Mala comida y raciones pequeñas

12 septiembre 2010

¿Quién conoce de verdad el sentido de la vida? Aparte de ellos, claro. O de él. La mayoría de nosotros, sin embargo, no termina de aclararse con este asunto. O no del todo. Demasiadas preguntas. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Existe Dios? Puede que ésta sea la pregunta clave. Yo creo que sí, pero… ¿cómo saberlo? ¿Cómo estar absolutamente seguro? Y sobre todo, ¿cómo encontrarlo? Puedes valerte de la teología. También puedes recurrir a la oración. O confiar en la fe. Y si nada de eso funciona, puedes contratar un buen detective. Más que nada, para acabar de una vez por todas con las dudas.

Para músicos, actores y exégetas en general

06 septiembre 2010

Una partitura. Una canción. Un papel protagonista. O secundario. Los sueños. Las señales. Los síntomas. Los resultados de una encuesta. Las cifras macroeconómicas. Un texto. Un texto sagrado. Una frase. Una palabra. Un gesto. Una situación. Casi todo es interpretable. La cuestión es no interpretarlo mal.

Deprisa, deprisa

27 agosto 2010

Mi padre se dedicó a ellos, sin embargo, con la mayor diligencia, avanzando paso a paso en cada línea, con el mismo cuidado y circunspección (aunque no cabe decir que con el mismo concepto religioso) que el que utilizara Juan de la Casa, el Arzobispo de Benevento, cuando compuso su Galateo; para lo cual Su Eminencia de Benevento tardó casi cuarenta años; y cuando por fin quedó concluida su obra no era ni la mitad de grande ni de gorda que el almanaque de Rider. Cualquier mortal pensaría entonces que el santo varón se había pasado el tiempo atusándose los bigotes o jugando al primero con su capellán, sin llegar a conocer la verdadera causa de la lentitud; pero vale la pena explicárselo al mundo, aunque sólo sea para animar a los escasos mortales que escriben no tanto para ganarse el sustento cuanto para ganarse la fama.

Bien sé que si Juan de la Casa, el Arzobispo de Benevento por cuya memoria (a pesar de su Galateo) siento el mayor respeto, hubiera sido un clérigo de poca monta, duro de mollera y demás, él y su Galateo habrían podido durar lo mismo que Matusalén, que por mí su caso no habría valido un paréntesis en mi libro.

Pero resulta que es precisamente todo lo contrario: Juan de la Casa fue un hombre genial, de gran imaginación; y sin embargo y a pesar de esas ventajas con que le favoreciera la naturaleza y que habrían debido hacerle volar a él y su Galateo, se encontraba al propio tiempo impotente para avanzar a mayor velocidad de una línea y media en día de verano: esa falta de ligereza le venía a Su Eminencia de una opinión que le afligía, y era que tenía el convencimiento de que cuando un cristiano se ponía a escribir un libro (máxime cuando no lo hacía para sí) con intención y propósito, bona fide, de imprimirlo y publicarlo, sus primeros pensamientos estaban siempre inspirados por las tentaciones del Malo. Eso cuando se trataba de escritores ordinarios, que si el escritor era un personaje venerable y encumbrado, ya fuera eclesiástico u hombre de Estado, en cuanto tomaba la pluma entre los dedos, todos los demonios del infierno acudían a sobornarle y seducirle. En cuanto llegaban, se acabó: todo pensamiento, desde el primero hasta el último, se hacía capcioso; por bueno y honesto que fuera; lo mismo daba; bajo cualquier color o aspecto que se presentara a la imaginación, seguía siendo un golpe asestado por uno de ellos, y contra el cual había que ponerse en guardia. Así pues, la vida del escritor, aunque a él se le antoje lo contrario, no consiste tanto en componer como en luchar; y la prueba que ha de superar, como la de cualquier militante de la tierra, consiste no tanto en tener más o menos ingenio o talento, sino en saber resistir.

Laurence Sterne
en Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero (1759-1767)

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Diario de un escritor aficionado y perezoso

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