En el centro de la ciudad, se esconden. Pero al norte dominan el horizonte y el paisaje. Han sustituido a los gigantes. No mueven aspas, ni muelen cereal. Se yerguen entre impecables y solitarias zonas ajardinadas, chamizos y barracas de huerta, amplias avenidas que atraviesan desiertos, y calles asfaltadas y aceras enlosadas que delimitan cañizales y bancales de limoneros. No están muertos. En realidad, ni siquiera llegaron a nacer. No ha circulado por sus arterias la actividad de las familias, de las oficinas, de los bares. No ha corrido la gente por sus venas. Permanecen quietos. Vacíos. No hacen nada. No dicen nada. Son mudos, pero cuentan su historia al que la quiera escuchar.