fútbol recién estrenada, o casi. Jugaban la selección española contra la francesa en partido de clasificación para unos Juegos Olímpicos, no recuerdo cuales; por aproximación, yo diría que los de Los Ángeles. Da igual, no nos clasificamos. Ese partido —que se jugó después de acomodar malamente en la grada a varios cientos de personas que habían adquirido entradas falsificadas, y no encontraron mejor solución a su problema que echar abajo una puerta y ocupar las bandas para presenciar el partido a ras de césped— ese partido, decía, también lo perdimos por cero a uno, con gol de un tal Touré que, por edad, podría ser perfectamente el padre del que ahora juega en el Arsenal de Londres.

Y, por si sí o por si no, ya no me dejaron volver por allí hasta mucho más tarde, cuando estaba por dar carpetazo a mi gris periplo universitario. En el ínterin, me había dejado caer dos veces por el estadio Santiago Bernabeu, con sendas victorias locales. Cinco a cero contra el Wacker Innsbruck, a punto de comenzar primero de derecho, y cinco a uno contra el Inter de Milán a poco de terminar segundo. Se ve que estas holgadas victorias redimieron mi pésimo historial como hincha, y de nuevo se me franquearon las puertas de la Condomina vieja. Esta vez, gracias al carnet de socio del padre de mi amigo Antonio Fernández, que había desertado de la grada abrumado por la imparable marcha de nuestro equipo en su regreso a casa. A nuestra casa, a segunda división. Esa tarde vencimos con brillantez al Fútbol Club Barcelona por dos a cero, lo que no fue óbice para que al final se consumase nuestro descenso de categoría.

Bonitos recuerdos, sí, pero me faltan algunos en la colección. El de haber dado un repaso a los futbolistas de la plantilla en la revista que reparten al entrar. El de habernos reído de lo feo que es el número siete. El del pirado devorador de pipas que no para de gritar como un energúmeno. El de cantar con los colegas un gol del equipo local a los ocho minutos de partido. El de haberle dicho a un amigo que cada vez que la toca el once hay peligro. El de discutir con otro quién es mejor, si el siete, que antes jugaba en el Athletic de Bilbao, o el catorce, que antes jugaba en el Real Madrid. El de escuchar al padre de mi amigo decir que el único que se atreve a jugar algo es el nueve. El de celebrar la expulsión de un rival. El de dar un pescozón al de tu derecha y mirar hacia la izquierda. El de colarse en la cola de la cantina para comprar agua, Fanta y alguna que otra porquería más. El de protestar airadamente las decisiones del árbitro, como hace todo el mundo. El de tirar bolitas de papel por el cuello de la camisa al padre de mi amigo, que está sentado en la fila de abajo. El de una sonora pitada y una blanca pañolada. El de gritarle al entrenador que se vaya ya, que se vaya ya, que–se–va–ya–yá. El de hacer cientos de papelitos con la revista que lleva las fotos de los jugadores y lanzarlos al aire cuando suena el pitido final. El de haber compartido una tarde de fútbol con los amigos del cole. Y el de clavar la entrada con una chincheta en el corcho al volver a casa. Me faltan los recuerdos que sí tendrán Jaime, Juan, Cristóbal y Leandro a la vuelta de unos años, quizá no tantos como pensamos. Entre ellos, el de una sufrida victoria de nuestro equipo. Sufrida, pírrica, triste, sí, pero una victoria al fin y al cabo, que, o mucho cambian las cosas, o me temo que este año van a ser un bien escaso. Y es que, no sé si lo son o sólo lo parecen, pero qué malos, coño, qué malos. Bueno, va, he dicho que no les iba a dedicar ni cinco líneas, y ya he pasado de seis. Ni una más.

La ventana indiscreta

05 octubre 2008

Se ve todo el mundo desde aquí. La pastelería del barrio escondida detrás de su persiana granate. La luz de media docena de farolas de litio. La sinfonía del camión de la basura. El mobiliario urbano en perfecto estado de revista. La cruz de la farmacia. El gato que está triste y azul. Pasa un chulo en su descapotable rojo. Me fugo con una chica que va en bicicleta y me distrae un vecino que no hace más que rascarse la cabeza. Un hombre haciéndose la cama en un banco del parque. Una prostituta camino del trabajo. La entrañable despedida de dos borrachos. Un beso robado en un estrecho portal. El coro de los grillos que cantan a la luna. La maleta roja y las Ray-Ban de Tanita Tikaram. Ahora mismo estás mirando por esta ventana, seguro. ¿Qué ves aquí fuera?



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