El sol de Méliès

17 enero 2019

Hace dos veranos fui a París por primera vez. Estuve allí un día. Uno. El 23 de agosto de 2017. Bajé del tren poco después de las ocho de la mañana y lo volví a coger pasadas las nueve de la noche. Y es posible que resulte difícil de creer, pero entre la bajada del primer tren y la subida al segundo pude ver la ciudad entera. Todo. De verdad. No me pregunten cómo fue posible, porque no podría explicarlo. Es mi hija quien guarda el secreto de la suprema eficacia y a ella le debemos el éxito de aquel titánico esfuerzo turístico, así que, si tenéis curiosidad por saber algo más sobre el particular, hablad con ella. Si la pilláis, claro. Por lo que a mí respecta, yo, ahora, haré un esfuerzo de concreción y me ceñiré a unos minutos, apenas un par, de aquél día felizmente agotador.

A media tarde, a eso de las seis, con las reservas bastante menguadas ya, desembocamos en la Plaza de la Opera. Y al llegar allí, en el centro, frente a la imponente fachada del Teatro, fui consciente de encontrarme en el sitio en el que comenzaron su andadura los efectos especiales en el cine. «Maravilloso», me dije. A mí, sí. A nadie más, que tampoco era cuestión de que continuase creciendo mi bien ganada fama de pelma. Ese tipo de cosas las dejo para este rincón, y fíjense el tiempo que me ha llevado. Casi un año y medio. Qué barbaridad. Bien, no nos vayamos por las ramas. El sitio en el que comenzaron su andadura los efectos especiales en el cine, decía. Porque fue allí donde George Meliés descubrió su primer truco cinematográfico: el llamado paso de manivela, también conocido como técnica de parada y sustitución. Y lo descubrió por casualidad, como se han descubierto tantas y tantas cosas, desde microscópicos antídotos contra bacterias hasta continentes enteros. Según cuentan las crónicas (y el propio interesado, al parecer) fue allí donde una tarde, mientras rodaba, a Mesieur Mélies se le atascó la cámara. Nada más advertir esta molesta circunstancia procedió a reparar el desperfecto y, tras una breve interrupción, continuó tomando imágenes como si no hubiese pasado nada. Pero sí había pasado. En concreto, habían pasado varias cosas por el preciso lugar hacia el que tenía enfocada su cámara. Más tarde, cuando reveló el material y lo proyectó, pudo comprobar que donde había una joven agraciada aparecía de repente un provecto caballero, y un autobús cargado de pasajeros que transitaba por la plaza se transformaba sobre la pantalla en una carroza fúnebre. El efecto de la proyección prendió la chispa en el descomunal ingenio de Mélies, que comprendió al instante que aquél invento serviría para mucho más que trasladar al espectador las meras imágenes que iba tomando del natural. Y el resto es historia.

De Mesieur Mélies se pueden contar muchas cosas, casi tantas como las que él nos contó. Entre otras, que fue el primer narrador de historias en el cine, un invento que hasta ese momento había tenido un carácter fundamentalmente documental. Que trasladó a esas historias toda la fascinación que antes había sentido por el teatro y la magia, empleando infinidad de efectos visuales y de tramoya. Que inventó el cine en color empleando una técnica eminentemente artesanal: el coloreado de la cinta fotograma a fotograma. O que fue el primero en emplear los efectos especiales, aunque me parece que esto ya lo he dicho. En fin... apenas unas líneas y ya empiezo a repetirme. El caso es que sobre todas estas cosas y otras muchas más que tienen que ver con la vida y milagros de Georges Mélies se puede encontrar información a raudales a poco que uno la busque. De entre los aproximadamente cuatro millones de resultados que Mr. Google me acaba de proporcionar en apenas 0,46 segundos, recomiendo estos poco menos de nueve minutos que el programa Días de Cine le dedicó con motivo del 150º aniversario de su nacimiento (razón, aquí). También, para los que dispongan de un rato más largo, este otro programa que proyectó la UNED en su canal, y que cuenta como extra nada desdeñable con un momento estelar del no menos mágico Juan Tamariz (éste, aquí). Y para quienes anden sobrados de tiempo libre o gocen de la capacidad de organizarse eficazmente el que tienen, existe además una película documental que dura más de dos horas (La magia de Meliés, de Jacques Mény, 1997). Debo confesar que aún no la he visto, aunque ya está felizmente incorporada a mi creciente lista de tareas pendientes, pero como tengo buenas referencias de ella, por el mismo precio también la dejo enlazada aquí.

Información, como ven, hay mucha más de la que un mero aficionado diletante está condiciones de copiar y pegar en su blog, así que lo mejor será dejar que el propio Meliés hable por sí mismo, que es de lo que se trata, y nos cuente su Viaje a traves de lo imposible (1904). Porque Meliés es famoso por su luna, lo sabemos casi todos, pero también tuvo un sol. Y si podemos asociar la primera al célebre dicho popular que reza donde pone el ojo pone la bala, el segundo quedará ligado para siempre a una de las máximas de la prudencia: en boca cerrada no entran moscas. Y quien dice moscas, dice trenes. 





Los que amamos las historias en el cine, y las catástrofes, y los tiburones, y los fantasmas, y los viajes espaciales, y los alienígenas, y las casas encantadas, y los monstruos... sólo podemos decir una cosa: gracias Meliés, contigo empezó todo.

