Música celestial

12 noviembre 2013

La fe mueve montañas. La verdad os hará libres. Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no. Yo no he venido a traer la paz, sino la espada. La mies es mucha y los obreros pocos. Por sus frutos los conoceréis. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. El que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Y quién dijo todo eso? ¿Todo eso y mucho más? ¿Quién lo dijo? ¿Eh? Exacto. Él.

Suma (o resta) y sigue

16 octubre 2013

Pues sí, a pesar del silencio que he guardado estas últimas semanas por consideración a mi cada vez más escaso público, siguen pasando cosas. En fin... cosas, pasando... vaya, ya sabéis a lo que me refiero, ¿no? Pues eso.

Se falló el original y lucrativo concurso de nanorrelatos del que hablaba en la entrada anterior. Nada más y nada menos que mil veintisiete autores distintos presentaron la nada desdeñable cantidad de seis mil trescientos cincuenta y seis nanorrelatos, de los cuales han sido seleccionados ciento cuarenta y tres. Huelga decir que el único que yo presenté no ha merecido tan alto honor. Sin embargo, no puedo pasar por alto el hecho de que uno de los nanorrelatos seleccionados se titula exactamente igual que el mío. Bien es cierto que la vulgaridad del título en cuestión y su necesaria brevedad (una sola palabra, había que economizar) propician la feliz coincidencia, pero por algo se empieza. En cualquier caso, esto prueba de manera irrefutable que yo no iba tan desencaminado. 

Para evitar que la herida abierta por este pequeño fracaso en el concurso de nanorrelatos se cerrase y quedase en el olvido, así, sin más, cogí un cuento que hace unos meses ya había sido rechazado por una revista de cierto prestigio y sin pensarlo mucho lo envié a otro concurso. Un concurso cuyo único premio es ser publicado en un libro junto con el resto de relatos seleccionados, en número a determinar. Y punto. Desde luego, nadie podrá decir que me mueve el afán de lucro. De notoriedad, no digo yo que no. Pero de lucro... 

Lo mejor de todo: harto de esperar durante casi cinco meses a que me contestasen de una revista a la que envié un relato para publicar (y no sólo un relato, no, un relato y una breve nota biográfica que me costó sangre, sudor y lágrimas redactar por ausencia total de contenidos), es más, harto de esperar durante casi cinco meses a que esa misma revista se publicase o diese alguna señal de que aún sigue en funcionamiento (su web continúa inamovible, prometiendo a los incautos que leerán con interés los relatos que envíen), les despaché un correo electrónico retirándoles cualquier autorización para publicar el cuento. Con un par. Acto seguido cogí ese mismo cuento y lo envié a otra revista. Esa misma tarde, los chicos de esta segunda revista me contestaron acusando recibo del mensaje y anunciándome que ya habían enviado el relato al consejo editorial para lectura y valoración, y que en cuanto tuviesen una decisión me mantendrían al tanto. Incluso me enviaban un abrazo. Y a los cuatro días ya tenía una respuesta: el cuento les ha gustado (mucho, dicen) y me lo publican en el próximo número. Yabba Dabba Doo. Por supuesto, ni que decir tiene que daré cumplida cuenta de su efectiva publicación en el mismísimo momento en que se produzca, o en el siguiente todo lo más.

Y a todo esto, aún tengo por ahí revoloteando el relato que envié en julio a una revista desde la que me contestaron amablemente explicándome que el próximo número ya estaba cerrado pero que lo volviese a enviar en octubre o noviembre (o sea… ya), y el que he enviado dos veces ya a otra revista, una en julio y otra en septiembre con la inefable nota biográfica ligeramente corregida, que sólo ha recibido la callada por respuesta. Y eso que éstos últimos sí que están funcionando, que los voy siguiendo desde la distancia sin que se den cuenta. 

En fin, que esta vida de escritor que no escribe está resultando agotadora para alguien tan perezoso como yo. Quién me lo iba a decir.

Cuando una palabra vale más que mil imágenes

10 septiembre 2013

Aprovechando la feliz inercia de la publicación de uno de mis cuentos en la revista Acantilados de Papel, ayer tuve la ocurrencia, quizá no tan feliz, de presentarme a un peculiar concurso literario. Nunca había participado en algo así. No era un concurso de relato, ni siquiera de microrrelato. Era ni más ni menos que de nanorrelato. La tecnología punta al asalto de la literatura. Entre las diversas disposiciones reglamentarias que ordenan la participación en este concurso, hay una que brilla con luz propia, la regla estrella, la que da sentido al certamen: la extensión del relato debe ser de entre una y diez palabras, incluido el título. A simple vista parece poca cosa, pero hay que tener una claridad de ideas y una capacidad de síntesis de la que, huelga decirlo, carezco por completo. Creo que he dado (y ahora mismo estoy dando) sobradas muestras de que efectivamente es así, de manera que no me extenderé en este pormenor. Así que, como escritor, me parece que la dificultad es notable. Y como lector, la verdad, no termino de verle mucho sentido a historias de, como mucho, diez palabras, pero bueno... supongo que todo es cuestión de ir haciendo el cuerpo y, si fuera el caso, la mente. 

En cualquier caso, no puedo dejar de hacer una pequeña referencia específica al premio: 400 € de vellón para el ganador. Que no seré yo, huelga decirlo. Hay que ser muy experimentado en la materia para escribir nanorrelato con un mínimo de calidad, y ya saben que yo soy novato en estas lides. Pero si se alineasen los astros y, vive Dios, el que suscribe obtuviera la victoria final en el certamen, hago cuentas: a razón de 40 € por palabra, puedo asegurar y aseguro que será la tarea mejor remunerada que habré realizado en mi ya no tan breve existencia. Y no quiero ni pensar en el supuesto de que el nanorrelato ganador tenga siete palabras, incluído el título. O cinco. O una. Para que luego digan que la literatura no se paga bien.

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