Siempre recuerda la fecha exacta, porque en su carpeta de viejos recortes de prensa aún conserva las dos páginas centrales del ABC en las que lo encontró por casualidad, una calurosa y aburrida tarde de verano. Ocho de agosto de mil novecientos ochenta y cinco. Hasta entonces las cosas habían sido bastante sencillas. Lo que estaba bien, estaba bien, y lo que no, estaba mal. Los cuentos eran para niños, y los telediarios, para adultos. Y de repente, todo empezó a complicarse. Ahí, en medio del aburrido periódico que compraba su padre todos los días, justo en el centro, había un cuento. Y no era aburrido; era violento, sensual, pendenciero, arrastrado y sorprendente. Y tampoco era para niños, de eso se dio cuenta en seguida.
La herencia de sangre, de M.D. Álvarez
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—Mira quién ha cazado un auténtico wurdulac, -dijo el príncipe, señalando a
su mejor cazador con una sonrisa endiablada.
El cazador se inclinó ante e...
Hace 2 días