Jara y sedal

09 noviembre 2017

(...) A mi entender, hay dos tipos de narradores: los cazadores y los pescadores. Los cazadores salen a buscar la materia literaria, se adentran en territorios inexplorados y aguzan los sentidos para dar con una historia, un personaje, un hilo del que tirar o una revelación que les abra el camino de la palabra, casi como los caballeros medievales que se calzaban la armadura, se montaban en el caballo y salían a la aventura. Luego están los narradores pescadores, que se sientan a la orilla de un río y echan la caña. Inmóviles, se arman de paciencia y esperan que los peces piquen el anzuelo. Si la historia no les pasa por delante, contemplan la vida y llenan el tiempo de espera con la imaginación y el pensamiento, y al final puede pasar que la pesca sea casi una excusa para narrar todo lo que les rondaba por la cabeza.

Jordi Puntí
en La Paciencia
(Esto no es América, 2017)

Primeros sonidos

20 marzo 2017

Rodada en otoño de 1929 y estrenada, según cuentan las crónicas (y la Wikipedia), el 11 de enero de 1930, abriéndose camino por entre los últimos estertores de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, «El Misterio de la Puerta del sol» es la primera película sonora del cine español. O quizá, para ser más precisos, deberíamos decir parcialmente sonora. Porque, tomando a pies juntillas aquello de estar en fase de transición del cine mudo al cine sonoro, la película alterna, precisamente, tramos silentes y tramos con sonido, haciendo honor así a su inclusión en nuestra sección «Cinema Prehistórico».

¿Algo sobre lo que llamar la atención en la película, amén de lo que en sí misma pueda tener de curiosidad histórica? Pues sí, alguna que otra cosa.

Por ejemplo, las estridentes voces de unos actores que aún no se han adaptado al cine sonoro. De hecho, no todos lo conseguirán. Muchos de ellos pasarán al archivo, primero, y al olvido después. Huelga decir que, a lo largo de la película, se les ve mejor y más sueltos cuando no se les oye. El bello histrionismo de los actores del cine mudo se convierte en algo chillón cuando se le añade el sonido, y aquí podremos comprobarlo sin necesidad de cambiar de película.

Tenemos también, claro, los casi inevitables números musicales, esa terrible servidumbre del primer cine sonoro, aquí en su versión más hispana. Sólo para amantes de la canción española, la copla y aledaños.

Hay, además, algo de humor. De un cierto humor, al menos. Un humor algo ingenuo, por decirlo de alguna forma, pero que, si bien es difícil que nos haga reír a estas alturas, al menos nos permitirá descubrir que el número supuestamente cómico con el que los hermanos Cadaval (aka Los Morancos) saltaron a la fama en un programa especial de una ya lejana Nochevieja, encuentra un antecedente directo en esta vieja película de los años veinte.

Como siempre me ocurre con estas películas prehistóricas, me fascinan los exteriores. Gracias a ellos podremos ver, sin necesidad de decorados ni de recreación digital, el aspecto que presentaba la Puerta del Sol en 1929. Fascinante. O estremecernos ligeramente, ahora que ha transcurrido más de un año desde la tragedia, ante el emplazamiento de un cabaret llamado Bataclán en el número 40 del Paseo de Rosales. Que sí, existió, como lo prueba el anuncio que aparece en la página 6 de este ejemplar del Heraldo de Madrid del miércoles, 5 de septiembre de 1928 (edición de noche). Por cierto que, dicho sea de paso, también a este periódico se le asigna un papel de cierta relevancia en la película. 

Me quedo también con el detalle de que alguien se hubiese lanzado a hacer cine sobre cine ya entonces, prácticamente en los albores del séptimo arte. ¿Acaso ya intuían la grandeza de este invento? ¿O se trata tan solo de una manifestación, una más, de la inveterada costumbre de mirarse el ombligo? Un poco de todo, posiblemente.

Encontraremos, por último, ingenuidad. Mucha ingenuidad. Ingenuidad a raudales. La que destila la película y la que se presume al público. Toda la ingenuidad que nos falta casi noventa años después... y un poco más, si cabe. Y es que estas películas hay que verlas con cierto cariño, no lo olviden.

Así que, ya saben, desempolven la poca ingenuidad que les quede, si es que les queda alguna, ármense con todo el cariño del que puedan disponer tras haber cumplido en el terreno de los afectos con parejas, hijos, amigos y familiares, y abran en su vida un paréntesis de apenas una hora y once minutos para disfrutar de El Misterio de la Puerta del Sol o El Último Día de Pompeyo. De Pompeyo Pimpollo, para más señas.

De oficio, descubridor

22 julio 2016

Hoy, en nuestras secciones «Cinema prehistórico» y «Recomendaciones a las que, por supuesto, nadie hará caso», rescatamos La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, una joya de 1916 que cumple precisamente ahora, en efecto, cien años. Porque si algo sabemos aquí es contar, sumar y restar con un margen de error aceptable. Bueno, pues eso: como decía, cien años contemplan a esta superproducción franco-española. Entiéndase por superproducción, conforme a los cánones de la época, y según cuentan las crónicas, que su coste anduvo en torno al millón de pesetas y que en su rodaje se emplearon, ojo, hasta tres cámaras. Y la verdad es que se nota. No, en serio. Hay que ubicarse espacio-temporalmente y dedicar a esas imágenes una mirada algo más ingenua que la del espectador contemporáneo que somos. Conseguido esto, el resto es cuesta abajo. 

De entre las muchas virtudes de la película, que las tiene y que no me voy a poner a enumerar aquí y ahora para no cansar al lector y para no ponerme en evidencia, hay una que no me resisto a pasar por alto: los fascinantes exteriores rodados en La Alhambra. Una Alhambra luminosa que en la película aparece muy distinta de la que hoy podemos visitar de forma programadísima y organizadísima. Merece la pena admirarla así, créanme.

