Pleitos tengas y los ganes

02 octubre 2012

Donde más hosca está la tarde, y donde más densa está la niebla, y donde más embarradas están las calles, es junto a esa mole antigua y pesada, ornamento idóneo del umbral de una corporación antigua y pesada: Temple Bar. Y junto a Temple Bar, en Lincoln's Inn Hall, en el centro mismo de la niebla, está sentado el Lord Gran Canciller, en su Alto Tribunal de Cancillería.

Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra.

Si hay una tarde adecuada para ello, esta es la tarde en que el Lord Gran Canciller debería estar en su sala —como lo está ahora— con un halo de niebla en torno a la cabeza, blandamente enmarcada en paños y cortinas escarla­tas, mientras escucha a un abogado corpulento de grandes pa­tillas, escasa voz y un expediente interminable, y él dirige la mirada a la lámpara del techo, donde no ve nada más que niebla. Si hay una tarde adecuada para ello, esta tarde de­bería haber una veintena de miembros del Alto Tribunal de Cancillería —y los hay— ocupados neblinosamente en una de las 10.000 fases de una causa interminable, echándose zancadillas los unos a los otros con precedentes escurridizos, hundidos hasta las rodillas en tecnicismos, dándose de cabe­zazos empelucados de pelo de cabra y crin de caballo contra muros de palabras, y presumiendo de equidad con gestos muy serios, como si fueran actores. En una tarde así, los diversos procuradores de la causa, dos o tres de los cuales la han heredado de sus padres, que hicieron una fortuna con ella, deberían estar en fila —¿no lo están?— en un foso alargado y afelpado (en el fondo del cual, sin embargo, sería vano buscar la Verdad), entre la mesa roja del escribano y las togas de seda, con peticiones, demandas, réplicas, dúplicas, citaciones, declaraciones juradas, preguntas, con­sultas a procuradores, informes de procuradores, montañas de necedades carísimas, todo amontonado ante ellos. ¡Es ló­gico que el tribunal esté oscuro, con unas velas moribundas acá y acullá; es lógico que sobre él se cierna una niebla densa, como si nunca fuera a desvanecerse; es lógico que las ven­tanas de vidrieras coloreadas pierdan el color y no dejen en­trar ninguna luz; es lógico que los no iniciados, que atisban por los panales de vidrio de la puerta, se vean disuadidos de entrar por el ambiente solemne y por los lentos discursos que retumban lánguidos en el techo, procedentes del estrado donde el Lord Gran Canciller contempla la lámpara que no alumbra y donde están colgadas las pelucas de todos sus ayu­dantes en medio de un banco de niebla! Es el Alto Tribunal de Cancillería, que tiene sus casas en ruinas y sus tierras abandonadas en todos los condados; que tiene sus lunáticos esqueléticos en todos los manicomios, y sus muertos en todos los cementerios; que tiene a sus litigantes, con sus tacones gastados y sus ropas gastadas, que viven de los préstamos y las limosnas de sus conocidos; que da a los poderosos y adi­nerados abundantes medios para desalentar a quienes tienen la razón; que agota hasta tal punto la hacienda, la paciencia, el valor, la esperanza; que hasta tal punto agota las cabezas y destroza los corazones que entre todos sus profesionales no existe un hombre honorable que no esté dispuesto a dar —que no dé con frecuencia— la advertencia: «¡Más vale soportar todas las injusticias antes que venir aquí!»

Charles Dickens
en Casa Desolada (1853)

8. Gastos

28 septiembre 2012

El jefe estaba tratando de cuadrar el presupuesto para el próximo ejercicio. Me llamó para consultarme si un determinado gasto de mi departamento se podría considerar prescindible. Todo un detalle por su parte. El de consultarme, no el de considerar prescindible el gasto; pobre gasto, qué culpa tendrá él. El caso es que le dije que sí, por supuesto, faltaría más. Luego pensé. No suelo hacerlo en horas de trabajo, pero hice una excepción. Pensé que ése era el único gasto específico de mi departamento. Se podría decir que todo lo demás entraba en las partidas de gastos comunes de la empresa: suministro eléctrico, teléfono, limpieza, acceso a Internet, programas de ofimática, material de oficina: papel, bolígrafos, tinta de la impresora. Más tarde caí en la cuenta de que estaba equivocado, aún había otro gasto específico en el departamento: yo.

Balada triste de pelota

04 septiembre 2012

Cristiano Ronaldo está triste. Para quienes le hemos visto jugar un par de veces por semana durante los últimos tres años, esta revelación no constituye sorpresa alguna. Fuera cual fuese el resultado, sus gestos, sus mohines, su angustia... lo delataban. Puntuales fogonazos de alegría, tan explosivos como efímeros, al marcar un gol, o dos, o tres, o al ganar un título o un partido importante, no engañaban al espectador atento. Lo llamaban ambición, pero lo suyo no era más que tristeza.

Con sus palabras, este Cristiano ha escandalizado a propios y extraños. ¿Cómo es posible que un hombre tan afortunado como él se encuentre triste? ¿Con todo lo que tiene? ¿Con la que está cayendo? Sin embargo, no debería sorprendernos. Ronaldo no es más que la prueba viviente, una más, de que el dinero no hace la felicidad. Ni el dinero, ni la gloria, ni el éxito, ni la belleza. Me refiero, claro está, a la belleza de las mujeres que le acompañan.

¿Y porqué está triste? Eso no lo sabemos. Cristiano nos ha hecho partícipes de su tristeza, pero no ha profundizado en las causas. Al menos, en público. Tal vez ni siquiera las conoce bien. Se ha limitado a hacer una vaga referencia a ciertos problemas profesionales que, según dice, el Club (el Club que le paga religiosamente, y tal vez un poco de más) conoce. En círculos supuestamente bien informados se especula con diversos motivos: ansía una mejora contractual, no consigue ganar el Balón de Oro, la Champions League se resiste, no recibe suficientes mimos de sus compañeros, ni de sus jefes, ni de sus rivales, ni de los medios de comunicación.

Algunos creemos, no obstante, que los tiros no van por ahí. Más dinero, más balones de oro, más títulos, más elogios... no le harán más feliz. Le pondrán contento durante un rato. Durante unos días, quizá. Pero eso pasará más pronto que tarde. Todos sabemos lo poco que dura la alegría en casa del rico.

Es muy posible que los motivos de su tristeza se encuentren dentro de él. Ahí es donde Cristiano Ronaldo debe buscarlos. Sin embargo, parece que de momento no los encuentra. Lo que no deja de ser una aparente paradoja en alguien que se mira tanto a sí mismo.

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