Partiendo piedras en la prisión

07 julio 2009

No hay derecho, dicen algunos. Vaya si lo hay, ya lo creo que hay. De más. Ahí están, las fundamentales, las orgánicas y las ordinarias. La natural y la positiva. La de enjuiciamiento civil y la de enjuiciamiento criminal. La de contratos del sector público. La de presupuestos y la de medidas de acompañamiento. La de memoria histórica. La mosaica y la coránica. Y la de Dios. La de vida. La de la calle. La del silencio. La del deseo. La del más fuerte. La de la selva. La de Murphy. La del Talión. La del embudo. La de la botella. Y todas las demás. Demasiadas. Más que harto me tienen. Se puede estar dentro, fuera, al filo o al margen. O directamente en contra, aunque seas de poco luchar.


Peligro: narradores sueltos

25 junio 2009

Como si acabara de detectar una amenaza contra la firmeza moral de los reunidos, Ives anuncia:

- Nunca insistiré lo suficiente sobre el peligro que comporta leer esos libros de relatos, en particular los conocidos como novelas. Y espero que la chica que me está oyendo me haga caso. En la institución Bedlam de Inglaterra, así como en la Salpêtrière francesa, hay un número alarmante de jóvenes, en su mayoría del sexo femenino, seducidos hasta más allá del umbral de la locura por esas narraciones irresponsables que no distinguen entre la realidad y la fantasía. ¿Cómo van a juzgar nada esas frágiles mentes? ¡Ay!, todo lector de novelas debe considerarse un alma en peligro, pues ha hecho un trato con el diablo, y despilfarra su tiempo más precioso sin recibir a cambio más que unas excitaciones mentales de la clase más vulgar y despreciable. Comparados con las novelas, los libros de caballerías, que ya fueron bastante perniciosos en su tiempo, se me antojan saludables.

Tomas Pynchon
en Mason y Dixon (1997)

Canciones, causas y consecuencias

02 mayo 2009

Algunas de mis canciones preferidas: Only love can break your heart, de Neil Young; Last night I dreamed that somebody loved me, de los Smiths; Call me, de Aretha Franklin; I don't want to talk about it, de quien sea. Y luego, Love hurts, When love breaks down y How can you mend a broken heart, y también The speed of sound of loneliness y She's gone, y I just don't know what to do with myself y qué se yo. Hay canciones de éstas que he escuchado por término medio al menos una vez por semana (trescientas veces el primer mes, y después de vez en cuando) desde que tenía dieciséis, diecinueve o veintiún años. ¿Cómo no va a dejarte eso magullado por algún sitio? ¿Cómo no te va a convertir eso en una persona fácilmente rompible en mil trocitos, cuando tu primer amor se va al garete? ¿Qué fue primero, la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música? ¿No te convierten todos esos discos en una persona de tendencia melancólica?

Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean vídeos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro.

Nick Hornby
en Alta fidelidad (1995)

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