La película se puede ver en los dos siguientes enlaces:

a) La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, en Europeana 1914-1918. Una vez en la web, pulsen en el recuadro gris donde pone Play video, aunque no aparezca ninguna imagen.

b) La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, en YouTube. En este caso, voy a dar por supuesto que todo el mundo conoce el funcionamiento.

A día de la fecha, la película está a la vuelta de esos dos enlaces, pero no pierdan de vista la proverbial volatilidad que rige el mundo Internet. Hoy están, mañana quién sabe.

En el primer enlace, la película se muestra tan muda como fue concebida en su momento. En el segundo, se escucha de fondo un molesto soniquete con reminiscencias morunas que aconsejo silenciar, salvo a los incondicionales de los sonidos étnicos. De hecho, salvo a los muy incondicionales. Tanto el soniquete como el silencio pueden ser sustituidos por musica, y para el caso que nos ocupa, qué mejor que la Sinfonía nº 9 de Antonín Dvořák, conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo. Os lo pongo fácil:


La duración de la película supera a la de la música, así que lo mejor es poner ésta última en bucle y desentenderse hasta el final. Quienes opten por hacerlo así, comprobarán cómo, poco a poco, y de forma hasta cierto punto sorprendente, la música se irá amoldando a las imágenes, a la historia y a la fantástica gesticulación teatral de los actores mudos, como un lienzo de seda húmedo a un cuerpo desnudo. Supongo que eso ocurrirá con cualquier otra pieza y, sobre todo, a cualquiera que, lamentablemente, carezca de oído y entendimiento musical. Qué le vamos a hacer. 

En fin, como quiera que sea, con oído o sin él, toda una experiencia estética. Me pregunto si habrá alguien que disponga de un una hora y cuarenta y dos minutos para disfrutarla.

Rescatando ropa vieja de un armario oscuro

18 julio 2016

La gente de Colectivo Iletrados, gente joven e inquieta (bueno, joven... en fin, más joven que yo, seguro; pero muy inquieta, eso sí), la gente de Colectivo Iletrados, decía, tuvo a bien publicar uno de mis textos en el número 16 de su Manifiesto Azul. Y no sólo eso. Me invitaron, además, a la fiesta de presentación del susodicho Manifiesto, y me ofrecieron leer allí mismo, en voz alta y en presencia de un distinguido y numeroso público, el texto que me habían publicado. Quien me conoce y ha visto cómo suelo desenvolverme en una fiesta y los claros que se van abriendo a mi alrededor, sabe que esa invitación y el consiguiente ofrecimiento nos hablan de gente, además de joven e inquieta, temeraria. Francamente temeraria. Seguro que esa misma invitación y ese mismo ofrecimiento a los demás escritores que allí publican, en esta y en otras ocasiones anteriores, ha dado un resultado más que satisfactorio. Y seguro que lo habrán pasado muy bien. Pero eso no les exime de responsabilidad: su invitación a ciegas (de la que tengo pruebas por escrito) no deja de ser una imprudencia que pudo acabar en desastre. Finalmente, una inoportuna (o no, quién sabe) gripe que me tuvo postrado en cama me impidió asistir, así que nadie tuvo que sufrir las consecuencias de tan temerario acto. Mejor para todos, por supuesto, pero sería deseable que esto no caiga en el olvido y sirva de aviso a navegantes

Bien, pues de todo esto hace ya unos meses, pero no he visto el momento de ponerme a contarlo. O no he querido verlo, que es aún peor. Al final, la cuasi obligación que me impuse de dejar constancia aquí de estos pequeños hitos me ha forzado a hacerlo. Y aquí estoy, dejando constancia. Para la posteridad y eso.

El caso es que ese texto recién publicado no es precisamente un texto reciente. Lo escribí en diciembre de 2006, con la lengua fuera, deprisa deprisa, en aquellas intensas sesiones de escritura creativa en las que Félix Romeo, después de dejarnos claro y meridiano que ninguno de nosotros sería un gran escritor, nos convenció para que, no obstante, lo intentásemos. Lo coloqué aquí en 2008. Más tarde, una vez que tuve la ocurrencia de intentar publicar los relatos que había escrito, lo retiré. Pedí consejo para hacerlo. Para publicarlos, quiero decir. Me fue dado telemática y generosamente por Rubén Castillo, que luego me bloqueó en alguna red social por culpa de un malentendido (quiero pensar), pero esa es otra historia. Ni siquiera lo intenté. Ni siquiera intenté publicarlos, quiero decir. La pereza y otras consideraciones que no vienen al caso lo impidieron. Y luego algunos de esos relatos empezaron a salir poco a poco en una u otra revista. Y esos, los que salen publicados en una u otra revista, los vuelvo a publicar aquí. Pero eso no es escribir. Eso no es más que rescatar del armario un viejo jersey al que tenías cariño y volver a ponértelo cuando todo el mundo había olvidado que existía. Con un poco de suerte, si se conserva bien, puede incluso parecer, si no nuevo, del año pasado. Pero mucho me temo que éste no sea el caso

Propósitos para el año nuevo

28 diciembre 2015

Podría hacer una larga lista, como la que hago todos los años. O podría ir un poco a lo que salga, como acabo haciendo todos los años. O, para variar, podría adscribirme a la escueta lista de buenos propósitos del Sr. Alfaro y tratar de darle cumplimiento, que no parece fácil. De esa lista, podría pasar por alto el quinto y me interesa cumplir, sobre todo, el último. Pero vamos, doy el año por bueno si acierto con los demás.

