Dos historias

19 abril 2009

Para los que no somos demasiado listos, ni demasiado agudos, ni tenemos una especial sensibilidad para captar la naturaleza humana y sus peculiaridades. Para los que no sabemos leer del todo bien. Para los que tenemos ciertos defectos de atención. Para nosotros, El jardinero es un cuento que merece la pena leer dos veces. Porque la segunda vez, a la luz del final, las cosas no son lo que parecían la primera. Es casi como estar leyendo una historia diferente.

Distracciones

16 abril 2009

Una de las dos grandes diferencias entre el escritor profesional y el escritor aficionado es que éste no escribe. O apenas lo hace. Y no digamos ya si, además de aficionado, es perezoso. Todo le distrae. Siente que su camino está lleno de trampas, de innumerables distracciones que le apartan de su principal misión en esta vida: dejar una obra perdurable, trascendente. Entre estas distracciones, una de las que más distrae es el trabajo. Porque el escritor profesional cobra, incluso en ocasiones vive de ser escritor (que no necesariamente de escribir, pero esa es otra cuestión llena de ricos matices y no estoy muy seguro de que éste sea el sitio adecuado para tratarla). El escritor profesional cobra, decía, pero el escritor aficionado no. Esa es precisamente la otra gran diferencia entre ambos. Y como no cobra, el escritor aficionado se ve en la necesidad de trabajar para ganarse el sustento, y en ocasiones, incluso el de su familia. El trabajo, en sí mismo, no es malo. O no siempre. Pero tiene algunas desventajas nada desdeñables. Una de ellas es que suele ocuparte bastante tiempo. Unos días más que otros, es cierto, pero hoy ha sido de los que más. Así que hoy tampoco he escrito nada. Sí, en efecto, he dicho tampoco.

Salir del escritorio

15 abril 2009

El segundo gran obstáculo que debe superar el escritor aficionado (el primero es escribir algo, pero esa es otra historia) es el de dejar de ser, además, anónimo. Es un proceso largo y doloroso. Primero se lo dices a tu mujer, y dejas pasar un tiempo prudencial para que se os pase el susto. A los dos. Luego se lo vas dejando caer a tu círculo de amigos y familiares más allegados. Algún tiempo después te apuntas a un taller de escritura creativa y descubres que el primer día todo el mundo asiste con cara como de estar vulnerando alguna ley, cuando no directamente embozado. Más tarde publicas un blog en internet. Y cuando te quieres dar cuenta, ya circula por el mundo una docena de personas que saben que eres escritor. Escritor aficionado, por supuesto. Durante el desarrollo de este proceso, largo y doloroso como decía, te vas convirtiendo en el destinatario de cariñosas palmadas en la espalda y otros gestos de aliento, en objeto de significativos silencios, y sobre todo, en blanco de miradas. Miradas de asombro. Miradas de anda ya, no me vaciles. Miradas de no doy crédito a lo que estoy oyendo. Miradas de esto tenía que pasar antes o después. Miradas de conmiseración. Miradas, siempre, con un punto de incomprensión. ¿Por qué, Leandro? ¿Qué falta hacía? Bueno, esa es una pregunta ciertamente difícil de contestar. Déjenme algún tiempo para pensar la respuesta.

Diario

Diario de un escritor aficionado y perezoso

Banda Sonora

La pequeña historia musical de este Blog

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