Licencia de obras

25 abril 2013

― Yo fui escritor ―dijo el viejo―. Pero lo dejé. Esta máquina de escribir me la regaló mi padre. Un padre cariñoso y culto que llegó a vivir hasta los noventaitrés años de edad. Un hombre básicamente bueno. Un hombre que creía, de más está decirlo, en el progreso. Pobre mi padre. Creía en el progreso y por supuesto creía en la bondad intrínseca del ser humano.

(...)

Pobre mi padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito y zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si usted se fija con atención, no están escritos por ellos.

Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un autor de obras maestras. ¿Quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma por el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia ―le dijo el viejo ex escritor a Archimboldi y Archimboldi recordó a Ansky―. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.

Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Disculpe las metáforas. A veces me excito y me pongo romántico. Pero escuche. Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor. Me pregunté: ¿por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio?

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. Nos equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. Nos vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.

(...)

Nos vemos en el Nobel. Hemos hecho historia. El pueblo alemán nos lo agradece. Una batalla heroica que será recordada por las generaciones venideras. Un amor inmortal. Un nombre escrito en el mármol. La hora de las musas. Incluso una frase aparentemente tan inocente como decir: ecos de una prosa griega no contiene más que juego y equivocación.

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes) y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. La pequeña diferencia es que aquí hablamos de un plagio consentido. Un plagio que es un camuflaje que es una pieza en un escenario abigarrado que es una charada que probablemente nos conduzca al vacío.

(...)

Llegó el día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en ese paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio, dejar la literatura, es decir dejar de escribir y limitarse a leer!

Roberto Bolaño
en 2666 (2003)

8 comentarios:

supersalvajuan dijo...

No le pillo yo el asunto al difunto escritor. Lo intenté, varias veces, con Los detectives salvajes. Y ahí sigo.

Leandro Llamas dijo...

No sé yo si Los detectives salvajes es lo más indicado para pillarle el asunto a nada, ni siquiera al difunto escritor

Amor dijo...

Pues yo se lo pillé con ese precisamente. ¿Has terminado ya el gordo?

Leandro Llamas dijo...

Sí, lo terminé. Sé que es difícil de creer, pero lo terminé

Amor dijo...

¿Y qué tal? Como dice mi amiga ¿te gusta, te gusta mucho o te encanta?

Leandro Llamas dijo...

Pues, bueno... no se puede decir que la mía sea una opinión muy autorizada, pero si la pides será porque tienes asumido el riesgo de que te la dé. De entrada, siendo más gordo que Los Detectives Salvajes, me lo ha parecido menos. Eso es bueno, en principio. Aparte de eso, creo que tengo varias opiniones. Una, para el conjunto: es deslavazado, le falta cohesión, es difícil de entender como tal, como un conjunto, como una obra; o eso, o yo no doy la talla en la escala de modernidad. Otra, para cada una de las cinco partes: cada una, por su cuenta, es una muy buena novela; eso sí: una muy buena novela inacabada. Y una tercera, para los detalles, para fragmentos o pasajes, para el página a página: es brillante por momentos, sólo dejarse llevar por ella merece la pena. Si tienes tiempo, claro. Bastante tiempo, por cierto

Amor dijo...

A mí la última parte me pareció espectacular, maravillosa, increíble. Muy cervantina, muy fluída y tremendamente interesante. Las otras, muy buenas novelas aunque con altibajos. La de los crímenes me gustó mucho aunque la mayoría de gente con la que lo he comentado se la saltó a partes por repetitiva. No sé, a mí me parece muy lírica, como un enorme poema de terror. Y en lo del página a página, completamente de acuerdo, qué bien escrito está todo.
Lo de que esté inacabada, en fin, porque lo sabemos de antemano, que si no... para mi gusto no le falta nada.

Leandro Llamas dijo...

Yo no he dicho que sea o parezca una novela inacabada. Al menos, no es eso lo que he querido decir. Lo que pretendía decir es que cada una de las cinco partes, por separado, sería una muy buena novela... incabada; cada una de ellas, no el conjunto. El conjunto no me parece incompleto, me parece falto de cohesión. El hilo que cose las cinco partes es demasiado fino para mi gusto, es un pespunte casi invisible. A mí se me queda escaso, quizá porque soy demasiado clásico, vaya usted a saber. Es lo único que le achaco. Las cinco partes me han gustado, y mucho. Y me ha gustado especialmente lo distintas que son entre sí. La parte de los crímenes es magnífica, y la aparente reiteración funciona como un metrónomo terrible, cruel. Por lo demás, con tiempo y paciencia es magnífico dejarse llevar por la novela, es un lujo aprovechar cada tiempo muerto para leer un pasaje o un fragmento, porque en cada uno de ellos se puede disfrutar de la lectura. Pero al final, el conjunto... no sé, se me escapa cada cosa por un lado. Debe ser un deficiencia de mi personalidad

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