Vuelta a los clásicos por Navidad

23 diciembre 2015

Siempre merece la pena volver a los clásicos, pero a los clásicos también hay que darles una vuelta. Que no es lo mismo. Darles una vuelta por la ciudad para que se aireen un poco, ahora que refresca. Darles vuelta y vuelta, para sellarlos sin que se pasen, que no pierdan su jugo. Darles una vuelta sobre sí mismos y mirarlos por detrás. Y sobre todo, darles una vuelta de tuerca. 

¿Y acaso hay algo más clásico que la Navidad? Quizá sea por eso por lo que volvemos a ella una y otra vez. Es clásica ella, en sí misma, y a su vez está llena de clásicos: villancicos clásicos, las clásicas reuniones familiares, las clásicas cenas de empresa, cenas y comidas clásicas, el clásico árbol con sus clásicas bolas y estrellas, los clásicos regalos. La Navidad difícilmente nos sorprenderá, sabemos lo que podemos esperar de ella. Es fiable. Es como un pequeño refugio al final del año.

Perfecto. Entremos pues en el refugio, sentémonos delante del fuego y abramos un libro. ¿Cuál? Bueno, para aquéllos que no quieran abandonar la senda de lo tradicional, aquí dejo este breve clásico navideño, con su correspondiente vuelta. De tuerca, por supuesto.

Relájense. No se lo tomen demasiado en serio. Pasen una feliz Navidad.

Algunas leyendas negras sobre los abogados

09 diciembre 2015

(...) Había otro asunto que lo tenía a la sazón un poco perplejo. Yo le había dicho que algunos hombres de nuestra tripulación habían salido de su país a causa de que habían sido arruinados por la «ley», palabra ésta cuyo significado le había explicado ya; pero no alcanzaba a comprender cómo era posible que la ley, creada para la protección de todos los hombres, pudiera causar la ruina a ninguno. Por consiguiente, me rogaba que le explicase mejor lo que quería decir cuando le hablaba de la ley y de los que la administraban, con arreglo a lo que era práctica en mi país, porque él suponía que la naturaleza y la razón eran guías suficientes para indicar a un animal racional, como nosotros pretendíamos ser, qué debíamos hacer y qué debíamos evitar.

Aseguré a su señoría que la ley no era ciencia en que yo fuese muy ducho, más allá de contratar los servicios de abogados en vano, con ocasión de algunas injusticias cometidas contra mí; sin embargo, trataría de satisfacerlo en la medida de lo posible.

Le dije que entre nosotros existía una sociedad de hombres, educados desde su juventud en el arte de probar con palabras multiplicadas con ese propósito, que lo blanco es negro y lo negro es blanco, según para lo que se les paga. Para esta sociedad, el resto de las gentes son esclavas. Por ejemplo: si a mi vecino se le antoja mi vaca, contrata a un abogado que pruebe que debería quitármela. Entonces tengo que contratar a otro para que defienda mi derecho, pues va contra todas las reglas de la ley que se permita a nadie hablar por sí mismo. Mas en este caso, yo, que soy el propietario legítimo, cuento con dos grandes desventajas. La primera es que, como mi abogado se ha ejercitado casi desde la cuna en defender la falsedad, está fuera de su elemento cuando quiere abogar por la justicia (oficio que no le es natural) y lo hace siempre con gran torpeza, si no con mala fe. La segunda desventaja es que mi abogado debe proceder con gran precaución, pues de otro modo le reprenderán los jueces y lo aborrecerán sus colegas, como a quien rebaja el ejercicio de la ley. Por tanto, no tengo más que dos medios para defender mi vaca. El primero es ganarme al abogado de mi contrincante pagándole el doble de sus honorarios, para que traicione a su cliente insinuando que la justicia está de su lado. El segundo procedimiento es que mi abogado dé a mi causa tanta apariencia de injusticia como le era posible, reconociendo que la vaca pertenece a mi contrincante; esto, si se hace diestramente, conquistará sin duda el favor del tribunal.

Ahora bien, debe saber su señoría que estos jueces son personas designadas para decidir en todos los litigios sobre propiedad, así como para juzgar a los criminales, y que son seleccionados de entre los abogados más hábiles cuando se han hecho viejos o perezosos; y como durante toda su vida se han inclinado en contra de la verdad y la equidad, sienten tal necesidad de favorecer el fraude, el perjurio y la opresión, que he sabido de varios que prefirieron rechazar un cuantioso soborno de la parte a la que asistía la justicia antes que injuriar a la profesión haciendo cosa impropia de la naturaleza de su cargo.

Estos abogados siguen la máxima de que cualquier cosa que ya se haya hecho antes puede volver a hacerse legalmente; y, por lo tanto, ponen especial cuidado en documentar todas las resoluciones anteriormente tomadas contra la justicia común y contra la razón corriente de la Humanidad. Las sacan a colación, con el nombre de «precedentes», como autoridades para justificar las opiniones más inicuas; y los jueces no dejan nunca de fallar conforme a ellas.

Cuando defienden una causa evitan cuidadosamente cuanto signifique entrar en sus méritos; pero son vociferantes, violentos y tediosos sobre todas las circunstancias que no hacen al caso. En el ejemplo antes mencionado, nunca procuran averiguar qué derechos o títulos tiene mi adversario sobre mi vaca, sino si dicha vaca es colorada o negra, o si sus cuernos son largos o cortos; si el campo donde la llevo a pastar es redondo o cuadrado, si se la ordeña en casa o fuera, qué enfermedades padece, y cosas por el estilo; después de lo cual consultarán precedentes, suspenderán la causa una y otra vez, y a los diez, o a los veinte, o a los treinta años, se alcanzará el desenlace.

