«Holaaa, estamos llamando por mandato de MoviStar a los usuarios de Nokia 5800. ¿Dispone usted de este modelo de terminal, no es cierto?»
«Sí»
«¿Podría hacerle unas preguntas?», el acariciador acento argentino me transporta al otro extremo de la línea, desde donde Valeria Mazza o Natalia Verbeke, qué menos, se dirigen a mí cómodamente recostadas en el sofá de su pieza.
«Sí, sí, por supuesto, faltaría más», y aquí es donde aparece el hombre que todo hombre lleva dentro, ridículo donde los haya.
«¿Podría decirme su edad?»
«Cuarenta y tres años»
«Muy bien, señor. Hemos terminado. Muchas gracias. Que tenga usted un buen día»
Llamo la atención sobre el hecho de que ser viejo podría considerarse un grave inconveniente para que un tercero te pueda tomar, siquiera sea como consecuencia de su mal gusto o su escasa formación lectora, por una joven promesa de la literatura. Y no está de más que alguien nos lo recuerde de vez en cuando, no.