A veces, el tamaño sí importa

30 junio 2014

Ayer se me complicó la tarea de matar la tarde, la semana y casi el mes, por culpa de una ligera cuestión sin aparente importancia, una cuestión que tal vez a primera vista podría dar la sensación de no tener mucho sentido, y que incluso podría parecer absurda. Sobre todo un domingo por la tarde. Sobre todo en junio. Sobre todo en una terraza con vistas al mar. Pero vamos, el caso es que me la complicó. Y como no me gustaría que me volviera a suceder, es decir, como no me gustaría que esa ligera cuestión sin aparente importancia me volviese a complicar otra tarde de domingo, ni otra tarde de junio, ni otra tarde en una terraza con vistas al mar, busco respuesta. En concreto, busco respuesta a la siguiente pregunta: ¿cuándo estoy leyendo un relato (o cuento) y cuándo estoy leyendo una novela? Parece fácil, ¿verdad? Pues no, no es tan fácil. Hay ejemplos evidentes de cuentos (o relatos), como los hay de novelas. Pero, ay amigo, y ahí es donde radica el problema, también hay supuestos fronterizos que uno nunca sabe en qué categoría ubicar.

Pues no los ubique. Léalos usted, que es de lo que se trata. Y a otra cosa.

Hay mucho de sensatez en esa respuesta a bote pronto, por supuesto, pero también hay algo de escaqueo dialéctico y una cierta pereza intelectual. Lo sé bien porque yo, precisamente, estoy doctorado en ambas materias. Así que no me vale. Quiero una respuesta. Y me dispongo a buscarla.

He pensado en consultar con los anglosajones, que son los que de verdad saben de esto, pero he caído en la cuenta de que, no sólo no me solucionarían la cuestión, sino que ellos, incluso, me la podrían complicar aún más. Porque nosotros hablamos de cuento o relato indistintamente para referirnos más o menos a la misma cosa, ¿no? Pero ellos no, ellos distinguen entre tale, story y novel. Así que donde teníamos una confusa zona fronteriza, pasaríamos a tener dos. Total, que en todas partes cuecen habas.

A mí, en principio, no se me ocurre más criterio divisorio que el número de páginas. O de palabras. O de caracteres. El tamaño, vamos. Se trata de un criterio numérico, objetivo, y por lo tanto, cabría pensar que fácilmente definible. Entonces, ¿porqué nadie lo ha definido? ¿Eh? Pues no lo sé a ciencia cierta, pero supongo que se deberá a la falta de consenso, que es la causa última casi todos nuestros males. Si es así, hago un llamamiento público (público... ja, ja) a todos los lectores, escritores y editores de buena voluntad para que nos pongamos de acuerdo en una cuestión bien sencilla: cuál es el número máximo de páginas que debe tener un relato (o cuento), es decir, a partir de qué número de páginas una narración deja de ser un cuento (o relato) para convertirse en una novela. Venga, vamos, no es tan difícil. Yo, por mi parte, acepto de buen grado cualquier tipo de sugerencia al respecto. Y si los anglosajones quieren trazar, además, una frontera bien definida entre tale y story, pues muy bien, que la tracen, no nos oponemos. Pero que se apañen entre ellos, eso sí.

Y bueno... pues más o menos este tipo de cuestiones y problemas es lo que viene siendo la interesantísima historia de mi vida. O el cuento de mi vida. O el relato de mi vida. O la novela de mi vida. O lo que sea.

Un breve paréntesis en medio de nada

27 mayo 2014

Abro aquí un pequeño paréntesis en tan dilatado lapso de tiempo sin escribir nada, para retomar por unos momentos este mal llamado diario. Y retomo este mal llamado diario para dejar constancia en él de algo que sucedió hace ya casi dos meses y, por lo tanto, carece por completo del tirón de lo novedoso. Pero entre que me gusta recordarlo y que, no nos engañemos, publicado en su momento hubiera carecido igualmente del susodicho tirón, me ha parecido que éste era tan buen momento como cualquier otro para divulgar este asunto. ¿Se puede decir «divulgar» en este contexto? Bueno, daré por supuesto que sí. 

En fin, a lo que iba. Como decía, hace ahora casi dos meses, en los primeros días del mes de abril, la revista Narrativas publicó uno de mis cuentos. Qué amables, ¿verdad? Y qué majos. Y qué buenos amigos y/o familiares debo tener en su consejo de redacción, y yo sin saberlo. El caso es que sí, en efecto, me lo han publicado, y tengo pruebas: la revista completa en formato epub, la revista completa en formato pdf y mi cuento en formato pdf, tal como ha salido publicado en la revista.

Por lo demás, nada. Pero nada de nada. No sólo no me he puesto a escribir, sino que tampoco he tirado de fondo de armario para intentar publicar en alguna revista, como venía haciendo últimamente. Eso que nos ahorramos todos. En mi descargo diré que estoy viviendo, y eso me lleva mucho tiempo. De hecho, casi todo mi tiempo libre.

Como quien oye llover

27 abril 2014

(...); la frase permanecía en forma de numerosas partículas, nunca creaba una ola; no tenía paciencia para releer la misma página una y otra vez hasta que las palabras dejaran de ser meros puntos para formar una línea. Llegué a la conclusión de que, mucho más que cualquier argumento o sentido convencional, me importaba la mera direccionalidad que sentía al leer prosa, la textura del tiempo al pasar, la máquina blanca de la vida. Incluso en las escenas más dramáticas, cuando Natasha está de pronto junto a él o lo que sea, lo que me conmovía era menos el patetismo de la reunión y la muerte que la acción de preposiciones, conjunciones, etcétera; el movimiento de la predicación era más conmovedor que lo predicado.

Leer poesía, si es que «leer» es la palabra, era otra cosa completamente distinta. La poesía repelía mi atención, era opaca y material y se negaba a absorberme; sus artículos y conjunciones y preposiciones no conseguían disolverse en un sentimiento y una velocidad; podías caerte en los huecos entre las palabras mientras intentabas unirlas; y, no obstante, al negarse a absorberme, el poema ofrecía la posibilidad de una forma más elevada de absorción de la que yo no era digno, una experiencia profunda inalcanzable desde la vida dañada, y así el poema devenía una figura por su exterior. Me era mucho más fácil leer un poema en español que prosa en el mismo idioma porque toda la ignorancia y la duda y el fracaso que implicaba tratar de experimentar el poema me resultaba familiar, era lo que confería un poder negativo a todo poema, el hecho de no conmoverme, ni tan siquiera un poco; mi incapacidad para captar o ser captado por el poema en español se semejaba tanto a mi incapacidad para captar o ser captado por el poema en inglés que, en ese sentido, me sentía como un hablante nativo (...)

Ben Lerner
en Saliendo de la Estación de Atocha (2011)

Diario

Diario de un escritor aficionado y perezoso

Banda Sonora

La pequeña historia musical de este Blog

Archivo

Seguidos

Seguidores

 
Vivir del cuento © 2008 Foto y textos, Leandro Llamas Pérez - Plantilla por Templates para Você