Asimismo debe observarse que esta sociedad posee una extraña jerigonza y jerga propia, que ninguno de los demás mortales puede entender, y en la cual están escritas todas las leyes, que tienen buen cuidado de multiplicar, con lo que han conseguido confundir totalmente la esencia misma de la verdad y la mentira, el bien y el mal, de tal modo que se tardará treinta años en decidir si el campo que me han dejado mis antepasados durante seis generaciones me pertenece o pertenece a un extraño que se halla a quinientos kilómetros de distancia.

En los juicios de personas acusadas de crímenes contra el Estado, el método es mucho más corto y recomendable: el juez manda primero a sondear la disposición de quienes ostentan el poder, y luego puede con toda comodidad ahorcar o absolver al criminal, cumpliendo rigurosamente todas las formalidades legales.

Aquí mi amo me interrumpió afirmando que era una lástima que seres dotados de tan prodigiosas habilidades mentales como estos abogados, según la descripción que yo de ellos hacía, no se dedicasen más bien a instruir a los demás en sabiduría y conocimiento. En respuesta a lo cual aseguré a su señoría que en todas las materias ajenas a su oficio eran ordinariamente el linaje más ignorante y estúpido, los más despreciables en la conversación corriente, enemigos declarados de todo conocimiento y estudio, y del mismo modo dispuestos a pervertir la razón general de la Humanidad en todas las demás materias, al igual que en su profesión.


Johnatan Swfit
en Los Viajes de Gulliver (1726)

Por qué no creo en este equipo

26 noviembre 2015

No estoy tan quemado como parece, de verdad. De hecho, quizá debería estarlo mucho más (futbolísticamente hablando, por supuesto). Pero no. Sólo constato que nuestro equipo de fútbol no sólo está mal, sino que a la larga lleva camino de ir a peor.

Es posible que nuestro equipo carezca de carácter competitivo o de hambre de victorias, como dicen. No lo sé. Pero lo que no tiene son ganas de mejorar, eso parece evidente. No es de ahora, es algo que viene de bastante tiempo atrás, aunque no sabría decir exactamente desde cuándo. Si hablamos de calidad, la plantilla es excelente, probablemente una de las mejores de la historia del Club. También era excelente la del año pasado. Y la de la temporada anterior. Y la anterior. Pero no tiene espíritu de superación. Ojo: no confundamos el afán de brillo individual de algún jugador con el espíritu de superación del equipo, que es de lo que me interesa hablar aquí. Porque ese espíritu de superación que no aparece hace ya mucho tiempo, había sido desde siempre la seña de identidad de este Club.

Son muy buenos jugadores, los nuestros. En algún caso, jugadores extraordinarios. Por eso hay rachas de buen juego, de muy buen juego incluso (la segunda temporada con José Mourinho, el otoño de 2014). Y por eso ganan títulos (la segunda temporada con José Mourinho, la primavera de 2014). Pero no hay continuidad, no hay ciclos dominadores. Aparecemos y desaparecemos. Y menos mal que, por ahora, el Club nada en la abundancia. Eso es lo que nos permite asomar la cabeza en lo más alto de vez en cuando. Pero mientras sigamos así, y todo parece indicar que vamos a seguir así mucho tiempo, nunca marcaremos el paso.

Os voy a poner un ejemplo. Un ejemplo doloroso. Estamos destinados a cruzarnos en todas las competiciones con otro equipo que, para nuestra desgracia, da continuas muestras de todo lo contrario. El pasado sábado, cuando ya nos habían metido cuatro y nos habían ridiculizado en nuestra propia casa, sus jugadores hacían corrillo en el césped y se jaleaban para ir a por el quinto. Nuestro equipo, ayer, cuando ya ganaba cuatro a cero, y a pesar de «lo» del sábado, «vio el partido demasiado hecho» y se relajó. Y nos cayeron tres goles en once minutos. Y gracias. Con la que está cayendo, ¿en la cabeza de qué futbolista de este Club puede caber que existía la más mínima opción de relajarse? ¿Cómo es posible que no se les pasara por la imaginación ir a por más? Pues no. Su instinto, su acto reflejo, fue levantar el pie del acelerador. Y nuestro entrenador subraya que «hemos hecho un grandísimo partido durante setenta y ocho minutos». Pues muy bien. Vamos a por los siguientes grandísimos setenta y ocho minutos, que no sabemos en qué momento de qué partido tocarán. Mientras tanto, el equipo que el pasado sábado nos metió cuatro goles, en el siguiente partido fue a buscar el quinto después del cuarto, y el sexto después del quinto. Los dos han ganado, los dos consiguieron su objetivo y se clasificaron como primeros de grupo; más allá de la victoria, esos resultados no sólo no eran decisivos, sino que eran más bien intrascendentes. Pero son sintomáticos.

Muchos de nuestros jugadores, y entre ellos algunos de los más significados, van a vivir durante mucho tiempo de la décima Copa de Europa del Club, esa que llegó doce años después de la novena. En ese otro equipo con el que estamos destinados a cruzarnos siempre, sus jugadores vienen de ganar todos los títulos que disputaron la temporada anterior. Todos. Y cuando los ves en el campo parece que no hayan ganado nada en toda su carrera, sólo piensan en ganar el siguiente título, el que sea, da igual. O esa es la sensación que transmiten. El contraste es doloroso. Y más doloroso aún si tenemos en cuenta que ese otro equipo está sancionado y disputa la mitad de la temporada sin haber podido reforzar la plantilla con nuevos jugadores; que el mejor jugador de su historia ha estado lesionado dos meses, circunstancia ésta que han aprovechado para meternos seis puntos de ventaja y cuatro goles en nuestra propia casa; que su anterior presidente, el actual, varios directivos y la mitad de la plantilla están encausados en procedimientos judiciales varios. Da igual. Nada parece afectarles cuando saltan al campo. Por supuesto que hacen malos partidos, incluso muy malos, como nosotros los hacemos buenos, incluso muy buenos. Pero a la larga, ahí siguen, acumulando títulos y haciendo crecer su palmarés.

