Como quien oye llover

27 abril 2014

(...); la frase permanecía en forma de numerosas partículas, nunca creaba una ola; no tenía paciencia para releer la misma página una y otra vez hasta que las palabras dejaran de ser meros puntos para formar una línea. Llegué a la conclusión de que, mucho más que cualquier argumento o sentido convencional, me importaba la mera direccionalidad que sentía al leer prosa, la textura del tiempo al pasar, la máquina blanca de la vida. Incluso en las escenas más dramáticas, cuando Natasha está de pronto junto a él o lo que sea, lo que me conmovía era menos el patetismo de la reunión y la muerte que la acción de preposiciones, conjunciones, etcétera; el movimiento de la predicación era más conmovedor que lo predicado.

Leer poesía, si es que «leer» es la palabra, era otra cosa completamente distinta. La poesía repelía mi atención, era opaca y material y se negaba a absorberme; sus artículos y conjunciones y preposiciones no conseguían disolverse en un sentimiento y una velocidad; podías caerte en los huecos entre las palabras mientras intentabas unirlas; y, no obstante, al negarse a absorberme, el poema ofrecía la posibilidad de una forma más elevada de absorción de la que yo no era digno, una experiencia profunda inalcanzable desde la vida dañada, y así el poema devenía una figura por su exterior. Me era mucho más fácil leer un poema en español que prosa en el mismo idioma porque toda la ignorancia y la duda y el fracaso que implicaba tratar de experimentar el poema me resultaba familiar, era lo que confería un poder negativo a todo poema, el hecho de no conmoverme, ni tan siquiera un poco; mi incapacidad para captar o ser captado por el poema en español se semejaba tanto a mi incapacidad para captar o ser captado por el poema en inglés que, en ese sentido, me sentía como un hablante nativo (...)

Ben Lerner
en Saliendo de la Estación de Atocha (2011)

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