Muchos de nuestros jugadores, insisto, se van a retirar con una Liga de Campeones, una Liga doméstica y un par de Copas del Rey. Y se van a retirar pensando que han tenido una trayectoria magnífica. No está mal, dirán. Y es cierto, no está nada mal. Pero otros se retirarán con tres Ligas de Campeones (quién sabe si más) y no sé cuántas ligas y copas, y a lo mejor hasta piensan en las que dejaron escapar. Es la diferencia. Una diferencia importante. Crucial.

Yo creo firmemente que el carácter se educa. Lo cual, dicho sea de paso, no quiere decir que practique esa creencia en mi persona; o no tanto como debería, al menos. Pero sí, creo que el carácter se educa. Se forja, que es como se decía antes. Por supuesto que hay una parte de ese carácter que es congénito. Y por supuesto que no es lo mismo empezar a fraguar el propio carácter a los siete años, a los diecinueve, a los veintiocho, a los treinta y cuatro o a los cuarenta y nueve. Ni hacerlo con ayuda o más sólo que la una. Cuanto más traiga uno de serie, cuanto antes se empiece o cuanto más y mejor nos acompañen en ese proceso educativo, mayores serán las posibilidades de éxito al afrontar esta tarea. Una tarea que nunca se puede dar por finalizada y que consiste, en última instancia, en la búsqueda de una continua mejora personal, nada más. Y nada menos. Porque la educación del carácter termina por repercutir en todas y cada una de las caras de ese complejo poliedro que es cada persona: la familia, las relaciones sociales, las inquietudes culturales... y entre otras, por supuesto, el desarrollo profesional, que es de lo que intento hablar aquí. La educación del carácter es una tarea que siempre es posible afrontar y que nunca es tarde para comenzar. Pero hay que querer, claro. Y querer significa esfuerzo, no hay otro camino. No estoy hablando de lo que vulgarmente se conoce como «echarle cojones» (cuánto daño ha hecho y sigue haciendo esta desafortunada expresión), hablo de afán de superación. No se trata de «correr más», sino de querer hacer las cosas cada día mejor, de no conformarse con lo que ya se ha alcanzado, de mirar siempre hacia delante buscando algo más. Algo más en cualquier terreno: controlar los nervios, dominar la cólera, correr un kilómetro más o correrlo en un segundo menos, dedicar una hora más a mis hijos, leer un libro complejo, aprender algo nuevo, escribir una página o, por supuesto, alcanzar una meta profesional. Todo eso requiere esfuerzo. Esfuerzo, que no es sacrificio ni sufrimiento. El esfuerzo es un concepto que contiene un componente positivo muy importante. Uno se sacrifica o sufre por cosas que no quiere o no le interesan, que le suponen una carga. Para alcanzar, cuidar o conservar las cosas que uno quiere de verdad o las que a uno le gustan o le interesan, hace falta esfuerzo. Cuando uno quiere algo, se esfuerza.

Nuestro equipo, sin embargo, da muestras de no querer. Manifiesta alarmantes síntomas de conformismo por lo que se refiere a sus metas profesionales (en otros terrenos, obviamente, lo ignoro). Desde hace bastante tiempo, cualquier logro, más grande o más pequeño, conlleva automáticamente manifestaciones de autocomplacencia (incluso en momentos tan sumamente inoportunos como ayer) y casi siempre va seguido de uno o varios pasos atrás. Nos falta carácter para querer mejorar siempre, para esforzarnos en mejorar siempre. Y eso es algo que no se adquiere de un día para otro. Por eso pienso que las cosas seguirán así durante bastante tiempo.

Y mientras sigan así, podemos perder todo el tiempo que queramos en hablar del entorno, de la prensa nociva, de la central lechera, de árbitros, de ligas peligrosamente preparadas, de cúantos penaltis me señalan o me dejan de señalar a mí y cuántos le señalan o le dejan de señalar al rival, de esteladas, de independentismo, de pitos al himno nacional o al de la Champions, de pitos a jugadores propios y aplausos a jugadores rivales, de casillistas y mourinhistas, de yihadistas y piperos, de seleccionadores parciales o tendenciosos, de fraudes fiscales y falsedades documentales, de procedimientos judiciales y sanciones deportivas, de rivales disfrazados de payasos que interrumpen ruedas de prensa, de fantasmas profesionales o de auténticos gilipollas de manual. Que sí, que todo eso puede ser más o menos cierto. Pero no es nuestro problema.

Nuestro auténtico problema es la ausencia de un auténtico espíritu de superación que nuestro equipo manifiesta día tras día, temporada tras temporada. Nuestro auténtico problema es que nuestro equipo no se esfuerza por ser mejor cada día, no quiere ser mejor cada día. ¿Porqué? No lo sé. Pero sé que eso no se resolverá mañana. Ni pasado. Ni esta semana. Ni el mes que viene. Ni esta temporada. Ni la próxima. Habrá victorias, seguro. Habrá buen juego a veces, cierto. Se ganará algún título, quizá. Pero seguiremos «dejando a nuestro paso ese recurrente aroma a fin de ciclo sin ciclo» al que se refería Jesús Bengoechea en La Galerna hace sólo tres días.

Y por eso es por lo que no creo en este equipo.

Decía Sir Winston Churchill en sus Memorias que en más de una ocasión había tenido que tragarse sus palabras, y habían resultado una excelente dieta. Ojalá tenga yo ocasión de probarla, pero mucho me temo que no será en este viaje.

Elogio de la lentitud

15 octubre 2015

Año 2008. Primavera. Un tipo al que leo y admiro, Richard Ford, está siendo entrevistado en un hotel de Dublín. 

«¿Y en cuanto a lo de que es un escritor lento?», pregunta el agudo periodista

No parece que Mr. Ford tenga dudas al respecto: «Soy lento. Nunca he hecho una sola cosa importante en mi vida en la que ser rápido funcione. Obtengo lo mejor de mí mismo siendo paciente. Poniendo las palabras en tinta una detrás de la otra. Ésa es la mejor forma que conozco de hacer las cosas. Si pudiera escribir más rápido y ser tan bueno como cuando voy despacio, lo haría».

Maravilloso. Salvo lo de «ser tan bueno como cuando voy despacio», que no creo que venga al caso, lo suscribo todo.

Más adelante, a cuento de su dislexia, Mr. Ford añade: «Pero la dislexia me afecta en que me hace ser un lector lento. Leo mucho. Leo todo el tiempo, pero soy lento. Y sé que voy a llegar al final de mi vida sin haber leído los libros que debía haber leído».

Y entre tantas carreras y prisas, es gratificante encontrar a alguien, y no a alguien cualquiera, no, sino a alguien como Richard Ford, decir estas cosas acerca de la nunca del todo bien ponderada lentitud. Sí, somos lentos, y nos gusta. Es más, nos enorgullecemos de ser lentos. Salvando las distancias y cada uno a su altura, faltaría más. Pero los dos somos lentos. Y me gusta pensar que no somos los únicos.

Ahora sólo me falta encontrar a alguien de igual o similar categoría que, más allá de ser lento, esté quieto, no se mueva, no haga nada. No va a ser fácil, me temo.

Profunda América. Entrevista de Pablo Guimón a Richard Ford en Babelia (El País), 26 de abril de 2008.

¿Y quién necesita un lugar acogedor?

12 octubre 2015

De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamentos, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino sólo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto -pero sólo en esto- se parece un poco a la felicidad.

Eloy Tizón
en Los horarios cambiados
(Técnicas de iluminación, 2013)

Consejos de sirenas para escritores

20 agosto 2015

Para todos los escritores. Para los profesionales y para los aficionados. Para los diligentes y para los perezosos. Para los superventas y para los malditos. Para narradores, para poetas y para ensayistas. Para los románticos y para los realistas. Para conceptistas y para culteranos. Para clásicos y para posmodernos. Para todos. Se los dieron al poeta Vario, pero valen para todos. Para todos los que escribís.

Parálisis manual. Parálisis cerebral

15 junio 2015

Estoy perdiendo la facultad de escribir, si es que alguna vez la he tenido. Y si es así, si la he tenido y la estoy perdiendo, la estoy perdiendo a fuerza de usarla cada vez menos. A fuerza de no usarla, incluso. La estoy perdiendo junto con un montón de horas igualmente perdidas. Y la verdad, creo que preferiría saber a ciencia cierta que nunca la he tenido. Porque si no, mucho me temo que lo siguiente será perder la facultad de pensar. Si es que alguna vez la he tenido. Y si es así, si la he tenido y la voy a perder, la voy a perder a fuerza de usarla cada vez menos. A fuerza de no usarla, incluso. La voy a perder junto con un montón de horas igualmente perdidas. Y la verdad, creo que preferiría saber a ciencia cierta que nunca la he tenido. Etcétera.
 
 

Pioneros

27 mayo 2015

Al parecer, y según a quién se lea o a quién se escuche, el honor de ser la primera grabación de Rock'n Roll de la historia corresponde a una de estas canciones. O a dos o más de ellas. O a todas. Un gran honor, qué duda cabe. A toro pasado, claro, porque entiendo que uno no se mete en el estudio guitarra al hombro diciendo «voy a grabar la primera canción de Rock'n Roll de la historia y ahí me las den todas», pero no por eso deja de ser un gran honor. Supongo que luego se ven pasar los años, las décadas incluso, si no te han matado las drogas, el sexo ni el propio Rock'n Roll, y uno piensa «joder, tú... la que liamos». Así que, se mire por donde se mire, un gran honor. La cuestión es si ese honor hay que repartirlo entre todas. O adjudicárselo a una. O a varias. Desde un punto de vista estrictamente temporal, la cuestión está clara: la primera canción es de 1949, la segunda (las tres versiones de la segunda) de 1951, la tercera (o la quinta, según se mire) de 1952, y la cuarta (o sexta) de 1954. De manera que la discusión, en caso de haberla, se ciñe a criterios estrictamente musicales. Y ahí sí que ya no estoy capacitado para entrar. Me temo, pues, que me quedo como estoy. Eso sí, se admiten opiniones al respecto. Y también, porqué no, nuevas sugerencias. Soy todo oídos


Se publican textos abandonados

14 abril 2015

La gente de la revista Narrativas, gente desinteresada, gente con infinita paciencia, buena gente a la que, si algo se le puede reprochar, es que siga dando soporte a escritores aficionados y perezosos como el que suscribe (entre otros que no lo son, por supuesto, faltaría más)... en fin, la gente de la revista Narrativas, como decía, ha tenido a bien publicarme un breve conglomerado de textos al que, la verdad, no creo que se pueda calificar siquiera como relato, y que bajo la etiqueta genérica de Pequeños y casi imperceptibles cambios en el paisaje fui publicando en este blog hace ya algún tiempo. Al final, también esa pequeña serie fue languideciendo hasta quedarse en el camino, sin más, como tantas otras cosas que se empiezan y nunca se culminan. Eso, o que tal vez esos cambios en el paisaje no llegaron a ser tantos como uno aventuraba. O fueron tan pequeños e imperceptibles que finalmente me pasaron, en efecto, desapercibidos. Pero no, me inclino más bien por la tesis de la falta de constancia del escritor y el consiguiente languidecimiento de los escritos. Como quiera que sea, aquellos pequeños e imperceptibles cambios en el paisaje que se vieron abandonados a su suerte por un escritor aficionado y perezoso, son los que ahora ha recogido con cariño y esmero la revista Narrativas. Aquí los dejo colgados, como un hito más de este pequeño desaguisado. Y os dejo también la revista completa (en formato pdf y en formato epub, a gusto del consumidor) porque, casi con total seguridad, entre sus páginas podréis encontrar algunas lecturas bastante más aprovechables. Mira, no hay mal que por bien no venga.

¿Resulta evidente que te has ido?

21 marzo 2015

A veces no resulta tan evidente que alguien se ha ido. A veces quedan las canciones. Y Moncho Alpuente siempre será esta canción. Para mí, más que suficiente

Decíamos ayer

26 febrero 2015

«Hola. En archivo adjunto os envío un relato, por si veis que tiene posibilidades de ser publicado en el próximo número de Narrativas», dije yo.

«Estimado Leandro: Muchas gracias por el excelente texto que nos envía. Estaremos encantados de incluirlo en el próximo número de Narrativas, previsto para finales de marzo, y que hará el número 37. Gracias de nuevo por su colaboración. Saludos cordiales», contestaron ellos al día siguiente. 

Y así, casi un año después, asoman una vez más mis buenos propósitos ―esos viejos y entrañables amigos― y, tirando de fondo de armario, retomo este asunto justo donde lo dejé la última vez. 

En esta ocasión ni siquiera diré «que dure» o «a ver si esta vez es la buena».

Viajeros

27 enero 2015

Creo que esto ya quedó dicho en otra ocasión, pero nunca está de más recordarlo: ¿son posibles los viajes en el tiempo? Pues sí, por supuesto. Todos viajamos en el tiempo. Pero sólo hacia delante. Y lamentablemente, cada vez más rápido. Y cuanto más viajamos, cuanto más camino llevamos recorrido, más nos falta. Tiempo. Extraño viaje.

Feliz año

29 diciembre 2014

Ya lo hice el año pasado, y no me fue del todo mal. Al menos, no me fue peor que siguiendo la fórmula tradicional. Así que voy a repetir: aprovechando que es lunes, empiezo ya el año nuevo y voy adelantando, que luego siempre pierdo mucho tiempo. En términos de tiempo neto perderé mucho más que estos tres días, pero menos da una piedra. Además, si tuviese que adelantar todo el tiempo que voy a perder este próximo año, me encontraría con dos graves problemas. El primero, la necesidad de hacer una estimación lo más aproximada posible de cuánto va a ser ese tiempo que supuestamente voy a perder, lo que, además de la intrínseca dificultad que entraña semejante cálculo apriorístico, puede suponer un notable factor de desmotivación de cara al cumplimiento de mis buenos propósitos, que no son pocos. Y el segundo, pero no por eso menos importante... vaya, lo he olvidado... ¡ah, sí! El segundo problema es que, si llegase a saber con cierta aproximación cuánto tiempo voy a perder y de verdad quisiera recuperarlo con antelación, probablemente tendría que adelantar en varios meses la entrada del nuevo año, y si ese encabalgamiento lo multiplicamos por el número de años que me restan por vivir (que, dicho sea de paso, espero que sean muchos), todo acabaría complicándose en exceso y probablemente terminaría viviendo en un calendario alternativo, lo que a su vez me impediría saber con certeza y con la suficiente antelación cuándo juega el Madrid. Descartado, por lo tanto. Me conformaré con estos tres días de adelanto, que coinciden con el inicio de una nueva semana. La semana, esa unidad temporal por excelencia, nunca valorada en su justa medida. En fin, que 2015 sea un buen año para cuanta más gente, mejor, pero sobre todo para los que habéis llegado leyendo hasta aquí. Os tengo que querer. Y feliz semana, por supuesto.

Entre (y siéntese)

27 noviembre 2014

– Buenas, ¿se puede?
– Adelante. Entre y siéntese.
– Gracias.
– Bien, usted dirá.
– Bueno, pues verá... yo soy una canción.
– Sí, ya veo. O para ser precisos, ya oigo. ¿Y cuántos años tiene?
– Uf... muchos, preferiría no hablar de eso.
– Pues parece usted bastante joven.
– Sí, bueno... depende de cómo se me oiga, claro.
– No, de verdad se lo digo. Se conserva usted muy bien.
– Bueno... supongo que no está bien que lo diga yo, pero alguna vez me han dicho que soy un clásico, un tema intemporal.
– Y no les falta razón, puede creerme.
– Vaya, me halaga usted.
– Estaba pensando... ¿tiene usted planes para esta noche? ¿Le gustaría sonar conmigo?
– ¿Está usted loco, joven? Podría ser su abuela.
– Oh, por favor... olvide sus prejuicios, no permita que la edad se interponga entre nosotros. Esto podría ser el comienzo de una hermosa amistad.
– Imposible. Olvídelo, se lo ruego.
– ¿Tal vez en otra ocasión?
– No insista, joven. Ya le digo que no es posible. No estaría bien.
– De acuerdo, como usted prefiera. En fin... de todas formas estaré escuchando por ahí, por si cambia usted de opinión. Si me necesita, suene.

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